No me meto en los Seminarios, porque la tela sería harto larga. Del griego nada he dicho, porque con él pasa lo mismo que con el latín, salvo que se le dedica menos tiempo y son muchos menos los que tienen que cursarlo para obtener los certificados académicos, único fin al cual están enderezados los estudios todos en esta tierra del papel timbrado.
Que no se sabe latín ni griego en España se prueba mucho mejor por los hechos. Y el hecho que voy á recordar solamente, porque todo el mundo lo sabe, es tan fehaciente y tan fresco, que no hay más que pedir. Con él estamos en el corazón de la cuestión de los neologismos y voces técnicas. Si en alguna parte ó rincón de España se puede buenamente suponer que se sabe latín y griego, es en la Academia de la lengua. No seré yo el que afirme que los señores Académicos no saben griego ni latín. ¿Quién va á suponer tal de Menéndez y Pelayo, de Saavedra, de Mir, de los señores Pidales, de Benot, etc., etc.? Digo sinceramente que esos esclarecidos varones saben griego y latín, más ó menos, y algunos de ellos me consta de que lo saben muy bien sabido. Pero ello es que en la Academia, como tal, se ha decidido como jamás hubiera decidido el último de nuestros humanistas del siglo XVI. Déjenme desahogarme: ¡oh sombras de los Sepúlvedas, Vergaras, Castros, Abriles, Monzós, Ruizes, Morcillos, Vives, Nebrijas, Victorias, Núñez, Agustines, Chacones, Sánchez, Barbosas, Correas, Palmirenos, Montanos, Zamoras, Mendozas, Lagunas, Escobares, Roas, Estazos y demás latinos y helenistas! Las manos á la cabeza se llevarían, si la alzaran y vieran y oyeran lo que jamás se vió ni oyó sino en España y en el siglo XX.
Bastaría apuntar el hecho, si en Alemania estuviéramos; pero aquí menester será poner en antecedentes greco-latinos al público, que pudiera suceder no penetrase la ignorancia que el hecho supone. En la transcripción y pronunciación de voces griegas, sabido es que en castellano se ha seguido siempre este doble principio: el uso ante todo, que con el tiempo ha ido modificando los vocablos, por adaptarlos al ingenio de nuestra lengua; y luego el modo de pronunciarse en latín, cuando se trata de voces nuevamente traídas del griego. La razón de lo segundo es porque todas las palabras que vinieron al castellano del griego nos las trajeron los latinos. Pongamos un ejemplo. Del kírkinos griego hizo el latín la expresión ad circinum, que pasó al castellano en la forma á cércen, de donde cercenar. Así nuestros clásicos pronunciaban como grave esta palabra: «Antes llevando á cércen la alta cresta» (Valbuena, Bernardo, c. 24); «Ensalmo sé yo | con que un hombre en Salamanca, | á quien cortaron á cércen | un brazo con media espalda, | volviéndosela á pegar | en menos de una semana» (Alarcón, La Verdad sospechosa). Y con todo hoy decimos á cercén, y muy bien dicho, porque natural condición del castellano es el pronunciar agudas las voces terminadas en consonante, y particularmente las terminadas en en. Las dos c en cercen suenan como en latín al venir tal vocablo al castellano, aunque antes sonaran k, lo mismo que en griego; el acento se mudó después por la analogía conforme á la acentuación castellana: son los dos principios expuestos.
Robles Dégano en su Ortología clásica ha sacado como conclusión del estudio de nuestros clásicos, que preferían deshacer los diptongos en la mayor parte de los vocablos nuevamente traídos del latín y del griego, es decir, que preferían la diéresis al diptongo; hoy en día vemos, por el contrario, que nuestros poetas prefieren el diptongo á la diéresis, y que ésta sólo por licencia poética y como excepción la admiten á veces. El Sr. Robles se amohina y enfurruña contra esta que él tiene por novedad y dice que lo hacían mucho mejor los clásicos, y que la diéresis da mayor sonoridad al lenguaje. Purismo vicioso es éste del Sr. Robles, como lo es el de aquellos que en todo y por todo alzan la bandera del casticismo mal entendido, sin dar oídos á otras razones sino á que así lo usaron los clásicos. No es ir contra lo castizo admitir en el lenguaje lo que da de sí su natural evolución; antes bien, por castizo se ha de tener lo que esa evolución natural da de sí, pues si de casta le viene al galgo el ser rabilargo, de casta le viene al lenguaje el evolucionar, el ir mudando de una manera lenta é inconsciente, lo cual, por lo mismo, es muy castizo. Sirva de ejemplo el caso mismo de que tratamos. Los clásicos tomaron esas voces como sonaban en latín, que era sin formar diptongo: hicieron muy bien. Pero propio del castellano es formar diptongo siempre que se puede: ese es su carácter, que le viene muy de casta, eso es lo castizo. Á poco tiempo de tomadas esas voces greco-latinas, los mismos clásicos les hicieron formar el diptongo poco á poco, y hoy es la regla general.
