Cuenta allí mismo este verdadero discípulo de la Santa que, como la importunase, estando en Toledo, para que escribiese el libro de las Moradas, ella le respondía por estas palabras, que pondré aquí como muestra al propio tiempo de su habla y estilo: «¿Para qué quieren que escriba? Escriban los letrados, que han estudiado; que yo soy una tonta, y no sabré lo que me digo: pondré un vocablo por otro, con que haré daño. Hartos libros hay escritos de cosas de oración. Por amor de Dios, que me dejen hilar mi rueca y seguir mi coro y oficios de Religión, como las demás hermanas, que no soy para escribir ni tengo salud y cabeza para ello».

No quiero defraudar al lector del juicio que el mismo P. Gracián formó del estilo y habla de la Santa, por ser libro raro este «Dilucidario», y encerrar en sí cuanto yo pudiera declarar con bastante peores palabras: «Y en ir en aquel estilo muestra con llaneza la verdad, sin composturas, retóricas ni artificios. Aunque (si bien se mira) el estilo es altísimo para persuadir y hacer fruto; el lenguaje, purísimo y de los más elegantes en lengua española; que quizá muchos letrados no acertaran á decir una cláusula tan rodada y bien dicha como ella la dice, aunque borren y enmienden mil veces: y ella lo escribió sin enmendar papel suyo de los que escribía, y con gran velocidad, porque su letra (aunque de mujer) era muy clara, y escrebía tan apriesa y velozmente, como suelen hacer los notarios públicos, que me admiraba las muchas cartas que cada día escrebía de su mano á todos los conventos, y respondía á cualquier monja ó seglar en los negocios de la orden ó en los puntos y dudas de oración que la preguntaban».

Y cómo olvidar á otro más famoso teólogo y maestro consumado de las letras españolas, á Fray Luis de León, el cual, en la carta que á las Madres descalzas escribió y puso al frente de las obras de Santa Teresa en su edición primera, año 1588, dice á este propósito: «En la alteza de las cosas que trata, y en la delicadeza y claridad con que las trata, excede á muchos ingenios: y en la forma del decir, y en la pureza y facilidad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las palabras, y en una elegancia desafeitada que deleita en extremo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos se iguale. Y ansí, siempre que los leo, me admiro de nuevo, y en muchas partes de ellos me parece que no es ingenio de hombre el que oigo; y no dudo, sino que hablaba el Espíritu Santo en ella en muchos lugares, y que la regía la pluma y la mano: que ansí lo manifiesta la luz que pone en las cosas oscuras, y el fuego que enciende con sus palabras en el corazón que las lee».

Con harto pesar habría de acabar este artículo sin dar alguna muestra de este estilo y lenguaje. Y así, remitiéndome á la curiosidad del lector que no conozca las obras de Santa Teresa, que son cosas que suceden en España, para que él por sí mismo las saboree, si quiere formar cabal juicio, sólo citaré algún párrafo suelto.

Cae, vaya por caso, plática del temor con que vivían los santos que antes fueran grandes pecadores. Vase la Santa al hilo del pesar, que se le despierta entonces más vivo por las niñerías de atrás, que á sus ojos se le aparecen ofensas gravísimas, y con una extraña humildad, dificultosa de hallar aun en los mayores santos, dice así: «Por cierto, hijas mías, que estoy con tanto temor escribiendo esto, que no sé cómo lo escribo, ni cómo vivo, cuando se me acuerda, que es muchas veces. Pedidle, hijas mías, que viva Su Majestad en mí siempre, porque si no es así, ¿qué seguridad puede tener una vida tan mal gastada como la mía?» Y no son éstas ñoñerías monjiles ni humildades de garabato: oid cuál prosigue abriéndoles todo su pecho y doliéndose con ellas de sus imaginadas maldades: «Y no os pese de entender que esto es así, como algunas veces lo he visto en vosotras cuando os lo digo, y procede de que quisiérades que hubiera sido muy santa; y tenéis razón, también lo quisiera yo. ¡Mas, qué tengo de hacer, si lo perdí por sola mi culpa! Que no me quejaré de Dios, que dejó de darme bastantes ayudas para que se cumplieran vuestros deseos». ¡Cree ingenuamente que tienen razón sus hijas al suponer que ella había sido pecadora! Tan bobillas las monjitas, y tan profundamente humilde la madre, que con todo su claro talento les cree y se lo cree. «No puedo decir esto sin lágrimas y gran confusión de ver que escriba yo cosa para las que me pueden enseñar á mí.

Recia obediencia ha sido: plega al Señor, que pues se hace por Él, sea para que os aprovechéis de algo, porque le pidáis perdone á esta miserable atrevida... no tenéis para qué os afrentar de que sea yo ruin, pues tenéis tan buena Madre», dice refiriéndose á la Virgen. Y sigue en lo mismo, hasta que de repente exclama: «Ya no sé lo que decía, que me he divertido mucho, y en acordándome de mí, se me quiebran las alas para decir cosa buena».

¡Por tan malas tenía todas las suyas!

Ahí está toda entera el alma de la Santa en un solo párrafo; y lo mismo la echaríamos de ver en todos los de sus obras. Es delicioso contemplar su viveza, las salidas inesperadas con que pasa de un punto á otro, y con qué gallarda desenvoltura se ahorra de estorbos y va á lo suyo con certero paso y sin embarazarse ni enredarse en menudencias y remilgos, tan propios de mujeres.

Quiere que entren en el castillo de sus almas sus hijas; pero entrar un alma en el alma misma, no deja de ser un peregrino entrar: «Pues tornando á nuestro hermoso y deleitoso castillo, hemos de ver cómo podremos entrar en él. Parece que digo algún disparate, porque si este castillo es el alma, claro está que no hay para qué entrar, pues ella es él mismo: como parecería desatino decir á uno que entrase en una pieza estando ya dentro. Mas va mucho de estar á estar; que hay muchas almas que se están en la ronda del castillo, que es adonde están los que le guardan, y que no se les da nada de entrar dentro, ni saben qué hay en aquel tan precioso lugar, ni quién está dentro, ni aun qué piezas tiene. Ya habéis oído en algunos libros de oraciones aconsejar al alma que entre dentro de sí: pues esto mesmo es lo que digo».

Escribe á su hermano, y no parece escribirle: esta mujer habla con un presente: «Pensé que nos enviara V. M. el Villancico suyo: porque éstos no tienen pies ni cabeza, y todo lo cantan. Ahora se me acuerda uno, que hice una vez estando con harta oración, y parecía que descansaba más. Eran (ya no sé si eran así), y porque vea que desde acá le quiero dar recreación: