Frente de la portada veo el retrato de dos niños, muerto el uno y expirante el otro en un hospital de Florencia. El autor del libro es el médico, quien (caso raro) cobró tal cariño á sus enfermos, pobres muchachos desconocidos, que ha querido narrar sus dolores y pesares.
El primero (tendría siete ú ocho años), de rostro bien perfilado y noblemente austero, en el que lleva impresa la huella de un gran destino malogrado, ostenta una flor sobre su almohada, que su madre, demasiado pobre para darle otra cosa, le trajo al visitarlo: la pobre criatura conservaba con tanto esmero y tan religiosamente las flores, regalo de la autora de sus días, que después de muerto le han dejado una por compañera.
El otro, más pequeño, y respirando ternura todo él gracias á su corta edad (cuatro ó cinco años), visiblemente está á las puertas de la muerte, notando sus ojos en el último ensueño. Estas criaturas se habían manifestado mutua simpatía. A pesar de no poder hablar, les agradaba verse, mirarse, y el compasivo médico habíalos mandado colocar frente el uno del otro. En el grabado los ha acercado cual estaban al morir.
Escena es ésta verdaderamente italiana: en otra parte se tendría buen cuidado de mostrarse débil y tierno, pues habría el temor de ponerse en ridículo. En Italia no es así: el doctor escribe ante el público como si estuviese solo; expláyase sin reserva con una superabundancia, una sensibilidad femenina, que hace asomar la sonrisa á los labios y llorar al mismo tiempo. Preciso es confesar, sin embargo, que el idioma contribuye en gran manera á este resultado, idioma delicioso, propio de mujeres y niños, tan tierno y con todo brillante, y bello hasta para expresar el dolor. Es una lluvia de lágrimas y de flores.
Luego, el doctor se detiene y se sincera. Si ha hablado así, no es sin motivo. «Aquellos niños no hubieran muerto si se hubiese podido mandarlos á bañarse al mar.» Conclusión: debería establecerse en la costa un hospital de niños.
Esto se llama ser hábil: el doctor ha sabido tocar las fibras del corazón. La observación no pasará desapercibida: los hombres comienzan á reflexionar y se conmueven; las mujeres lloran; rogando, queriendo, exigiendo. Y como no es posible negárselas nada, sin aguardar la iniciativa oficial una sociedad libre funda en el acto los Baños para niños en Viareggio.
Conocido es el lindo camino; el encantador semicírculo que forma el Mediterráneo después de haber abandonado la aspereza de Génova, dejado atrás la magnífica rada de la Spezzia y que se engolfa uno bajo los virgilianos olivares de la Toscana. A mitad del camino de Liorna, una costa conquistada al mar ofrece el solitario puertecito que consagra en adelante la encantadora fundación.
Florencia tomó la iniciativa de la caridad sobre la Europa, creando hospicios antes de la Era 1000. En 1287, cuando la divina Beatriz inspiró al Dante, fundaba su padre el de Santa María Nuova. Lutero, en su excursión, poco favorable á Italia, no puede menos de admirar sus hospitales y las lindas señoras italianas que, sin curarse de la gloria, asistían en ellos á los enfermos.
La nueva fundación servirá de modelo á Europa, y esto debémoslo á los niños. La vida arrastrada que llevamos, esa vida de horribles trabajos y de excesos todavía más mortíferos, sobre ellos viene á recaer.