Bastaría que empezara una mujer esa obra para que otra, madre común (la Francia), la continuara.

Ninguna institución más útil; ningún sacrificio mejor empleado. Y no se requeriría gran cosa, bastando con trasladar á la playa algunos establecimientos del interior; y habiéndolos que acarrean enormes gastos sin ningún beneficio, sería conveniente convertirlos en fábrica para enfermos que, de otra suerte tendrán que mendigar, mientras vivan, nuevos socorros.

Los romanos no sabían escatimar nada por lo que toca á la salud pública y á la vida de los ciudadanos. Cuando se ve su munificencia, las obras emprendidas para traer aguas saludables aun á las poblaciones secundarias, sus prodigiosos acueductos, sus Pont-du-Gard, etc., sus inmensas termas, donde el pueblo tenía derecho á bañarse gratis (á lo sumo por un óbolo), reconócese su alta sabiduría. También tenían piscinas de agua de mar para nadar. Y lo que hicieron ellos para una plebe ociosa ó improductiva, ¿titubearemos en hacerlo nosotros cuando se trata de salvar la raza de criaturas sin segundo que constituyen el progreso del orbe?

No me refiero aquí sólo á los niños, sino á todo el mundo. Cada ciudad tiene hoy en su seno otra ciudad siempre repleta (el hospital), en la que entra y sale continuamente el desfallecido obrero. Esto ocasiona un gasto enorme; y ¿quién lo paga? Los otros obreros que en último resultado son los llamados á sufragar las cargas de la cosa pública. El obrero muere joven, dejando por obligación á sus compañeros mantener á su familia. Mucho más conveniente y económico sería, pues, preservar que curar. Más debe hacerse por el sano próximo á caer enfermo, agotadas ya sus fuerzas, que por el enfermo. Diez días de reposo á orillas del mar le reharían, dándole robustez y fuerzas para el trabajo. El viaje, el sencillísimo abrigo de tan corta temporada veraniega, una mesa pública á bajo precio costarían muchísimo menos que una larga estancia en el hospital. Y el hombre se salvaría, así como la familia y los hijos: pérdida á menudo irreparable, pues, lo he dicho y lo repito, cada uno de esos hombres es la tardía producción de una prolongada tradición de industria; siendo en sí una obra artística, de arte humano, tan poco conocido, donde la humanidad va elevándose, formándose, como potencia de creación.

¡Qué placer tan grande sería para mí ver á esa flor de la tierra, á esa muchedumbre de pueblo inventor, creador y fabricante que suda y se gasta para el mundo, recobrar inmediatamente sus fuerzas en la gran piscina del Creador! Toda la humanidad se aprovecharía de ello, ya que florece con la labor enorme de la clase obrera. A ésta debe sus goces, su elegancia, todas sus luces; y prospera con sus utilidades, y vive de su médula y de su sangre. Por lo tanto, el dar á esos seres la renovación de la naturaleza, un poco de aire, el mar, un día de descanso, sería justicia y nada más que justicia, un beneficio para todo el género humano, á quien son tan necesarias y que mañana, á causa de su muerte, encontraráse en la orfandad.

Compadeceos de vosotros mismos, pobres hombres de Occidente; pensad seriamente en ayudaros, en contribuir á la común salvación. La tierra os pide que viváis, ofreciéndoos lo mejor que posee, el mar, para rehabilitaros. Ella se perdería si llegase á perderos, pues sois su genio, su alma inventora. Vive nuestra propia vida, y al moriros la arrastraréis á la muerte.

FIN


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