No es castiza una cosa porque la usaran los clásicos, sino que los clásicos la usaron por ser castiza. Natural era que se tomasen las voces greco-latinas tal como se hallaban, pero lo castizo fué que poco á poco fuesen entrando en la turquesa común castellana. Y á fe que la sonoridad del castellano se debe en gran parte al diptongo; tan lejos de la verdad está lo que Robles dice. Y aunque así no fuera, lo más sonoro en cada idioma es su fonetismo propio, al cual debe acomodarse cuanto venga de fuera, y de hecho se acomoda por ese proceso lento que llamamos evolución, la cual no es otra cosa que el casticismo en ejercicio continuo, el incesante acomodarse del material lingüístico fónica y semánticamente al modo de ser de la raza en cada momento de su historia. No basta, pues, conocer lo clásico, lo de los siglos XVI y XVII, para poder decidir de lo castizo de un vocablo ó construcción; menester es además conocer á fondo el modo de ser del idioma en sí, en sus tendencias seculares y de cada época; es necesario tener bien conocidos el fonetismo y la semántica del castellano, y la psicología de la raza en general y en su continuo desenvolvimiento, con los mil factores y causas que de fuera y de dentro obran en el pensamiento español y en su manifestación fónica, que llamamos idioma español ó castellano.
Tenemos pues, que, habiendo pasado por mediación del latín todas las voces que el castellano posee del griego, no hace al caso la pronunciación que en griego tuvieran, sino la que tuvieron en latín. La unidad del idioma, como en las obras artísticas y en todo lo que refleja el pensamiento, es una perfección, á la cual los idiomas se encaminan por una cierta vereda, muy trillada por las lenguas todas, la cual, en lingüística, llamamos analogía, principio unificador que da carácter propio á cada idioma, haciendo que los elementos extraños ó los desbaratados del mismo idioma vayan poco á poco encajando en el molde común, cuanto lo sufren los demás agentes que en la evolución del habla obran á la continua. De aquí el que las voces que los españoles fueron tomando después directamente del griego, para expresar nuevas ideas ó artefactos, las tomasen, no como sonaban en griego, sino como sonaron en latín ó como debieran haber sonado conforme al fonetismo conocido de esta lengua. Los griegos decían Socrátes, Demosténes; los latinos Sócrates, Demóstenes, y lo mismo década, pirámide, Carnéades, acéfalo, bucéfalo, aunque los griegos pronunciaban estas voces con k en vez de c.
También en latín sonó c como k; pero al pasar á las románicas este sonido se silbantizaba; y así, cepulla, que sonó antes kepulla, dió cebolla, y cilia dió ceja, cena dió cena. Siguiendo esta analogía, á nuestros humanistas jamás se les ocurrió decir queleridad, aunque así había sonado en latín clásico, sino celeridad, como sonó después, y conforme á la silbantización de ce, ci en castellano. Ni dijeron á kirkin, á la griega, sino á cércen, de ad circinum, porque tenían delante á sabiendas, ó no á sabiendas, la cera del latín cera, del griego keros, y todos los demás vocablos greco-latinos.
No era menester para eso ser grandes conocedores de las lenguas clásicas; bastaba dejarse ir agua abajo por la corriente de la analogía, que lleva con toda seguridad á lo más castizo, á lo propio del idioma. Del tema griego kin, movimiento, formaron los sabios el término cinemática, y de ayer son cinematógrafo y otros vocablos, en los cuales, sin grandes quebraderos de cabeza, con sólo obedecer á la analogía, se atuvieron á la índole del castellano y á la transcripción tradicional.
Y ahora viene la hazaña cometida en la Academia Española. De esa misma raíz y de la otra tele, que vale lejos, quiso formar un nombre para su nuevo invento el Sr. Torres Quevedo. No atreviéndose á hacerlo por sí y ante sí, acudió á la Academia. Hubo sus dimes y diretes, y, por consiguiente, con todo conocimiento de causa, tenga la culpa quien la tuviere, que yo no me he puesto á averiguarlo, salió del bureo, como diría Cervantes, el nuevo y flamante terminajo telekino, con k escrita y pronunciada. Tal vez telecino, como debía decirse, les olió á tocino y no quisieron pringarse las manos.
¡Oh sombras de!... los poco humanistas que acertaron, con menos bureo, á dar nombre al cinematógrafo y á la cinemática. Ya no me espanto al dar con el rótulo bideograf, estampado en una barraca de Madrid. Los barraqueros se fueron á traer de Francia su interesante rótulo, porque al menos allí todo es très intéressant; pero el telekino no sé de qué rincón del mundo planetario se haya traído, porque en ninguna parte se halla tal modo de pronunciar. Casi casi sería preferible seguir el consejo de un escritor americano, que coincide con lo que hicieron los barraqueros. Dice que no podemos prescindir del francés para todos los términos técnicos, es decir, que Francia debe ser la aduana por donde hayan de pasar los vocablos greco-latinos. Para traerlos acá habría que suplicar á los franceses, quitada la gorra, si podrá pasar tal ó cual voz con su anuencia y visto bueno; y ¡ojo!, no nos desmandemos á pasarla de contrabando, no se nos vaya á atufar y torcerse los mostachos el jayán del gendarme, que gasta malísimas pulgas. Malo, disparatado, eminentemente servil es el criterio del autor americano; pero es más sano y menos dispuesto á errar que el que echó al mundo el voquible telekino.