¡Oh hermosura que excedéis
Á todas las hermosuras!
Sin herir, dolor hacéis,
Y sin dolor deshacéis
El amor de las criaturas.
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No se me acuerda más. ¡Qué seso de fundadora! Pues yo le digo que estaba con harto cuando dije esto. Dios se lo perdone, que me hace gastar tiempo. Y pienso le ha de enternecer esta copla y hacelle devoción. Y esto no lo diga á nadie. D.ª Guiomar y yo andábamos juntas en este tiempo. Déla mis encomiendas».
Así las gastaban nuestros místicos, á quienes achacan hoy día algunos haber ennegrecido y aovillado el carácter de los españoles de aquellos tiempos. Tan cariacontecidas, rostrituertas y cabizcaídas eran nuestras gentes, que en ninguna literatura, ni en la serena y placentera de Grecia, han jugado así con la muerte y hecho donaire de los trances más terribles y de las más hondas miserias de la vida como nuestros desgarrados, desarrapados y hambrientos profesores de la jábega y de la picaresca. Al cabo y á la postre fueron descendientes del estoico y sereno Séneca y de los defensores de Calahorra, Sagunto y Numancia.
Ese desprecio de todo lo de acá, ese volar hacia arriba y mirar las cosas todas con el desdén de un alma grande, engreída y soberbia, si se quiere, ese lanzarse á las más estupendas aventuras, rompiendo por todas las dificultades, es el alma de nuestros místicos lo mismo que de nuestros pícaros, de nuestros conquistadores de América, como de nuestros guerreros de Italia y Flandes: es el alma de la raza. Lo que es D. Quijote, el noble, el más limpio de toda tacha y libre de todo temor en la caballería, es Santa Teresa en la religión y en el claustro. Sólo que Don Quijote no graceja, ni ríe jamás, porque los locos no ríen, ni gracejan, y los santos y santas sí.
No es menester apurar mucho lo castizo de esa habla de la Madre Teresa, ni la elegancia y propiedad, ni el garbo y brío. Si alguna, esta vez encaja bien aquí lo de ello mismo se alaba, no es menester alaballo. Menguado gusto ha de tener el que no saboree tan delicada manera de hablar. Santa Teresa no hizo ningún estudio de la lengua castellana. La nación florecía, y no tenían que temer influjos extraños como hoy, y todo español hablaba de perlas.
¿Quiere decir que el que busca más y más hacienda, no llegará á las más interiores moradas? Pues véase el desenfado con que se rodea y el pintoresco diálogo que entabla: «Tiene una persona bien de comer y aun sobrado. Ofrécesele poder adquirir más hacienda. Tomarlo, si se lo dan, en hora buena, pase; mas procurarlo, y después de tenerlo, procurar más y más? Tenga cuan buena intención quisiere (que sí debe tener, porque, como he dicho, son estas personas de oración y virtuosas); que no hayan miedo que suban á las moradas más junto al Rey».
No citaré aquí aquel elegantísimo y gallardo trozo de la meditación del Crucificado, que puede ver el lector en la carta al Obispo de Osma, en el cual ha sobrepujado á lo mejor de Fray Luis de Granada.
Cuanto á lo galano de su fantasía, baste recordar aquella maravillosa concepción de las Moradas, que engasta todo el tratado como un cuadro de rica pedrería. En cuatro palabras declara toda la traza del libro: «Estando hoy suplicando á Nuestro Señor hablase por mí, porque no atinaba cosa que decir ni cómo comenzar á cumplir esta obediencia, se me ofreció lo que ahora diré para comenzar con algún fundamento, que es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante ó muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. Si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso, adonde (dice) el Señor de él tiene sus deleites». Al más exigente le llena las medidas la sencillez y unidad de este plan que no lo buscó, sino que se lo ofreció su rica fantasía. Porque el alma, que se mete en un asunto, y al desenvolverlo queda envuelta en la expresión artística, lleva consigo esa unidad substancial que hace de la obra artística un acabado y bien trabado organismo, y la pega á cuanto toca. Sólo que para ciertas escuelas esa unidad ha de ser de esta ó de aquella clase, y para la naturaleza no es á veces ni de aquella ni de esta, sino de esotra, que está más adentro, en el corazón del intento propuesto. Así resulta á menudo manifiesta esa unidad de acción sin pretenderla, ó está encubierta á los ojos del crítico somero, aunque de hecho se halle donde hallarse debe, en lo más hondo de la idea y traza, que es como el quicio donde se mueve y gira toda la obra.
Veo me he alargado en demasía, sin haber hecho más que arañar y escarbar la haza. Querer penetrar más, fuera enredarme en asuntos prolijos, cansar al lector, malusar de la licencia que se me ha dado y quitar espacio y lugar á otras mejor cortadas plumas que la mía. Y así pondré aquí punto, y no habremos poco logrado si con este solo pensamiento de recrearnos en la inimitable naturalidad y verdad de la Madre Teresa, que, dejando caer de su pluma al desgaire y sin el menor asomo de pretensión ni pedantería las mismas sencillas palabras y candorosas frases que salían de su boca en la familiar plática de vieja castellana, nos remonta á los más encumbrados conceptos de la unión del alma con Dios, y nos desentraña las más recónditas delgadeces y sutilezas de la teología mística, nos alentamos á leer y releer sus maravillosos escritos, veneros que siempre serán de altísima doctrina y ejemplar no sobrepujado de la más cendrada y varonil elegancia en lengua castellana.