Hay obras de arte que por su monótona regularidad hastían el gusto del más espetado amigo de la línea recta. El estilo ornamental simétrico europeo va perdiendo tierra, mientras la va ganando el irregular, caprichoso, despareado y harto más natural cuanto más variado de los japoneses.

Nada de japonés ni de guerrero belicoso tenía el alma de la Teresa española; pero, como no escribía por hacer arte, ni estaba mostrada á tijeretear y repulir lo una vez caído de su pluma, con sólo saber muy bien sabida su habla castellana, sin más recetas modernistas ni menos palabrillas y frasecitas de cajón ó tiroir francés, nos dejó unos tratados y cartas, que es un contento el leerlos. Porque, para cifrarlo en una sola palabra, en ellos dejó retratada toda su alma. Y el alma, que bulle en la obra de arte, es la que hace que lo sea, que lleve en sí espejado su propio vivir, sentir y luchar, no en línea recta, sino serpeando y meneándose en encontrados pasos, llevada de sus afectos, á cada rato variados y de mil visos y tonalidades, aunque esa alma viva en tan serena región como la de la Madre Teresa.

Asunto de más vagar y para más delgado ingenio que el mío fuera éste de descubrir y sacar el alma de Santa Teresa en sus escritos. Para ver en ellos su alma entera no es menester, cierto, ser un águila ni perderse de vuelo; yo la veo tan claramente, como mi semblante al mirarme en el espejo. Pero no es lo mismo ver y sentir las cosas, que saber expresarlas. Eso se queda para artistas tan verdaderamente sinceros y tan ricamente dotados del don de la expresión artística, como la misma Santa.

Y torno á hacer hincapié en lo sincero, porque es cualidad de los niños ésta de la sinceridad, bien que algún tanto arrebujada á veces con cierto espiritillo de mentirijilla, que les carcome, y oscureciera su franqueza, á no ponerla más de relieve su infantil creencia de que engañan á los demás no engañándose más que á sí mismos.

Tengo para mí que los más ingeniosos escritores deben el encanto con que nos traen embelesados á esta sinceridad de niños. Hácense niños al poner los ojos en el asunto que quieren escudriñar, porque no hay nube que así nos ciegue y embote la vista como el uso, que traen consigo los años, de mirar como por rutina las cosas más maravillosas. Que las gasta y les roba toda aquella frescura y lustre, con que de niños nos embebecían y nos paraban como abobados. ¿Pues qué, si se allega la huera hinchazón del escritor, que da tontamente crédito á los elogios, los cuales le hinchen á la letra el ojo, así como suena, hasta volverle miope, y hacerle creer que puede echárselas de maestro autorizado, y así se pone á estudiar y escribir con el hipo de descubrir y decir maravillas?

Santa Teresa, fuera de su discreción más que de mujer, escribía como escribiría una niña candorosa y primeriza en esto de tomar la pluma. No se le entiende á ella de enjaretar períodos rodados y cuadrimembres, ni de casar los toques de los colores en su cuadro, de arte que resalten y rebulten las luces de entre las sombras, ni de tornear sus frases, ni de alambicar los conceptos, ni de hacerlos parir unos á otros mirándolos por sus diferentes haces ó contraponiéndolos en brillantes paradojas, ni siquiera de seguir la hebra del razonamiento hasta el cabo. Corta por donde se le antoja, digo, cuando se le atraviesa otra cosa de mayor momento, y luego ya no se le acuerda de tornarlo á enhebrar. ¿No pensamos y discurrimos así, á retazos, tomando á lo mejor un cabo suelto que andaba allá por la madeja y se nos viene de pronto á los ojos, sin cuidarnos del concierto en las sentencias? ¿Pues por qué no habré de escribirlo así?, hubiera respondido la Santa al empecatado preceptista que le hubiera salido con estos escrúpulos de retóricas manidas.

Vengamos ya, que ya es hora, á ver cómo se las entiende la Santa en esto de escribir. No habrá ido fuera de propósito cuanto hemos discurrido hasta aquí, si en su estilo y lenguaje hallamos puesto en su punto ese que yo llamaría naturismo ó realismo español, para no enmarañarnos, ni tengan que achacarme nada, usando el vocablo naturalismo, que ha tomado en Francia, y de allí se ha corrido á las demás naciones, un sentido harto distinto, bien que cimentado en la misma propensión á buscar los hechos naturales, tal como se nos ofrecen en el mundo. Ahí, repito, han venido á parar la literatura y el arte, arrastrados por las corrientes científicas que han dado este colorido y sabor á todo linaje de estudios y disciplinas, descostrándolas de las impurezas añejas, de los convencionalismos y dogmatismos de antaño. Así ha quedado sepultada la antigua retórica, en lo que encerraba de falsos puntos de mira y de procedimientos rutinarios, y sobre sus ruinas han brotado toda suerte de escuelas y teorías, encaminadas por este eterno sendero de la verdadera estética, de la naturalidad y realidad.

No habíamos menester, nosotros los españoles, ese naturalismo francés á lo Zola, que por irse tras los hechos, cierra los ojos á otros que no lo son menos, al anhelo del alma humana por un ideal elevado de vida y por la virtud, hoy tan vivo y aun más vivo y sentido que nunca, y se abate y encharca y se zambulle en las podredumbres del vicio y de la miseria.

Nuestra literatura fué siempre natural y realista. En una sociedad tan falseada como la de Versalles, buena falta hacía que tras la revolución, que desterrase la mentira política, viniese el realismo en el arte, que acabase con el embuste retórico.

Pero acá en España, aun á vueltas de las más desatadas locuras del gongorismo y conceptismo, el realismo sano, la naturalidad, arraigaba tan hondamente en nuestra raza, que seguía tan lozano como en las épocas de la Celestina, de los místicos y de la picaresca. Ese realismo español, á donde no ha llegado todavía el arte francés en sus altibajos y vaivenes, y no sé si algún día llegará, porque el carácter de la raza no lo lleva, ha tenido en España casi tantos seguidores en todos tiempos como artistas y escritores; pero, sin hacer injuria á ninguno, bien podemos asegurar que Santa Teresa les lleva á todos ventaja en esta parte. De aquí que su lenguaje sea lo menos rebuscado que pueda concebirse. El artificio, no ya la afectación, es cosa que se despegaba de un alma tan sincera como la de nuestra Santa. No hay en todos sus escritos una frase, una sola palabra, que huela al menor artificio retórico de escuela. Y cosa maravillosa, pero que nada tiene de extraña, Santa Teresa no discanta un punto de los preceptos retóricos ni gramaticales, digo, de los que se fundan en los principios eternos del arte y del organismo idiomático del castellano. He oído decir á algunos que nuestra escritora es descuidada, por lo mismo que es tan llana y poco curiosa en escribir. La queja es antigua. Ciertos teologazos y retoricuelos de su tiempo se daban á entender que «algunas veces la Madre Teresa en sus libros interrumpe el razonamiento, que llevaba, con otras pláticas, y entremete unas exclamaciones, con que se olvida de lo que iba diciendo, y unas paréntesis prolijas que hacen oscuro el sentido: al fin como quien no sabe los preceptos de la Retórica y el orden que ha de llevar el buen libro. Y demás desto dicen que usa de vocablos que no son propios ni verdaderos para declarar su conceto». Bien de otra manera lo entendía el P. Jerónimo Gracián, de cuyo libro Dilucidario del verdadero espíritu, donde «se declara la doctrina de la Madre Teresa de Jesús» (pág. 15), he tomado esta cita.