Todas estas preciosidades, unas tras otras, flotando sobre el verde espejo, adornadas de colores alegres y suaves, con una coquetería infantil que sólo ellas poseen, han preocupado á los hombres científicos, que para darles un nombre tuvieron que recurrir á las reinas de la Historia y á las diosas de la Mitología. Esta es la ondulante Berenice cuya rica cabellera al arrastrarse por las ondas constituye otra onda; aquélla la pequeña Oritia, esposa de Eolo, que, al soplo de su compañero, pasea su urna blanca y pura, incierta, apenas afirmada por el delicado enredo de sus cabellos, que con frecuencia enlaza por debajo; más allá, Dionea, la llorona, parece una copa de alabastro que deja desbordar, en hilos cristalinos, espléndidas lágrimas. De esta suerte he visto en Suiza esparcirse cascadas fatigadas y perezosas, que, habiendo dado muchos rodeos, parecían rendidas de sueño, de languidez.


En el grandioso cuadro de luminarias que despliega el mar en las noches borrascosas, la medusa desempeña un papel aparte. Sumida como tantos otros seres en el fósforo eléctrico de que están penetrados todos, lo devuelve á su modo con una gracia personal.

¡Cuán sombría es la noche en el mar si no lo alumbra ese fósforo! ¡Qué vastas y temibles esas tinieblas! En tierra la sombra no es tan obscura; se reconoce uno á la variedad de los objetos que toca ó cuyas formas se presienten y que aparecen como una señal. Mas, la dilatada noche marítima, ¡una negrura infinita! ¡Nada, siempre nada!... ¡Mil peligros posibles, desconocidos!

Se presiente todo esto si se vive en la playa, junto al mar, y ocasiona no poca alegría cuando, cargado el aire de electricidad, se descubre á lo lejos una tenue cinta de fuego. ¿Qué significa aquello? Lo hemos visto en nuestra propia casa al contemplar algunos peces muertos, por ejemplo los arenques. Empero vivos en grandes masas, y en las enormes estelas viscosas que dejan tras de sí, aún es más luminoso. Ese brillo no es de ningún modo privilegio de la muerte. ¿Acaso será efecto del calor? No, existe en los dos polos, en los mares Antárticos y en los de la Siberia así como en nuestros mares y en todos.

Es la electricidad común que despiden en tiempo borracoso esas aguas semi-vivientes, inocente y pacífico rayo de que son conductores inocentes todos los seres marinos. Lo aspiran y espiran, restituyéndolo con largueza al morir. El mar lo da y vuelve á tomarlo. A lo largo de las costas y de los estrechos, los estregones y remolinos le hacen circular poderosamente. Cada ser toma una parte, más ó menos grande, según su naturaleza. Aquí, inmensas superficies de pacíficos infusorios forman una especie de mar lácteo, de suave y blanca luz, que, animándose por momentos, se vuelve de un color azufrado encendido; allá, conos de luces van haciendo piruetas sobre sí mismos ó rodando en forma de balas rojas. Prodúcese un gran disco de fuego (pirosoma), que, empezando por el color opalino, vuélvese verde un instante, luego se irrita, trocándose en rojo y naranjado para terminar en azur. Tales metamorfosis tienen cierta regularidad que indicaría una función natural, la contracción y dilatación de un ser que atiza el fuego.

Sin embargo, serpientes inflamadas agítanse en el horizonte en una grande extensión (en ocasiones veinticinco ó treinta leguas). Los bíforos y las salpas, seres transparentes que atraviesan el mar y el fósforo, dan ese espectáculo serpentiforme. Sorprendente asociación que origina tan desenfrenadas danzas, y luego se separa. Una vez separados, sus miembros libres producen otros pequeñuelos asimismo libres, que á su turno engendrarán repúblicas danzantes, las cuales renovarán en el mar aquella bacanal de fuego.

Grandes masas más pacíficas pasean sobre las ondas innumerables luces. Los velelos iluminan al llegar la noche sus barquillas; las beroes se ostentan triunfantes como llamas; empero ninguna luz tan espléndida como la de nuestras medusas. ¿Es sólo puro efecto físico, como el que hace serpentear las salpas inyectadas de fuego? ¿Es un acto de aspiración, como hacen presumir otros seres? ¿O es únicamente capricho, como entre tantas criaturillas que se divierten con las chispas de una vana ó inconstante alegría? No, las nobles y deliciosas medusas (tales como la Oceánica coronada y la encantadora Dionea), parecen expresar graves ideas. Debajo de ellas sus luminosos cabellos, semejantes á una sombría lámpara de noche, lanzan misteriosos rayos de esmeralda y otros colores que, relumbrando ó palideciendo, revelan un sentimiento y cierto misterio inexplicable. Diríase el espíritu del abismo meditando sus secretos; el alma que llega ó la que algún día debe vivir. ¿O acaso debemos ver en ello el melancólico ensueño de un destino imposible que nunca ha de alcanzar el término apetecido? ¿O el llamamiento á la dicha de amor, único consuelo que en este mundo nos queda?

Sabido es que, en la tierra, ese fuego es para nuestras luciolas la señal, la declaración de la amante que se da á conocer, indica su morada y se traiciona á sí misma. ¿Tiene igual sentido entre las medusas? Se ignora. Lo positivo es que vierten juntas su llama y su vida. La savia fecunda y virtud genésica de ellas, están contenidas en esto, y á cada destello se escapa y disminuye.

Si se desea el cruel entretenimiento de redoblar ese cuento de hadas, no hay más que exponerlas al calor. Entonces se exasperan, centellean y se vuelven tan hermosas, tan hermosas... que todo concluye. Llama, amor y vida acaban de evaporarse, todo desaparece á un tiempo.