El Neologismo
I
Alguien me ha tenido por sobradamente purista, por enemigo de los neologismos, sean franceses, sean latino-eruditos.
Acerca de los neologismos, soy tan holgado de mangas como esos reverendos abades benedictinos que vemos en las hornacinas de nuestras catedrales, que les cuelgan hasta el suelo. No les tengo la menor inquina por ser neologismos, y por poco autorizada que sea mi opinión, no dejaré de decir que me allano á recibir con los brazos abiertos todo vocablo que nos venga de fuera, con tal que responda á un concepto ó á un artefacto nuevo sin nombre castellano. No es el idioma un vestuario de teatro, cuyas piezas inventariadas puedan servir en caso de penuria para muchos y variados personajes, ó un almacén de prendería, donde entran y salen según la temporada y la moda todo linaje de prendas ya hechas de vestir. Un idioma atesora un cierto número de radicales y de sufijos, que sin darnos cuenta hormiguean por la enredada y recóndita madeja del cerebro. Las ideas que en cada momento ocurren, salen á las tablas rebozadas de su correspondiente vestimenta, cortada y cosida de uno ú otro radical y de uno ú otro sufijo. Pero acontece que la idea viene de extranjis y lleva, como es natural, el traje del país de donde viene: es tal la trabazón y entalle de la forma fónica á su idea, que dificultosamente hallará ésta en tierra extraña sastre que le acierte en el corte y que le entalle bien la ropa. Bienvenidas seáis, pues. Pero ¡por vida mía!, así como al llegar acá habéis de españolizaros más ó menos, pues no hay idea que no coloree su matiz al mudar de temple, españolizad también vuestro traje cuanto os sea posible.
Loable es el neologismo, cuando viene como marbete (en francés etiqueta) sobre la envoltura de algún nuevo artefacto ó idea flamante. Ya que hayamos sacrificado en aras del lenguaje cosmopolita de la ciencia el derecho de sacar los términos técnicos de nuestro caudal de radicales, como podíamos haberlo hecho, pese á quien suponga que el castellano no da de sí para ello, lo menos que se puede pedir es que se manejen los radicales greco-latinos con mano adestrada y sin herir ni degollar á nuestro lastimado idioma. No es tan hacedero, como parece, esto de bautizar una criatura, y no pocas veces la erraron los inventores ó padres del nuevo parto, por falta de conocimientos lingüísticos. Ante todo es menester saber el griego y el latín, y luego, ó si se quiere antes, saber el castellano. Sabidurías son éstas que en España se les alcanzan á muy pocos. Diríanse aves de altanería, que vuelan allá remontadas por cima de las nubes, seguras de que se acabaron tiempo ha los halcones, sacres, neblíes y azores, por más que «haya por ahí ciento que apenas saben leer y gobiernan como unos gerifaltes».
Aquí no se sabe griego, ni latín, ni castellano; y aunque esto suene á encarecimiento de pesada burla, y el detenerme á probarlo lleve trazas de digresión impertinente, nada hay de eso, ni de esotro, ni de lo de más allá. No me vengan á tapar la boca con estadísticas de alumnos matriculados en Institutos, Universidades y Seminarios. De los Institutos, con esos programazos kilométricos de lengua latina, en los cuales se agota toda la teoría del latín, salen los imberbes muchachos de diez y once años sin pizca de latinidad. Ábraseles el primer libro que se ofreciere escrito en latín, y por macarrónico que sea darán de bruces á la segunda palabra que pretendan traducir, si es que no dieron á la primera, ó si es que lo pretendieron; que á ser algún tanto discretos, volverán la cabeza á otra parte sin pretensiones de entender poco ni mucho. El hecho es dolorosísimo, pero tan cierto y reconocido como doloroso. Apelo á los mismos profesores y discípulos, á los padres de familia y á todos los españoles que lo tienen sabido de sobra. En las Universidades se les exige un trozo de versión, como si no se supiese que no están en disposición de hacerla. En los Seminarios todo lo más que se logra es que entiendan á medias el Breviario, y yo conozco un buen golpe de lucidos y lucios eclesiásticos que ni á medias lo entienden. ¿Quién, pues, sabrá latín en España? Sólo quedan las monjas, que lo destripan en el coro, y se dan á entender que el qui temperas rerum vices bien pudiera traducirse por quiten peras (en el huerto) raras veces.
El tiempo que en los Institutos se dedica al latín no es para hacer muchos milagros ni estupendas maravillas. Eso suelen reponer los profesores, y yo estoy con ellos. Pero todavía me atrevería á decirles, al oído, por supuesto: «Y ustedes ese corto tiempo lo acortan más con sus programas».
Un prolijo programa de teoría latina encajaría, como de molde, después que los discípulos tuviesen el suficiente conocimiento práctico para leer á libro abierto los autores corrientes: lo entenderían y aprenderían á pocas lecciones que se les dieran después en la Universidad, porque se reduciría á recordarles y encasillar en un sistema lógico lo que ellos ya se sabían prácticamente sin caer en la cuenta. Pero, para esos mezquinos y alternos cursos de latín del Instituto, los brillantes programas de que alardean algunos profesores sólo sirven, cifrando en breves palabras lo que requeriría un volumen: primero, para acortar más el poco tiempo disponible; segundo, para hacer aborrecible el estudio del latín á los tristes muchachos, que han de llevar pegadas con alfileres al examen un montón de respuestas sin atadero y de pura memoria, por no tener conocimiento práctico de la lengua; tercero, para que los anticlasicistas griten en son de triunfo que esa asignatura es inútil, pues no da resultados, y que mejor sería invertir el tiempo en aprender lenguas vivas ó en hacer gimnasia; cuarto, para lucir el profesor sus hondos conocimientos y su habilidosa destreza en saber copiar á Guardia ú otro autor, de los conocidos en España, cuyas doctrinas de segunda mano están ya podridas de puro viejas; quinto, para dar trabajo á los impresores y salida á los libros de texto por tan socorrida manera compuestos; sexto, para que los extranjeros crean que aquí se estudia el latín; séptimo, para que los españoles nos acostumbremos más y más á buscar en todo las apariencias y los juegos de efecto, y hagamos callo en la farsa nacional. Este septenario yámbico-trocaico, verdaderamente cataléctico, es el que ha matado el estudio del latín en España.
Muy duro contra los profesores está usted, me dirá alguno. Pero se engaña de medio á medio, porque yo no iba á echar la culpa á los profesores. ¿Cómo han de tenerla, si no hacen más que seguir el espíritu de la Ley, la cual les enseña este método de los programas? La Ley les ordena, cuando se presentan á oposiciones, que enjareten un programita muy cumplido y que por él expliquen una lección como si se hallaran en clase. Ese programita es la madre del cordero, y la abuela es otro no menos cumplido, y á veces extravagante programa, que la misma Ley manda endilgar á los vocales del tribunal, para que sirva de pauta en la elección de profesores. Es cosa averiguada que con semejante programa salen á flote los que tienen más poderosa memoria y más linda labia; pero no los que saben más latín. Con ese programa muy bien sabido, puede estar uno enteramente ayuno de latín, y teniendo muy bien sabido el latín, puede quedarse parado sin saber contestar á él. Y llamo saber latín á lo principal, que es entenderlo á libro abierto, y aun escribir y hablar en latín, para todo lo cual el programa teórico está demás.