Decidle, pues, al castellano viejo que voz rosa es voz de rosa. ¡Así entenderá él de por sí que voz alba es voz del alba ó de alborada! ¿Qué más dice alba que blanca? Pues dice que el crítico su autor se pica de latino y de buscar regodeos en el hablar.
Otra muestra de francés y latín que pasa por castellano: «la tendencia á la fusión de estos géneros se ha ido acentuando». ¡Recórcholis!, ¿eso francés y latín? Todos entendemos la frase. Triste habla la nuestra literaria, que la entendamos los españoles y por castellana la tengamos. Tendencia, fusión, género, acentuar no nacieron acá ni vinieron del habla de los romanos; nos los regalaron los latinistas, tomándolos del Diccionario latino-francés. Lo de acentuarse una tendencia es una raquítica metáfora de escribidores que van á beber su inspiración poética, no en las fuentes de la umbría, sino en la seca prosodia. ¡Bonita fuente de galanas metáforas, la prosodia! Esa y otras francesas de su laya las repetimos á diario, dejando marchitar las ricas y frescas de nuestro pueblo.
«El poeta lírico debe ser un susceptible, en la hermosa acepción de esta palabra». ¿Véis cómo el mal viene de Roma, pero pasando por Francia? ¿Qué dice á la fantasía ese susceptible para ser nada menos que hermoso? ¿Quién sabe si le dió ese epíteto por llevar la contra á Baralt y á todo el mundo, pues todo el mundo siente lo feo de ese galicismo? El poeta siente, es blando, tierno, delicado, sensible, impresionable. Pero estos señores críticos no entienden ni conocen el castellano, y todo lo que leen en francés les sabe á mieles. «Tiende á rebajar el arte en l’amignonant, para decirlo con intraducible frase francesa». Este señor debe de ser el único en España que no sabe decir empequeñecer, achicar, apocar, aniñar, amuchachar.
«En un aire de matinée inmundo y equívoco». Cuidado, que no se trata del aire de la mañana, ni del garbo y desenvuelto meneo, que es lo que aire suena en castellano. Un garbo inmundo, sólo le ocurre decirlo á un galiparlante. Aire es, pues, aquí tan puro francés como matinée, é inmundo y equívoco son francés y latín. ¡Aire equívoco! El que ha equivocado los aires de su vocación es el que se mete á crítico y pretende escribir artísticamente con esa jerga franco-latina. Á cualquier cosa llaman escribir estos ensartadores de citas francesas.
«O en esta otra, que tanto se le asimila (ó inversamente, á lo cual tanto aquélla se asimila)». Yo no negaré que en el Diccionario oficial se halle el verbo asimilar; pero ¿qué tiene que ver el Diccionario oficial con la lengua castellana? Preguntad en cualquier villorrio de Castilla qué es eso de asimilar, y no os sabrán responder. Pero lo entenderán, me replicará alguno, en las ciudades. Es decir, que ese verbo y otros sin cuento, que andan en el Diccionario, no los entienden en los pueblos, y sí en las ciudades. Señal clara de que hay dos lenguas en España: una la castellana del pueblo, otra la afeada con toda suerte de escorias gálico-latinas, que le han echado encima los cultos y galiparleros. Esas, lacras son, pues, y achaques del castellano. Como necios latiniparlantes los ha habido por aquí á montones, raras serán las palabras latinas que no se les haya ocurrido á uno ú á otro de nuestros escritores de cuenta poner en sus escritos. Ahora bien, en la Academia reina y puja el criterio de tener por castellano cuanto se halle en nuestros escritores más salientes y aun en los que no lo son tanto. Así el Diccionario está encostrado de latinismos, que ocupan el lugar de muchedumbre de vocablos de castizo abolorio, los cuales usan las gentes por toda España y usaron nuestros mismos clásicos. Sólo que el criterio latinista ha sobrepujado allí siempre, y los tales latinistas no tienen oídos para oir lo que no sea claramente latino, y en cambio no se les trasconeja al revisar los libros un solo latinismo, porque andan al husmeo y á caza de ellos. ¿Qué más da decir asimilarse ó decir, como todo español dice, asemejarse, que se derivó de ese verbo latino? Ganas de novelerías sosas y hueras. ¿Por qué no dicen alio por ajo, palia por paja, cilia por ceja? Porque se trata de vocablos caseros y de todos los españoles; y los que afectan latinismos no escriben para todos los españoles, sino para los que saben latín. ¿No fuera, pues, mejor escribirles en latín? Es que no lo entenderían ni ellos sabrían escribirlo. ¿Á qué, pues, esos pujos de escribir en una lengua que ni unos ni otros conocen? ¡Velay! ¡Qué verdad es que los menos entendidos en una cosa son los que más de ella se pican, por ejemplo, los que tanto francés, latín y griego entrometen en sus escritos, á falta de limpio castellano! Dejémosles en esas niñerías de copistas; pero quede asentado que ellas son las que tienen postrada y achacosa la lengua castellana.
El alma de Santa Teresa en su estilo y lenguaje
Inteligencia de ángeles había de tener todo aquel que osara tomar la pluma para tratar las cosas de la Madre Teresa de Jesús; labios de querubines el que se atreviera á tomar en los suyos, impuros y terrenales, el nombre de tan excelsa mujer. No sé qué tiene de níveo y delicado, y como si al llegar de las manos hubiese de empañarse, cuanto atañe á las vírgenes, y fuera de la que lo es sobre todas, Teresa de Jesús paréceme un finísimo brillante de los que tachonan el camarín de Dios, tan único y de tan deslumbradoras luces, que siempre tuve á temeridad y caso de profanación tomar sus libros para más de aprender, acatado y tembloroso, de sus celestiales doctrinas. ¿Por dónde íbame á desmandar yo á juzgar con mi mezquino entender nada de lo que á ella tocase? Sobre lo arduo de tan más que humana empresa, viene á acabar de dejarme más embarazado y perplejo el deseo manifestado por S. A. la Infanta de España, Doña Paz, de que escriba alguna cosa acerca del castellano y del lenguaje de la Santa. Yo me siento tan apesadumbrado bajo el peso de esta para mí honrosa carga, pero carga al cabo y á la postre que pesa sobre mis hombros más de lo que ellos sufren, que ruego á S. A. R. y á los demás que me leyeren no reparen en lo descosido y pobre de mis ideas y lo desmañado de mis palabras en trance en que no soy dueño de mis escasas fuerzas para discurrir y hablar con la serenidad y maestría que el asunto pidiera.
Acerca del lenguaje de Santa Teresa pudiera sacarse un juicio claro y terminante de dos premisas que pasan por averiguadas, y no dejan de encerrar, lealmente hablando, ciertos visos de verdad. Conocido es el dicho del gran Emperador Carlos V, bien enterado en los principales idiomas europeos, de que el castellano es la lengua para hablar con Dios. Por donaire pudiera haber repuesto Santa Teresa que, para hablar con Dios, la lengua mejor es la que no habla, la del silencio. Pero demos que también la lengua haya de emplearse en alabar á Dios, como David lo hacía en sus salmos, y la Santa en sus villancicos. Si con Dios se pasaba días y noches la extática Virgen de Ávila conversando con Él familiarmente y mano á mano, como pocos de los más regalados Santos, habremos de inferir que el lenguaje de la Santa, tan hecha á tratar con Dios en la lengua para ello más apropiada, es el más divino y soberano de los lenguajes. Lo cual me ataría á mí de pies y manos si, asiendo desatentadamente de este cabo del hilo, me empeñara en deshilar todo el ovillo, para tornar á enhilar un vistoso panegírico de variados encarecimientos y apasionados elogios, descaminándome así del intento que me he propuesto, de ir á buscar la verdad, fuese cual fuese, en unos escritos cuya más alta virtud y aliciente está, sin duda alguna, en reflejar, como en un limpio y transparente estanque, el alma entera de la más sincera de las santas y escritoras.
El que se pone á escribir va muy puesto en que ha de hablar con la pluma, bien de otra más levantada y elegante manera de como habla á diario con la lengua. Sabe que es un arte dificultoso y muy cuesta arriba, que es un asunto de peso y harto serio eso de dejar estampado su pensar y á la luz del día, su sentir y querer, á merced de todo el que quiera enterarse, y como en testamento imperecedero para los tiempos adelante, abierto á los ojos de las gentes. De aquí que, cuando nos avistamos por primera vez con un escritor, por cuyos libros le teníamos en singular aprecio, suele acontecer llevarnos un solemnísimo desengaño, al ver y tocar con las manos que es un hombre que habla y discurre más ó menos como el resto de los mortales. Derrúmbase de golpe el pedestal, sobre el cual le había encumbrado nuestra fantasía, y si no somos unos necios que le menospreciemos, en lugar de caer en la cuenta de nuestro poco seso, nos persuadimos una vez más de que el escribir es un arte, que dista bastante del palique en que pasamos y divertimos un rato con nuestros amigos, y que, por el mismo caso, hay siempre algo de amanerado y hechizo, que ha de despintar algún tanto el alma del artista, coloreando su natural espontáneo con matices rebuscados y más ó menos ajenos á su ordinaria manera de expresarse.