Santa Teresa es de los raros casos en que podemos quedar seguros no haber entrado á la parte en sus escritos el menor elemento estético allegadizo, convencional ó afectado. Lo que en ellos hubiere de estético, á buen seguro que es de su propio natío.
Menudéase, más de lo que la verdad pidiera, con los escritores, esta mentirosa loa de que escriben como piensan, sin rebozos de postizos afeites. Ello es más raro y dificultoso de lo que cabe pensar. De la Santa no hay duda. No quiere de suyo escribir, ni le pasó en su vida por el pensamiento que lo que á ratos perdidos deja en sus papeles por orden precisa de quien le puede mandar, ha de ir á parar á otras manos que á las de sus hijas, que nada saben de achaque de literaturas. Su escribir es llanamente su hablar.
No busquemos, pues, en sus escritos aquellos exquisitos rodeos y acabadas maneras que pudiéramos requerir y aun exigir en un artista de la palabra. Digo mal. Lo que no le demandaremos será cierto atildamiento retórico, y un no sé qué de recortado, limado y repulido, que en los escritos de algunos autores, por encubierto y bien disimulado que esté, lleva el recuerdo á los afeites que ciertas damas sobreponen á la frescura nacida del cutis. No negaré yo, que cuando en ello ha andado la mano bien amaestrada de algún perfumista consumado, digo de algún maestro del buen decir, no añada algún matiz halagüeño y agradable á los que gustan más bien de apariencias, no pagándose tanto de lo natural, si se nos ofrece menoscabado con las mellas que en hombres y animales, plantas y piedras, echamos de ver á cada paso. Gloria da ver algunas caras así repintadas, mayormente á la luz artificial de calles y salones, y no deja uno de pasmarse de la destreza y artificio del que por tan maravilloso arte manejó pastas y pinceles. Pero los colores y el frescor de rosa en las caras que los llevan cual Dios se las dió, engendran en el pecho un sentimiento algo más hondo y entrañable, que se derrama y desaparece poco á poco y deliciosamente por todo nuestro ser, y nos levanta en alas de ese pío general del alma humana en busca de aquella soberana y no creada hermosura, tan cantada por místicos y poetas, de la cual es sombra y mal rasguñado bosquejo toda otra belleza fabricada por manos de hombres mortales y menguados.
Es corto en sus entendederas el alcance de los nacidos. Las que pasaron en ciertas épocas por tachas y descuidos, que parecían afear y emborronar la hermosura y concierto del universo, son hoy día para los sabios recamos y joyeles que lo realzan. El arte ha abierto también los ojos, y ya no pretende enmendar á la naturaleza, encerrando sus obras en los cánones estrechos de la teoría. Lo natural es harto más enrevesado y tiene sus raíces más hondamente entrelazadas, embrolladas y desparramadas, de lo que aparece en la sobrehaz de las cosas. El arte, que ha de retraer y reflejar á la naturaleza, será un muy chico y aniñado arte, si con esas apariencias se contenta; ha de ahondar y cavar como ella, algo más, si quiere bien imitarla. El universo es vida, y, por lo mismo, lucha nunca acabable. Y ese luchar, que es su vivir, es su verdadera alma, la cual se manifiesta en el abigarrado enredo de los fenómenos, de los combates, digamos, á diario entre los seres todos.
El color, el semblante, las apariencias de las cosas, si arraigan en la primitiva traza que se transparenta en su estructura íntima, no menos se deben á ese su perdurable y jamás cansado luchar y contrastarse entre sí. El ejército retorna del campo de batalla, vencedor ó vencido, muy de otra suerte que salió á ella del cuartel. Si vistoso era su orden y bizarros sus arreos al marchar, más para pensar y sentir es el polvoriento y ensangrentado porte con que vuelve.
Un discurso á lo Solís en el Senado de Tlascala, ó de Cicerón en los rostros de Roma, que cierra con el enemigo, en prieta y bien concertada falange de argumentos certeros, períodos atronadores, frases relampagueantes, es un pasmo de simetría y de belleza, que pudiera parearse á la línea no rompida de batallones, que desfilan al hacer la muestra y parada antes de salir al campo. Pero dadme otro pedazo de elocuencia, roto en mil jirones, chorreando sangre verdadera y encarnada, á lo Mirabeau en la Asamblea revolucionaria de París ó á lo Demóstenes contra los filipizantes en el Pnix de Atenas. Allí admirábamos la belleza en su idealismo teórico y de alarde; aquí nos estremece la lucha de la vida real, el chispear de las espadas, el estruendo de las máquinas mortíferas; y esa lucha es más poderosa á arrebatarnos, cuanto más llegada á los hechos, y de mayor alcance filosófico para el contemplador de la naturaleza.
Pero es que de aquí también nace que la obra artística que no lleve grabada esa sangrienta huella del vivir, que es el luchar, no puede menos de estar falseada, por muy delgadamente que se haya tejido y por muy sutilmente que se hayan atado todos los cabos. El acicalado autor de la Conquista de Nueva España, nos pinta un Senado y un orador que platican, como se platicaría en las más refinadas Academias del Renacimiento, como podría platicar cualquiera de los personajes del «Cortesano». Aquéllos no son tlaxcaltecas, ni Dios que lo vió. Allí está Solís y sólo Solís, con su alechugada y bien almidonada valona de puntas, con sus sedosos y perfumados guantes. Maravíllanos el corte de sus frases, la redondez de sus períodos, lo pulimentado de sus sentencias, el orden y trabazón de sus razonamientos. Es una labor de fina taracea ó ataujía, hija de la paciencia y del ingenio; pero la pintura, por lindas y bonitas que sean las pinceladas, es falsa de todo punto. Grande ingenio, ó muy culto, más que grande: es la única filosofía, el único pensamiento que nos queda de tan cincelada obra.
Si, á ser más natural y filósofo, nos hubiera puesto delante de los ojos lo que aquel pueblo era en hecho de verdad, sus hombres robustos, altaneros, pero salvajes; sus razonamientos, de sentido común, pero briosos y á tirones, recios como las caobas de sus bosques, ardientes como las avenidas de fuego y lava de sus volcanes, los maestros de retórica no hubieran tal vez insertado la pieza en sus Colecciones de trozos escogidos, pero hubieran dado más que pensar y que sentir al filósofo y al amante del supremo y verdadero arte.
Enséñannos los botánicos que la estructura natural de cada planta, manifiesta desde la primera célula embrionaria hasta su desenvolvimiento último, lleva consigo cierta simetría en la colocación geométrica de sus partes, de las hojas en los ramones, de los ramones en las ramas, de las ramas en el tronco, lo mismo que de los estambres y pistilos en medio de los pétalos, de los pétalos y hojuelas en la corola y cáliz de la flor.
Á ser dioses ciertos escritores, nos hubieran aburrido muy presto, llenando valles y montes de árboles, arbustos y matas acabadísimos, sin la menor tacha en esta teórica simetría que les trazó el Criador. Á buena dicha, ni Solís, ni otros de su linda ralea, han tenido jamás las riendas del gobierno del universo, y los seres todos se nos ofrecen con las muestras de la lucha en que viven y se desenvuelven en medio de las contrastadas fuerzas de la naturaleza, con las cicatrices, digamos, de la pelea, que á la par de la variedad riquísima en formas dentro de la traza única de su estructura, nos descubren algo de más hondo, el vivir social de todas las cosas, que tal vez entrañe la explicación del ser y de los fenómenos todos del universo.