Creo que fué Lineo el que separando al hombre y á los monos de los demás animales, los encasilló en un nuevo orden, que llamó de los primates. El vocablo fué tan á sabor de los naturalistas, que despertó en la cabeza de un sabio americano nada menos que la teoría de la evolución de las especies, ya entrevista por Lamarck. Como cada vocablo lleva consigo una representación ó fantasma, me sucede á mí por lo menos, que cada vez que empleo ú oigo el término primates, se me van los ojos á las selvas de Borneo y cuando no te me cato sale de entre unos troncos y malezas un reverendo gorila, garrote en mano, ó un chimpancé de gruesas posaderas, ó un orangután haciendo visajes. Ahora les ha petado el terminajo á los periodistas y se lo aplican harto donosamente á los prohombres ó cabezas de la política española. Es una chistosísima obsesión despertadora de cierta desapoderada hilaridad y jolgorio, la que padezco cada y cuando que al pasar los ojos por los periódicos doy con una colección de semejantes alimañas. Gedeón les pondría cara de fulano ó de mengano. Pero que en un artículo serio nos conviertan á todos en Gedeones, por pazguatos y poco bullangueros que seamos, y nos hagan juguetear tan cruelmente con personas tal vez amigas, ó por lo menos simpáticas y respetables... Á la verdad, ese neologismo político no me parece decoroso. He ahí un campo, tiempo ha en barbecho, que podía cultivar la Academia Española. Estos son los puntos que más de cerca le tocan. Y es trabajo urgente, tan urgente, que á poco que se descuiden, esas malas hierbas se enseñorearán de la tierra y no habrá layas que las puedan desarraigar.
Baralt pasó de la raya en su rebusca de galicismos, pero convengamos en que hay enfermedades que no se curan con paños calientes. Hay infinidad de galicismos que, con no traernos nada nuevo, han matado términos que ya no podemos suplir. Prestigio era antes una especie de ilusión ó apariencia, ó algo más que ya no podemos expresar, algo que con su autoridad engañosa le dejaba á uno embaucado, una añagaza aristocrática. Hoy se lee á cada triquitraque «es un sujeto de prestigio ó que tiene prestigio», por no querer ó no saber decir que tiene crédito, buen nombre, excelente opinión ó fama». «El Gobierno goza de prestigio» vale en esta jerga «que tiene poder, poderío, influjo, influencia, crédito». Pues ¿y las orientaciones? Diríase que todos nos hemos convertido en brújulas. ¿Tienen los franceses algo que equivalga á la modorra española? ¡Si la inocente apatía se ha de convertir en verdadera modorra al pasar los Pirineos! Dejemos ese término simplón, que es harto suave para la holgazanería española.
«Me sentía turbado; una singular emoción me ganaba; era como un mareo; la tête m’en tournait, para decirlo con una fuerte y gráfica frase francesa, intraducible al español». El autor que ha escrito esta sarta de galicismos traducía á libro abierto del francés ó acababa de darse un hartazgo de lectura francesa, no puede menos. ¡Pero que en castellano falte manera de expresar lo de la tête m’en tournait! ¿No ha oído nunca decir que le dan vahídos, que se marea, que se le va la cabeza al que mira desde una torre? Pues harto más recio es eso de írsele y quedarse sin ella, que no el darle vueltas la cabeza, ó andársele la cabeza, que responden enteramente á la frase francesa. Y si no le contentan tales rodeos, escoja entre estos otros: «De haber puesto atención á las muchas cosas que habéis dicho, que me han desvanecido la cabeza» (Juan de Pineda, Agricultura Cristiana, Dial. 7, 17). «Era tanto el ruido, que se desvanecía la cabeza» (Quevedo, Zahurdas de Plutón). «La corriente del agua le desvaneció la cabeza» (Cervantes, Persiles, l. 3, c. 15). «Los muchos truenos... desvanecían la cabeza y parecíale que andaba al rededor» (Cáceres, Paráfrasis de los Salmos, s. 76). «Que ya me tiene quebrada la cabeza» (Tía fingida). «Como cuando un hombre anda mucho al