No es dado ocultar la profunda alteración de que están visiblemente atacadas nuestras razas del Occidente. Las causas de esto son muchas: la más notable de todas, es lo inmenso, la rapidez siempre creciente de nuestro trabajo. El hombre casi siempre vese forzado, subyugado por el oficio; y aun aquellos á quienes no sojuzgan sus quehaceres, se libran raras veces de la furia general. No sé qué ardor para ir más y más aprisa se ha apoderado de nuestro temperamento, del humor, de la acritud de nuestra sangre. Comparados al actual, todos los siglos fueron perezosos, estériles. Nuestros resultados son inmensos. De nuestro cerebro se derrama infinito raudal de ciencias, artes, inventos, ideas, producciones con que inundamos el globo, el presente, y hasta el porvenir. Mas, ¿á qué precio hacemos esto? Al precio de una efusión espantosa de fuerza, de un despilfarro cerebral que enerva más y más la actual generación. Son prodigiosas nuestras obras y nuestros hijos enclenques.

Notad que ese gran esfuerzo, esa excesiva producción, es obra de un corto número. La América da poco, el Asia nada. Y, aun en la misma Europa, todo es producto de algunos millones de hombres del extremo Occidente. Los demás, al ver cómo se gastan aquéllos, piensan poder reemplazarlos algún día. ¡Ignorantes! ¿Creéis acaso que tal ó cual ruso ó emigrante de los Estados Unidos del Oeste será mañana un artista, un maquinista de Inglaterra ó un óptico de París? Esto sólo lo hemos alcanzado merced al refinamiento y educación de los siglos. Existe en nosotros una dilatada tradición. ¿Qué sucederá si llegamos á fenecer? No han nacido aún los que deben reemplazarnos.

Ese trabajo exterminador, ese suicidio de fecundidad, si nos place aceptarlo en interés del género humano, en conciencia no podemos querer perder por causa suya nuestros hijos y enterrarlos con nosotros. Y, sin embargo, es lo que sucede. Nacen dispuestos para el caso, pues tienen inoculadas nuestras artes en la sangre, y también nuestro cansancio. Dotados de maravillosa precocidad, saben, pueden, harían. Pero nada hacen, puesto que se mueren.

La infancia del hombre, así como la de las plantas y de todo lo criado, necesita descanso, aire, libertad suave. Aquí, todo es lo contrario, lo mismo nuestros méritos que nuestros vicios. Todo parece combinarse para asfixiar á la adolescencia. ¿Estimamos nuestros hijos? Sí, no hay duda; y á pesar de eso los asesinamos. Una sociedad tan agitada, tan violenta como la nuestra, es (no importa si lo sabe ó lo ignora), una verdadera guerra que se hace á la infancia.

Hay momentos, sobre todo en su desarrollo, crisis en que ella pende de un hilo. La vida parece titubear y preguntarse: ¿Duraré mucho? En aquellos instantes decisivos, nuestro contacto, la estancia en las ciudades y la vida de las muchedumbres es la muerte para aquellas criaturas vacilantes. O lo que es peor, conviértese en principio de una dilatada carrera de enfermedades. Un mísero ser cae, se levanta, vuelve á caer, y las tres cuartas partes de su existencia tendrán que deslizarse al cuidado de la caridad pública.

Es preciso acabar de una vez con semejante estado de cosas. Hay que prever. Débese sacar á la criatura de ese centro funesto, quitársela al hombre, darla á la Naturaleza, hacerle aspirar la vida envuelta por el hálito del mar. El niño enfermo sanaría; desarrollaríase el expósito. Robustecido, ágil, más de uno y más de dos se dedicarían á la Marina; y en vez de un débil obrero, de un parroquiano del hospital, tendría el Estado un robusto y atrevido marino.

Por otro lado, ¿por qué ha de dejarse todo á la iniciativa del Estado? Florencia nos ha demostrado que un corazón real vale tanto como la realeza. La mujer es reina; de consiguiente, á ella toca mandar.

Si yo fuese una señora joven y bella, sé muy bien lo que haría. Viviría rodeada de magnificencia, de lujo, y algún día, en uno de esos momentos en que el amor atestigua, protesta, jura, siente la necesidad de dar, diría á un galán: «Os cojo la palabra. Empero no creáis halagarme con los presentes acostumbrados. Detesto vuestros preciosos cachemires fabricados en la India con dibujos de Londres; poco me importan los diamantes, pues cercano está el día en que irán tirados por la calle. M. Berthelot, que rehace la Naturaleza por partida doble, y tantas cosas vivas crea, con mayor facilidad que todo esto prodigarános los diamantes.

»Me gusta lo sólido. Quiero, pues, una buena casa en la costa algo abrigada y que la dé el sol, para alojar en ella cuarenta ó cincuenta niños. No se necesita gran mobiliario. Una vez establecidas allí las criaturas, su subsistencia está asegurada. No habrá una sola señora de cuantas acuden á los baños de mar que no auxilie mi empresa de todo corazón. Si las Beatrices de Florencia han fundado asilos parecidos, ¿por qué hemos de ser menos las de Francia? ¿Acaso nos ganan en belleza y son nuestros galanes menos enamorados?

»Si el mar me ha embellecido, como oigo deciros á todas horas, debéisle un recuerdo á su playa. Y, si me amáis, supongo que os sentiréis dichoso de ir á medias conmigo, empezando juntos una cosa, creando mancomunados ese pequeño mundo de niños al lado de la gran nodriza. ¡Que conserve una prenda duradera de ternura y de amor purísimo! ¡Que dé testimonio, por medio de una obra viva, que ante el infinito estuvimos unidos con una idea santa!»