De los varios géneros literarios no todos abren sus puertas. Hay que descartar el dramático, que pudiera ir acompañado de poco sabrosos silbidos y runrunes nada apacibles; el de toda labor seria y erudita, que tiene contados lectores y es una antigualla; el de la verdadera poesía, dama antojadiza, no con todos afable y generosa. Queda uno, el de mayor alcance filosófico, el de más viso, el que hoy como nunca es apreciado: el de la crítica literaria. Fruto de toda una vida de estudios macizos, flor del más exquisito y apurado gusto, alquitarado por el hondo conocimiento de las literaturas antiguas y modernas, la crítica literaria es para los susodichos mancebos cosa de coser y cantar, que ni pide tiempo, ni gastos, ni aun saber manejar el idioma. Para halagar al común de los lectores cortando sayos al vecino, basta con afilar bien la pluma y desvergonzarse de una vez. Para colgar de los cuernos de la luna una obra que sale á luz, dejando probablemente también colgado y pataleando á la vergüenza pública á su autor, no es menester más que encaramarla á son de bombo y platillos, música barata y callejera, que tiene otra ventaja, la de dejarle á uno bien con todos, lo cual no es de pequeña monta para muchos menesteres.
El tal crítico literario no pasará á la historia, aunque se acompañe de muchedumbre de autores que suele citar en comprobación de una perogrullada; pero él se lo cree bonitamente á los pocos aplausos que oiga, de fueren quienes fueren; que ya los habrá tan contentadizos que les llene y le alienten á él con sus encomios.
¿Y todo eso á propósito del neologismo gálico-greco-latino? Allá voy, que estos tales son los que nos lo traen, cuando habían de ser los mastines que guardasen el rebaño y ahuyentasen el lobo.
Hay críticos literarios que, sin ser de esos adocenados parlanchines, por falta de hondos conocimientos en el habla castellana, trompiquean no menos que ellos. Para poner el dedo en la llaga y no hablar en el aire, abro una revista de estos días y doy con sendos artículos sobre Rubén Darío en dos de sus números seguidos. Su autor acaba de publicar en París otros dos, no artículos, sino tomos de crítica literaria. Maguer mozo, no es lerdo ni poco avispado: baste decir que llegan editados por Garnier, hombre que sabe dónde le aprieta el zapato y entiende del oficio. En los artículos hay derroche de citas, lecturas, autores, todo de fuera de España. Es un dolor que por acá, donde él vive y le dan de comer, no haya autor, libro ni sentencia digna de citarse.
Voy á lo mío, al neologismo, al desconocimiento y menosprecio del castellano, y por ende al lenguaje poco artístico en un crítico de arte literario. «Voz asexuada y argentina, voz de timbre metálico, voz de querubín entre nubes rosa, voz tiple, voz alba y angélica...» Siguen muchedumbre ensordecedora de voces de todos calibres, entre ellas la de tenor, que dice ser ambigua, é intersexual y guapa y rubia; y la de contralto, que se le antoja «voz de monja andaluza, que llora en el coro su vocación perdida». Son las siete voces de la lira humana. Dejo la voz de monja y monja andaluza, no gallega, que sería dar en la tercera por dar en la prima. Lo de voz asexuada y voz intersexual es lo guapo y rubio. Por extravagancias gongorinas pasaran en otro tiempo. Hoy deben de ser lindezas de los modernistas españoles, que no es lo mismo que modernistas de buena ley. No hay hombre ni mujer, chico ni chaco, que no tenga voz asexuada, y no hay alma viva que la tenga intersexual, á lo menos no ha llegado á mi noticia.
Si os pregunta un castellano viejo, de ésos que tararean coplas de Gabriel y Galán, que cómo se come eso de voz asexuada, porque no es fruta de su tierra, decidle que es voz de sexo. Y si añade que qué es voz de seso, después de corregirle porque no sabe pronunciar la x latina, le declararéis que sexo es un cierto vocablo que usaron, allá hace dieciocho ó veinte siglos, unos señores romanos, y que significa el ser hombre ó mujer, y no las dos cosas á la vez. ¡Acabáramos!, os responderá; pero ¿por qué no lo dijo así en cristiano? Voz hombruna ó voz mujeril: no hay quien no lo entienda.—Pero es que el autor que tal escribe no ha querido decir eso.—Os apretará reponiendo si se trata de una voz que sea hombruna y mujeril de una sola pieza.—Tal es lo que la palabra suena, le diréis, si no significa hombruna ó mujeril exclusivamente; pero yo creo que ese señor quiso decir voz mujeril, por más que el vocablo no lo diga. Convendrá el castellano viejo en que seguramente hay en Madrid literatos que saben más que él, pues saben escribir; pero que no hablan ni escriben castellano, sino lengua de romanos, y que ellos se sabrán su por qué.
Asexuada es una rareza fabricada malamente sobre otra rareza francesa, cual es la de llamar personas del sexo á las mujeres, como si los demás fuéramos eunucos á nativitate. Pican á la puerta y entra á pasarme la doméstica el siguiente recado: ¡¡¡Viene una persona del sexo!!!
Es como lo otro de llamarlas del «bello sexo». En sana filosofía, hermosas son las mujeres para mujeres; pero más hermoso y acabado es el varón, como lo es el macho más que la hembra en todo linaje de animales, el pavo real, el león, el toro, el caballo. Para las mujeres me sospecho yo que el hombre es más hermoso; y si no lo creen así, allá ellas con su avieso gusto, que á nosotros más hermosas nos parecen ellas que los barbados, aunque sabemos que en hecho fisiológico y psicológico de verdad es todo lo contrario. De todos modos no deja de ser un galicismo muy cortés y una cortesía muy francesa y muy cumplimentera, mentirosa y bobalicona eso del bello sexo.
Pues ¿y la voz intersexual? El autor quiso decir que es á la vez de hombre y mujer, y lo que dijo es que se halla en medio de los dos, es decir, que no es ni uno ni otro. Además, en tierra castellana siempre se dijo entre, no inter. Los que han formado vocablos con inter, como con super por sobre, ejemplo superhombre, sabrán tanto latín como ese señor crítico literario; pero castellano, ni por pienso.
Las nubes rosa es una vizcainada. ¿También sabe vizcaíno el hondo crítico? Pues no bastan esas hondas sabidurías para venirnos á destrozar el castellano, que llama á eso nubes rosadas ó de rosa ó sonrosadas, ó más castizamente arreboles, término que sin duda no le ocurrió porque andaba en aquel entonces pensando en Francia, donde á la cuenta no los debe de haber.