rededor y da muchas vueltas, queda desatinado y le parece que todo el mundo se anda y se viene abajo» (Diego de Vega, Paraíso de los Santos, S. Miguel). «Se le desvanece la cabeza y le parece que todo el mundo se le anda» (Ídem, S. Francisco). Pero hay una palabra en castellano que precisamente nació de aquí, y es la de retortero, del dar vueltas, tortus. «Y que los había de traer al retortero á todos» (Quevedo, Cuento de cuentos). «En cerco andan los pecadores, al rededor y al retortero, cuando como beodos y sin juicio...» (Cabrera, pág. 335). «Se les anduviese la cabeza al retortero» (Antonio Álvarez, Silva espiritual, Feria 6 de la Dom. 5 de cuar., 5 c.) «Inquietaldos, turbaldos, de manera que se desvanezcan, les den vaguidos de cabeza y no sepan de sí. Anden siempre al rededor. No tengan firmeza en nada. Traedios, Señor, al retortero» (Cáceres, salmo 82). «Es un vaguido de cabeza, un andar al retortero y tener trabucado el juicio» (Diego Vega, S. Miguel). Ahí tenía el autor frases harto más gráficas que el «me sentía turbado, una singular emoción me ganaba, la tête m’en tournait» ¿Qué es eso de ganarle á uno fuera de ganarle los cuartos ó de llevarle ventaja? Y esotro de emoción será bueno en Psicología; en castellano se dice de otras mil maneras más coloristas y más poéticas. Emoción y conmoción, que después añade no es más que un meneo, y aun eso para los que saben latín; y lo de auscultor es puro latino, y aúscopa puro greco-latino rematadamente híbrido y nauseabundo, digamos asqueroso en castellano. Aquí nos pasmamos, nos admiramos, nos espantamos, nos maravillamos, nos estremecemos, y según sea la emoción usamos más concretamente otra infinidad de verbos, que los tenemos á granel y á montones, á porrillo y á puntapiés por esos suelos, y nos dejamos de secas y descoloridas gabachadas.
Porque descoloridos son todos esos vocablos que hoy privan por ser los únicos que tienen los franceses, que por la mayor parte son puramente latinos ó griegos y que por lo mismo no suenan á nada á los oídos españoles, ni pintan nada á sus ojos, ni menos les tocan al corazón por no ser sentidos, digo por no haber salido ni de la cabeza, ni de la imaginación ó magín, ni del corazón de la raza española.
No llevan el color del terruño, ni engastan el sentir de nuestra gente, ni se han calentado al sol de Castilla. Llenamos nuestra tienda de géneros extraños, embaucados como niños, por la bonitura del envase iba á decir, y sólo es porque los vemos en manos de aquellos ya de antaño reconocidos buhoneros, de los que decía Quevedo que nos venían á engatusar y sacarnos los cuartos vendiéndonos ratoneras y agujetas. No nos percatamos del trueque ni de que por ser de peor calidad se han de averiar antes, y que los libros que con ese aguado decir escribamos, quedarán muertos al mes siguiente. Pero lo peor del caso es que retiramos á la trastienda los géneros nacionales, donde quedan á trasmano arrinconados y mohosos. Hay en las más hondas capas del habla vulgar castellana muchedumbre sinnúmero de voces tan pintorescas, tan agudas y primorosas, de tan recio sentir y tan bien sonantes, que nos las envidiarían los escritores extranjeros. Son vocablos que dicen con el pensar español, que se vaciaron en la creadora fantasía española, que dieron color, brío y vida á las obras de Cervantes y Quevedo; pero que la literatura moderna deja ratonarse y apolillarse, por andarse á mendigar otros cosmopolitas, franceses, desustanciados, manoseados, de cajón, que no responden más que al menguado, poco poético y feo pensar de los bulevares modernos, ó dígase las rondas afrancesadas. El que en ellos se ha criado, ó ha deseado y soñado criarse, halla mezquino y faltoso nuestro rico caudal, y se quedará muy más convencido de ello al tropezar con tres ó cuatro palabras anglo-francesas que se le antojan exquisitas é intraducibles, porque está de todo en todo ayuno de idioma castellano.
