Al retirarse en 329 Constantino á Bizancio da á entender que no podía ya conservar la unidad política, abandona el Occidente á su propia suerte, á la futura civilización que ya despuntaba. Teodosio en 395 no hizo más que confirmar oficialmente esta escisión, dividiendo para siempre el Imperio. Las lenguas románicas habían ahogado, no sólo á la lengua latina literaria, sino á la latina vulgar, de la cual habían nacido. Cuando Odoacro destruyó el Imperio de Occidente en 476, todo latín había dejado de existir, dice Gröber[25]. Francia quedó libre de toda relación con el Imperio romano en 538, España entre el 615 y el 623, Italia en 650[26].
Pero el latín literario continuó siendo la lengua oficial y diplomática, el habla de la ciencia y de la cultura. Se enseñaba exclusivamente en las escuelas y era el único instrumento de comunicación para todo el que escribía. Los romances eran considerados como no distintos del latín, eran el latín mal pronunciado, que no podía escribirse. Sin embargo, la cultura iba decayendo, y los escritores aprendían cada vez peor esta lengua oficial. Además las instituciones y costumbres traían consigo sus términos propios en las lenguas vulgares, ya derivados del latín vulgar, ya de las lenguas nacionales, ya de las que trajeron los bárbaros del Norte, ya del griego en el culto católico, etc., etc. Parte por la necesidad de tener que nombrar nuevos objetos, parte por ignorancia del buen latín clásico; los mismos escritores de los tiempos medios se veían precisados á latinizar todos esos términos vulgares. Ese latín medioeval es el llamado bajo latín, y es de suma importancia tener entendido que ese latín no fué jamás lengua vulgar que se hablara; era la lengua literaria antigua, bien que no bien sabida, con latinización de muchos vocablos vulgares; era una lengua muerta de nacimiento y artificial, como lo era en el s. XVI entre los teólogos y filósofos y aun entre los autores de cualquiera materia que escribiesen, cuando lo hacían en latín. Es, por consiguiente, un crasísimo error el creer que los escritos en mal latín de los siglos VIII, IX, X, XI están en la lengua vulgar hablada, y deducir de aquí que en tales escritos se ve cómo se transforma el latín en las lenguas romances. Tales documentos son latinos, escritos en una lengua artificial y muerta ya hacía siglos; aunque á veces es tan malo el latín, que induce á creer que era el latín que se iba corrompiendo y transformando en romance. Si el Fuero de Avilés estuviese redactado en lengua vulgar, se daría el caso de que desde él hasta las Partidas la evolución lingüística hubiera sido cien veces más rápida y mayor que desde las Partidas al Quijote. El Fuero de Avilés quiso escribirse en latín y resultó escrito en una mezcla de lenguas, parte reales, parte imaginarias: es el documento más polilingüe que existe, el arlequín de los documentos.
II
La palabra evoluciona, cambia lentamente, ya en su significación, ya en su forma fónica. Despréndese de este hecho trascendental de la moderna ciencia del lenguaje, que los idiomas propiamente hablando no pueden llamarse padres ó madres é hijos, que el castellano no es, por ej., hijo del latín, sino el mismo latín plebeyo en un cierto momento de su evolución. Así como el latín vulgar de la época del Imperio, aunque distinto del de la época de la República, es el mismo en un momento dado de su evolución, así lo es el habla romana de España del s. VI y el habla del s. XII y la del s. XVI y la del s. XX. Es un solo río considerado en distintos puntos de su curso. Pero considerado ese río desde el s. III antes de J. C. al s. III después de J. C., en su curso entre la gente romana se observa que tiene ciertos caracteres bastante distintos de los que ofrece entre la gente española desde el s. IX, en que podemos descubrirlo en palabras sueltas, hasta el s. XX: al primer curso del río llamamos latín vulgar, al segundo romance castellano. Como se ve, un mismo río primitivo se dividió en dos, uno que siguió entre los romanos, otro derivado que llegó á España. Entre los mismos romanos existió otra derivación, la del latín literario, que á poco de nacer desapareció, como desaparece el Guadiana en medio de su curso. Las lenguas nacen, por consiguiente, pues el castellano nació ó derivó del latín; pero ese nacimiento no es instantáneo, sino evolutivo. Es imposible fijar el momento del nacimiento; sólo se conoce la diferencia de cauce y de aguas tomando en consideración un largo espacio de tiempo. Más que nacimiento, es ésta una evolución. Pero esa evolución puede ser más ó menos lenta ó precipitada. El castellano ha cambiado poquísimo desde el s. XIII, tal como se encuentra en las Partidas, es decir, en siete siglos, si se compara con el cambio sufrido por el francés desde el s. XV al s. XVII, es decir, en dos siglos, pasando del antiguo francés por el medio francés al francés moderno. Para un francés, no iniciado, del s. XVII era incomprensible un escrito del s. XIII ó del s. XIV, mientras que las Partidas son inteligibles para todo español medianamente instruído. Así creo yo que el latín vulgar un siglo ó tal vez medio siglo después de traído á España, sería ininteligible en labios de españoles de pura raza para los puros romanos. Y es que pasando ese latín á labios extranjeros acostumbrados á otra fonética, hubo de evolucionar rápidamente, además del gran caudal de vocablos indígenas que se latinizaron, ó mejor dicho, se romancearon, acomodándose á la turquesa latino-hispánica de la nueva lengua.
