Por medio de sus sonidos que se creen confusos, articula muy claramente el mar sus suaves palabras. Mas, el hombre no oye fácilmente al llegar á la playa, ensordecido como está por los ruidos vulgares, aburrido, reventado, despoetizado. El sentido de la alta vida ha disminuido hasta en el mejor de todos, estando prevenido contra ella. ¿Quién tendrá asidero sobre él? ¿La Naturaleza? Todavía no. Suavizado por la familia, por la inocencia del niño, por la ternura de la mujer, el hombre se interesa primero en las cosas de la humanidad: vese entonces que las almas tienen su sexo y sienten muy diversamente. Ella, ella enternécese más con el mar, con la poesía del infinito; en cambio, el esposo fíjase en el hombre de mar, en los peligros que corre, en el drama de todos los días, en el flotante destino de su familia. Aunque la mujer se conmueva ante las desdichas individuales, sin embargo, no presta tan serio interés á las clases. El hombre laborioso, al llegar á la costa, fija predilectamente su atención en la vida de los seres del trabajo, pescadores, marinos, en esa existencia ruda, llena de contingencias, muy peligrosa y con poco lucro.

Lo estoy viendo mientras se arregla su mujer y visten al niño, pasearse por la playa. Es una mañana fría, y como ha llovido copiosamente toda la noche, una tras otra van regresando las barcas: todo está empapado, yerto; las ropas de aquellas gentes chorrean. Los tiernos niños también han pasado la noche en el mar. ¿Qué traen? Poca cosa. Sin embargo, se ha salvado la vida. Durante el gran ventarrón, las olas invadían la débil embarcación; la muerte ha mostrado su lívida faz. Magnífica ocasión para el hombre que tanto se lamentaba el día anterior, que puede meditar y decir: «Mi suerte es más suave.»

Al anochecer, cuando los dorados rayos del sol desaparecen de sobre la tierra y vuelven bastante siniestro el aspecto del mar unas nubes cobrizas que recorren el espacio, aquellos hombres abandonan de nuevo la playa internándose mar adentro. ¿Tendremos mal tiempo?—les pregunta el forastero.—«Señor, hay que vivir.» Y parten acompañados de sus hijos. Sus mujeres, gravemente serias, les siguen con la vista, y más de una pronuncia en voz baja alguna oración. ¿Quién no ruega en tales casos? El mismo extraño hace votos por aquellos seres, diciendo: «Mala será la noche: sus deudos quisieran verlos ya de vuelta.»

Así es como el mar ensancha el corazón, enterneciendo aun á los seres más rudos. Hágase lo que se quiera, siente uno hervir la sangre en sus venas. ¡Ah! ¡Motivo hay para ello! El infortunio en todas sus formas rebosa entre esas gentes intrépidas, inteligentes, honradas, que son sin ningún género de duda las mejores de nuestro suelo. He vivido largo tiempo en la costa: en ella son comunes las virtudes heroicas que en el interior se tienen por una rareza. Y lo más curioso es que no se conoce el orgullo. En Francia todo el orgullo está concentrado en la vida militar: fuera de eso, los mayores peligros no se tienen en cuenta; créese cosa muy sencilla afrontarlos todos los días sin jactarse de lo que se hace. Jamás he visto hombres más modestos (iba á escribir tímidos) que nuestros pilotos de Gironde, los cuales desafían intrépidamente y sin cesar el gran combate de Cordouan, partiendo de Royan, de Saint-Georges. Allí, como en Granville (y por todos lados), sólo las mujeres hablaban, vociferaban, cuidábanse de todo, negociaban. Los bravos marinos, al poner el pie en tierra, no despegaban los labios, manteniéndose tan pacíficos como eran bulliciosas y magníficas sus esposas, y ejerciendo la autoridad paternal sobre sus hijos. El marido seguía al pie de la letra la sentencia del poeta romano: «Afortunado de no ser nada en mi casa.»

Sus caras mitades, asaz interesadas con el forastero y en todos los tránsitos de la vida ordinaria, en las grandes ocasiones, preciso es confesarlo, demostraban un corazón de rey, magnánimo y generoso. Las de Saint-Georges suministraban cuantos trapos poseían para las hilas de los heridos de Solferino. Habiéndose estrellado cerca de la costa de Etretat tres ingleses, en un sitio inaccesible, todo el pueblo acudió á su socorro, y mientras peligraron sus vidas la ansiedad fué general; así hombres como mujeres dieron muestras de una violenta sensibilidad. Salvados, recibióseles con aclamaciones y lágrimas de gozo, y fueron albergados, provistos de ropas, colmados de regalos y de pruebas de simpatía (abril de 1859).