¿Pero acaso hay palabra verdaderamente traducible entre dos lenguas? Eso fuera si dos pueblos tuvieran la misma cabeza, la misma sangre, el mismo natural, el mismo humor, la misma alma. Lo que aquí hay es que pretenden hacer literatura española pensando en francés, leyendo libros franceses, empapándose en imágenes y sentimientos que en Francia son tan delicados como sus vinos; pero que en España saben á aguachirle. La espuma del champán es harto agradable; pero como les decía un baturro á unos que estaban bebiéndolo: ¡buenas pantorrillicas echarán con eso! Dejemos cada cosa en su lugar, y si queremos escribir en castellano y hacer arte castellano, pensemos y sintamos y hablemos como se piensa, se siente y se habla en esta tierra, que no es tan desaprovechada é ingrata como creen los que no la conocen.
II
Traemos achacosa, enclenque y más que medio tísica á nuestra lengua los que escribimos y nos europeizamos. Europeizarse hace cinco siglos era hacerse romanos; hoy, hacerse franceses. La lengua castellana y nuestra literatura padecieron desde entonces de achaque latino; desde el siglo XVIII ha cargado con otros alifafes, sufre de achaque gálico y de achaque helénico. No es de bien avisado doctor mudarle la enfermedad al paciente en cada visita por comezón de novedades. He de volver otra vez y ciento á este mi diagnóstico, pese á quien me tenga por moledor y machacón. Antes el mal le venía de Italia; hoy el malhadado neologismo, que cifra esas tres enfermedades, le llega por Francia; contra ella, pues, y darle.
No es cosa de tomarse un mal rato por los afrancesados terminajos que ponen de moda industriales y comerciantes. En un pecho logrero y mercenario no caben delgadeces literarias. El toque está en atraerse parroquianos, dar golpe, arremolinar boquiabiertos frente al escaparate, ofrecer novedades que despierten el apetito, si no por la sustancia, al menos por lo extraño del rótulo que lleve la mercancía; y si ese rótulo huele á francés ó es francés puro, tanto que mejor. Compradores bobillos que paguen lo extranjerizo de un nombre no faltarán. Señoritas cabizhueras que lo repicoteen después en los salones, y caballeritos casquivanos que les alaben el buen gusto, lo lleven á los cuatro vientos, y lo pongan de moda, y le vacíen el almacén al tendero, sobrarán en esta sociedad, que es una verdadera y bien surtida pavera.
Tampoco es muy ajeno á la condición de nuestra casta el arremeter á escritores en busca de honra y provecho barbilampiños mozalbetes, que no hallan oficio más socorrido. ¿Qué van á hacer? ¿Meterse á compositores de música, á pintores, á arquitectos? Todo eso pide largos años de solfear, dibujar, pasar hambre, soledad y silencio, cosas que no se avienen con lo corto de la vida y la prisa por farolear. El literato no ha menester más que cuatro cuartillas y un lápiz, y eso está ahí al alcance del más flaco bolsillo: en las esquinas de la Puerta del Sol lo ofrecen á voz en cuello los buhoneros con los Toribios que sacan la lengua. ¿Ideas? En los libros. ¿Y libros? En las bibliotecas públicas, sin gastar un maravedí. Pero ¿y palabras? Es lo más barato. El músico se quema las cejas estudiando armonía y combinaciones de sonidos; el pintor masculla barro y aceite á fuerza de barajar y templar colores, y se magulla los dedos á puro dibujar. El material del literato, el habla, maldita la falta que hace írselo á rebuscar entre las gentes del pueblo ó en los libros clásicos. Á más, que atiborrándose de lecturas francesas se cazan con las ideas que hoy halagan una buena montonera de citas y nombres de libros y autores, que es un consuelo poderlos ir encajando y empedrando entre lo que á uno le vaya ocurriendo, y otra porción de no menos bienquistos galicismos, luces y primores del escribir moderno. Allí es donde aprenden griego y latín, inglés y ruso, los que no tienen lugar ni tiempo para aprenderlo en esta pícara España.