El Océano fijo de la tierra, su ondulación que seguimos de lo alto de las grandes montañas, los levantamientos, testimonio de su antigua movilidad, la sublimidad de sus cimas, de sus nieves eternas.
Por último, el Océano de las aguas, no tan movible como el primero y menos fijo que el segundo, dócil á los movimientos celestes en su balance regular.
Estas tres cosas forman la gama con que habla á nuestra alma el infinito. Con todo, notemos su diferencia:
Es tan móvil la primera, que apenas la observamos; engaña, embauca, divierte; disipa y esparce nuestras ideas. En ciertos momentos truécanse en esperanza inmensa, creyendo vernos transportados al infinito, estar en presencia de Dios... No, no, todo huye; el alma se entristece, está turbada y empieza á dudar. ¿Por qué haberme hecho entrever ese sublime ensueño de luz? No puedo desecharlo de mi mente, mientras á mi alrededor sólo veo tinieblas.
El Océano fijo de las montañas no huye así de nuestras miradas. Al contrario: á cada paso nos detiene, imponiéndonos muy ruda pero salutífera gimnasia. Compramos su contemplación con la más violenta acción. Sin embargo, la opacidad de la tierra así como la transparencia de la atmósfera, suelen engañarnos y extraviarnos. ¿Quién ignora que Ramond estuvo buscando inútilmente por espacio de diez años el Monte Perdido, el cual, aunque se ve, nadie ha podido llegar hasta su cúspide?
Grande, muy grande es la diferencia entre los dos elementos: la tierra es muda mientras que el Océano habla. El Océano es voz que habla á los lejanos astros, contesta á su movimiento en su idioma grave y solemne. Habla á la tierra, á la playa, con patético acento; dialoga con sus ecos: plañidero unas veces, amenazador otras, ruge ó suspira. Y á quien se dirige, sobre todo, es al hombre. Siendo el crisol fecundo donde empieza y continúa la Creación en todo su auge, posee la viva elocuencia de ésta: es la vida hablando á la vida. Los seres que por miles de millones nacen en su seno, son sus palabras: el mar de leche que los produce, la fecunda gelatina marina, aun, antes de organizarse, blanca, espumosa como es, habla también. Y todo junto es lo que llamamos la gran voz del Océano.
¿Qué es lo que dice? Dice la vida, la metamorfosis eterna; dice la existencia flúida. Avergüenza á las ambiciones petrificadas de la vida terrestre.
¿Qué más dice? Inmortalidad. En el último tramo de la Naturaleza existe una fuerza indomable de vida. ¡Cuál no será en el más alto, en el alma!
¿Y qué otra cosa dice? Solidaridad. Aceptemos el rápido cambio que, en el individuo, existe entre sus diversos elementos; aceptemos la ley superior que enlaza los miembros vivos de un mismo cuerpo: humanidad. Y, sobre esto, la ley suprema que nos hace cooperar, crear, con la grande alma, asociados (en nuestra medida) á la amorosa armonía del Universo, solidarios en la vida del Creador.