¡Bien por el pueblo francés! Y, sin embargo, ¡qué vida tan triste y dura no pasa! En el régimen de las clases (tan útil por otra parte y que nos da tanta fuerza), debe abandonar á cada momento las ventajas del comercio por la marina del Estado, cada día más severa. Hace cuarenta años se practicaba la maniobra cantando; hoy es muda. (Jal, Arch., II, 522). De la marina mercante han desaparecido las grandes pescas. Las primas de la ballena sólo aprovechaban á los armadores. (Boitard, Dicc., art. Cetáceos, Ballena). El abadejo no es tan abundante, va desapareciendo el escombro y el arenque se aleja. Un libro de pocas páginas, pero preciosísimo (Histoire de Rose Duchemin par elle-même) hace un cuadro conmovedor de ese infortunio. El ingenioso Alfonso Karr, que escribió la historia recién salida de los labios de aquella mujer, tuvo el exquisito tacto de no cambiar ni una sola palabra de su narración.

Etretat no es precisamente lo que llamamos un puerto. Asaz bajo, al nivel del mar, defiéndelo únicamente de él una montaña de morrillos, barrera cuyo ingeniero es la tempestad, la cual va amontonando continuamente nuevas capas de guijarros. Nada de abrigo. Por lo tanto, hay necesidad, según la antigua y ruda costumbre celta, de subir todas las barcas que llegan al malecón por medio de una cuerda que se enrolla á un cabrestante. Este, que consta de cuatro barras, tiene que ser movido con harta pena por la familia del pescador, su mujer, sus hijas y sus amigos, pues los muchachos están en el mar. Compréndese lo dificultosa que es esta operación. Al subir la pesada barca choca de morrillo en morrillo, de obstáculo en obstáculo, salvándolos á saltos, cada uno de los cuales y cada sacudida resuena en los pechos de aquellas mujeres, y no es emplear una figura el decir que tan dura ascensión se practica á costa de sus carnes magulladas, de su delicado seno, de su propio corazón.

La primera vez que presencié esta escena quédeme triste, herido en el alma, y tuve impulsos de agarrar una de las barras del cabrestante y ayudar á aquellas gentes. Esto las hubiese extrañado; no sé qué falsa vergüenza me detuvo. Pero, cada día, tomaba parte en la operación, á lo menos con mis votos. Colocábame á su lado y las contemplaba. Esas jóvenes y deliciosas muchachas (rara es la bonita, pero son todas encantadoras) no llevaban el corto jubón colorado, prenda del antiguo traje de las costas, sino vestidos largos; la mayor parte estaban refinadas en raza y en ingenio, y habíalas bastante delicadas, teniendo algo de la señorita. Encorvadas por el peso de aquel trabajo tan rudo (filial y, no obstante, elevado), no carecían de gracia ni de fiereza: su tierno corazón, en medio de tan penoso esfuerzo no dejaba escapar una queja ni un suspiro por do pudiese acusárselas de debilidad.

Aquel maleconcito de morrillos, diminuto como es, tiene, con todo, demasiado espacio. Vi en él algunas barcas abandonadas, inútiles. Hoy día la pesca hase vuelto estéril, pues el pescado huye. Etretat languidece, perece, junto á Dieppe macilento. Cada día ve cortados sus recursos sin que le quede más que el de los baños: lo espera todo de los bañistas, del azar de las habitaciones que, unas veces alquiladas, otras vacías, un día producen y el otro empobrecen. Esa mezcla con París, el París mundano, por caros que éste pague sus goces, es una plaga para el país.

Nuestros pueblos normandos, descubridores de la América, que desde el siglo XIV conquistaron la costa de Africa, cada día van cobrando más aversión al mar. Muchos de ellos dan la espalda á la costa y fijan sus miradas al interior. El descendiente de aquel que en otro tiempo lanzó el arpón, se resigna á las faenas mujeriles, hácese un macilento algodonero de Montville ó de Bolbec.