A la ciencia, á la ley, tocan detener tamaña decadencia. La primera, por medio de su hábil dirección, si se sigue con firmeza, creará la economía del mar y reconstituirá la pesca, escuela de la marina; la segunda, no estando tan exclusivamente influida del interés de la tierra, conservará en la marina á la flor de la nación, mundo aparte, en ninguna manera comparable á las grandes masas de que sacamos nuestros soldados para el ejército terrestre, y que será el verdadero soldado en circunstancias que cortarían el nudo gordiano del orbe.
Estos eran mis ensueños hallándome en el pequeño malecón de Etretat durante el sombrío verano de 1860, mientras la lluvia caía á torrentes y chirriaba el duro cabrestante, y la cuerda gemía y subía lentamente la nave.
La del siglo también se arrastra y sube con pena. Hay lentitud, cansancio, como en 1730. Bueno fuera empujarla y empuñar el barrote. Empero muchos y muchos pierden el tiempo miserablemente, jugando como los niños á conchas, á morrillos.
Cuéntase que Escipión, el vencedor de Cartago, y Terencio, cautivo escapado del naufragio de un mundo, recogían conchas en la playa, amigos excelentes en la indiferencia y abandono del pasado. Ocupados de aquella suerte disfrutaban la dicha de olvidar, de borrar los años transcurridos volviendo á la edad de la niñez. Roma ingrata, Cartago destruida, sus patrias respectivas, poco, muy poco pesaban á su conciencia, no dejando ninguna traza en su corazón, como no la deja el rizo de la onda.
Nosotros no pensamos así: no queremos ser niños, ni tampoco olvidar, sino que con perseverante ardor deseamos auxiliar la penosa maniobra de ese gran siglo fatigado. Queremos hacer remontar la barca, empujando con mano fuerte el cabrestante del porvenir.
VII
«Vita nuova» de las naciones.
Mientras estoy terminando el presente libro (diciembre de 1860), la resucitada Italia, la gloriosa madre de todos, me envía un magnífico aguinaldo. Acabo de recibir una novela, un folleto de Florencia.
Este país suele mandarnos grandes novelas: en 1300, la de Dante; en 1500, la de Amerigo; en 1600, Galileo. ¿Cuál es, pues, ahora la que viene de Florencia?
¡Oh! Aparentemente muy insignificante; pero ¿quién sabe? Inmensa por los resultados. Es un discurso de pocas páginas, un opúsculo médico. No atrae por su título; más bien es repulsivo. Y no obstante, hay allí un germen de consecuencia incalculable, destinado tal vez á revolucionar el mundo.