La evolución fonética es gradual, están las voces en continuo cambio; pero la diferencia no se echa de ver sino á la larga, por verificarse pasando por grados infinitesimales, insensibles dentro de una misma generación. No se pasó de un salto de laudare á loar. La articulación necesaria para pronunciar la- fué cerrándose, y abriéndose la de u, de modo que llegó un momento en que sonaba un sonido medio entre a y u, ó sea o, lo-; las explosivas suaves, como la -d-, fueron perdiendo fuerza hasta desaparecer, y resultó lodare, loare, y la e final sin acento fué perdiéndose poco á poco. Esta evolución débese, por consiguiente, á las condiciones requeridas para la articulación de voces consecutivas. La ley del menor esfuerzo, ó sea de la economía muscular, lleva á no distinguir bien las dos articulaciones a, u, articulando á medias cada una de estas vocales. Como hay que cerrar la boca para la u, no se abre tanto como se debiera para emitir clara la a, de donde resulta una a que tiende á o; y al pasar de la a á la u no se cierra lo bastante la cavidad oral, de modo que resulta una u que tiende á o: y llega un momento en que ambos sonidos a, u, se encuentran en una sola articulación intermedia o.
La evolución fonética es, por lo mismo, inconsciente, pues se opera tan lentamente que es insensible el paso, y cada individuo, no sabiendo cómo se pronunciaba antes de venir él al mundo, toma el sonido corriente y contribuye á la evolución en una parte infinitesimal, practicando inconscientemente la ley de la economía muscular.
Es además la evolución tan regular, que obedece á leyes constantes dentro de un cierto territorio en el que las comunicaciones conservan unificada el habla. Si au no acentuado se hace o en loar de laudare, también se hace o en oir de audire, en posar de pausare; la d desaparece en loar y en oir, la -e en loar, oir, posar. Si examen dió enjambre, bien puede asegurarse que lumen dará lumbre y costumen costumbre y homen hombre: un mismo fonema no puede evolucionar de dos maneras diferentes, puesto en las mismas circunstancias. Pero cambiadas éstas, la evolución cambiará, venciendo otra ley fisiológica distinta. Tal sucede en los dialectos, los cuales no se ajustan á unidades geográficas ó políticas, sino propiamente á identidad de circunstancias. Ni hay propiamente dialectos, sino caracteres que se combinan de diversas maneras; de modo que el habla de un territorio tendrá algunos caracteres comunes con el habla de sus vecinos del oriente, y otros que no los tendrá comunes más que con el habla de sus vecinos de occidente. Los límites dentro de los cuales existe tal carácter fonético no coinciden siempre con los que encierran tal otro carácter fonético ó tales otros caracteres fonéticos, ni coinciden con los límites territoriales de una provincia ó nación.
El fonema lio latino se hace llo en Galicia, Portugal y Provenza, mientras que en Castilla se hace jo; la f desaparece en Castilla y en Gascuña, conservándose en el resto de la Romanía, á pesar de estar separadas esas dos regiones; pero es que en ambas rechazaba tal articulación el fonetismo euskérico indígena pre-romano. Los límites naturales, como montañas, ríos, etc., que dificultan la comunicación entre dos regiones, son los únicos que pueden cambiar las circunstancias de manera que la evolución fonética sea distinta. Pero como se ve por el ejemplo anterior, á pesar de esa separación la evolución puede ser la misma cuando coincide un principio fisiológico que la endereza en determinada dirección.
Las excepciones no son más que aparentes, responden á otras leyes que obraban más intensamente en otras circunstancias. Es lo que sucede en los fenómenos todos de la naturaleza, que por distintos que parezcan nunca son excepcionales, sino debidos á diversas combinaciones de las mismas leyes físicas, que de suyo obran cuanto les permiten las circunstancias. Acto y hecho vienen de actum y de factum. Pero hecho es efecto de la evolución natural; acto es un préstamo directo de los eruditos más ó menos mal acomodado al castellano; nada, pues, extraño que en el uno ct se haya convertido en ch, conservándose en el otro sin modificación: en cambio actum dió auto en portugués, de donde pasó al castellano. Chamiza, chamarasca, chamusco, vienen de flamma, lo mismo que llama y flamígero; pero el último es erudito, los tres primeros responden al fonetismo del NO. De las diversas circunstancias en que evolucionaron las palabras resultan los dobletes: plegar y llegar de plicare, fingir y heñir de fingere, comparar y comprar de comparare, computar y contar de computare, reputar y retar de reputare, aduana y divan de dîûân, arsenal, dársena y atarazana de dâr aç-çanagha. Al revés, por la evolución llegan á coincidir formas, partidas de puntos muy distantes: acerico viene de faciem y de aciare. Si aquéllas pudieran llamarse formas divergentes, éstas se dirían convergentes.
Es un hecho notabilísimo en la formación de los romances la simultaneidad en algunos procedimientos. Todos han convertido en artículos, que el latín desconocía el pronombre ille y el numeral unus; del primero salió el artículo definido el, del segundo el indefinido un. Todos desecharon los casos de la declinación, supliéndolos con las preposiciones. Todos desechan el futuro latino y forman otro nuevo con el infinitivo y el presente de indicativo de haber: amar he, amar has, amar ha, ó amaré, amarás, amará. Todos desechan la pasiva sustituyéndola con las formas compuestas del verbo ser: amor = soy amado. Todos abandonan el género neutro, no conservándose más que rastros en el artículo y pronombres castellanos. Todos emplean los verbos auxiliares haber, ser, estar, y aun otros varios. Todos forman los adverbios con la palabra -mente añadida al adjetivo en femenino, dichosa-mente, buena-mente, loca-mente, folle-ment, heureuse-ment, bonne-ment. Todos conservan la acentuación latina, aunque en el francés parezca superficialmente lo contrario por efecto de las contracciones y de tender á la acentuación aguda, dejada la grave de las demás.