VII
El picapedrero.
Cuando el bueno del doctor Livingstone penetró por entre las míseras tribus del Africa que, trabajosamente, se defienden de los traficantes en carne humana y de los leones, como las mujeres le viesen armado de todas las artes protectoras de la Europa, invocándole, no sin justicia, como una providencia amiga, decíanle esta conmovedora frase: «¡Procuradnos el sueño!»
Esta es la súplica que todo ser vivo, cada uno en su lengua, dirige á la madre Naturaleza. Del primero al último desean y sueñan con la seguridad; y esto no ofrece ningún género de duda al ver los ingeniosos esfuerzos que todos hacen por obtenerla. Dichos esfuerzos han creado las artes, no habiendo inventado ni una sola el hombre sin apercibirse de que los animales habíanla inventado antes que él, inspirados por el instinto, tan grande y notable, que poseen de salvación.
Sufren, están atemorizados y quieren vivir. No es dado creer que los seres poco avanzados, embrionarios, sean casi sensibles: muy al contrario. En todo embrión, lo primero bosquejado es el sistema nervioso, es decir, la capacidad de percepción y de sufrimiento. El dolor es el aguijón por medio del cual se estimula poco á poco la previsión, empujando, forzando al ser á ingeniarse. El placer también sirve para el caso, y notáislo ya en los que se supondrían más fríos. Precisamente hase observado en el caracol la sensación que experimenta, después de penosas investigaciones de amor, al encontrarse con el objeto amado. Macho y hembra, con una gracia conmovedora, ondulando sus pescuezos de cisne, se prodigan mutuas caricias. ¿Y quién afirma esto? El severo, el muy verídico Blainville. (Moll., p. 181).
Mas, ¡ay! ¡cuán ampliamente se prodiga el dolor! ¿Quién no ha visto con tristeza los lentos y penosos esfuerzos del molusco sin concha que se arrastra sobre el estómago? Chocante, pero fiel imagen del feto que una cruel casualidad hubiese arrancado del vientre de la madre y arrojado por los suelos indefenso y desnudo. La triste bestiezuela condensa su piel tanto como puede, dulcifica las asperezas y da suavidad al camino que recorre. No importa. Es preciso que experimente uno tras otro todos los obstáculos, los choques, las puntas aceradas de los guijarros; convengo en que esté endurecida, resignada, mas, con todo, á su contacto, se retuerce, se contrae, dando señales de una gran sensibilidad.
A pesar de todo, la grande Alma de armonía, que es la unidad del mundo, ama; ama, y por la alternativa de placer y dolor cultiva todos los seres y les obliga á subir.
Empero para subir, para pasar á un grado superior, preciso es que hayan apurado cuantas pruebas, más ó menos penosas, contiene el inferior, todos los estimulantes de inventiva y arte de instinto. Y aun es preciso que hayan exagerado su genio y hayan hallado el exceso que, por contraste, hace sentir la necesidad de un género opuesto. Así se constituye el progreso por una como oscilación entre las cualidades contrarias que, sucesivamente, se desprenden y se encarnan en la vida.
Traduzcamos esas cosas divinas al lenguaje humano, familiar, indigno de su grandeza, mas por el cual serán conocidas:
Habiéndose complacido la Naturaleza por mucho tiempo en hacer y deshacer la medusa, en variar hasta lo infinito ese tema gracioso de la libertad naciente, cierta mañana, golpeándose la frente, se dijo: «He hecho una cabeza. Esto es delicioso, mas olvidé asegurar la vida de la pobre criatura, y tan sólo podrá subsistir por lo infinito de su número, por el exceso de su fecundidad. Ahora me hace falta un ser más prudente y resguardado. Si es preciso, que sea tímido; empero, sobre todo (lo quiero), ¡que viva!»