¿La razón de este fenómeno? El único elemento común, que es el latín popular. El latín hablado tendía al análisis, como el griego y el sanskrit, como se ve comparando los diversos momentos históricos de estas lenguas. Ahora bien, todos esos hechos simultáneamente verificados en los romances, se verificaron igualmente en los derivados del griego y del sanskrit. Y todos esos hechos comunes son manifestaciones de la tendencia á la estructura analítica. Esa tendencia responde á la orientación del pensamiento, que en toda la familia indo-europea se dirigía de la síntesis al análisis. Y no sólo en toda la familia, sino que estoy por decir que en todo el género humano existe esta tendencia. Las lenguas todas muestran este cambio en mayor ó menor grado, los dialectos arábigos respecto del árabe antiguo, las lenguas camíticas, las indo-chinas, etc.

El sintetismo fué condición del pensamiento primitivo, el análisis del pensamiento posterior de la humanidad. Cuanto más antiguas las lenguas, son más sintéticas. No fueron, pues, los bárbaros los que por ignorancia no pudieron entender ni conservar las desinencias latinas. Los bárbaros las tenían en sus lenguas lo mismo que el latín, los bárbaros llegaron cuando los romances estaban ya formados y sin esas desinencias, las desinencias se iban perdiendo y se perdieron más ó menos en las germánicas lo mismo que en las latinas, la tendencia analítica dominaba y dominó después lo mismo en todas las lenguas.

Dogma capital de los romanistas es que el latín vulgar en la época del Imperio era una lengua uniforme en toda la Romanía, y que sólo así se explica la conformidad esencial que se nota en todas las lenguas románicas. Sin duda podía llamarse único el idioma romano de toda la Romanía: la gramática, el fondo general del léxico, gran parte del fonetismo, eran comunes; y esto basta para explicar esa conformidad y parentesco de los romances. Ni hay que olvidar que perteneciendo todos estos países á una misma civilización romana, siendo el latín para todos ellos el único medio de comunicación social y científica, y añadiéndose la unidad religiosa, que de todos ellos formó la que se llamó Cristiandad, aun después de caer el Imperio, las ideas y las palabras siempre estuvieron en continuo y mutuo cambio entre todos ellos. Las lenguas románicas no pudieron ser más que dialectos de un idioma común románico.

Pero los romanistas han exagerado esa unidad, como exageraron los indianistas boppianos la unidad indo-europea. Hora es ya de que, como éstos, volvamos más bien los ojos á lo que cada romance ofrece de individual é idiomático. Sólo así podremos ahondar en la evolución particular semántica y fonética de cada uno de ellos, ver su potencia creadora y distinguir los procedimientos psíquicos de cada raza. El fonetismo del latín vulgar fué el punto de partida común á todas las lenguas románicas; pero el fonetismo indígena de cada una de las razas que comprendía la Romanía, le dió una ú otra dirección, formando los diversos dialectos latinos, ó sean las lenguas románicas.

La nueva dirección, que también merced al elemento indígena tomó el latín vulgar en España, le hizo evolucionar paulatinamente. Y aquí entra de lleno la historia, la única que nos puede explicar los diversos pasos que fué dando el fonetismo castellano: sólo ella nos puede decir cuándo y cómo el fonema lio, lia ha parado en el jo, ja actual; ge, gi, en je, ji; ke, ki, en ce, ci, etc., etc. Para reducir á breve sistema las leyes evolutivas que cambiaron el latín vulgar en romance castellano, hay que partir de muy pocos principios fisiológicos, hay que recoger brevemente los datos que la lingüística moderna ha alcanzado acerca del fonetismo del latín vulgar, y hay que firmar las leyes con la mayor parte de los radicales; es lo que he procurado hacer en la Fonética de La Lengua de Cervantes.

La ley del universo es la de la economía: nada se crea, y se desecha todo lo no necesario. Esta ley rige en la lucha del dinamismo de la materia, lo mismo que en la lucha de los organismos por la existencia. La sobrevivencia del más fuerte, la resultante de fuerzas y leyes físicas, son el resultado de esa lucha. El lenguaje es en cierto modo un ser inerte expuesto á los influjos del medio ambiente, y en cierto modo un organismo: en él la economía enciende la lucha y da por resultado la evolución fonética de las tendencias más poderosas, borrando los efectos de las vencidas y neutralizadas. La forma ó unidad lingüística es en el lenguaje el cuerpo, el acento es su alma. Forman cuerpo los sonidos reunidos en una forma, y su alma ó centro de gravedad es la sílaba acentuada. De aquí los dos factores que modifican y alteran el fonetismo: el influjo de unos sonidos en otros por formar un solo cuerpo en una forma dada, en un vocablo; y la acentuación. Ambos obran merced al silabismo, quiero decir que los sonidos de por sí casi serían inmutables, si no fuera por estar reunidos formando un cuerpo total, cuya unidad fonética está en el acento. El influjo de unos sonidos en otros, especie de atracción ó de reacción, de armonía ó desarmonía, de asimilación ó disimilación, responde fisiológicamente al principio económico del menor esfuerzo en la articulación. Pero al mismo responde el influjo del acento, pues cargando en una de las sílabas, centraliza en ella la mayor parte de la energía articulativa, haciéndola más fuerte y aun acrecentando su valor fónico, á expensas de las demás sílabas, sobre todo de las más cercanas al centro de gravedad, las cuales, desprovistas de energía, se debilitan ó desaparecen.

De estos dos factores, la acentuación es la que más ha influído en la alteración de las vocales; la vecindad de los sonidos ha influído más en la de las consonantes. Hay que tratar, pues, por separado estas dos clases de sonidos. En las vocales la acentuación ha obtenido efectos más generales; pero la vecindad de los sonidos, aunque en menor extensión, ha tenido más potencia intensiva, contrarrestando los efectos de la acentuación. De aquí que los efectos del acento puedan ponerse como efectos de leyes generales, y los de la vecindad fónica como excepciones de esas leyes, aunque de hecho sean también leyes, más potentes en intensidad, aunque sean más raros los casos en que pueden obrar.

III

Pasando ya á la evolución semántica ó significativa, basta abrir un Diccionario cualquiera para echar de ver la variedad de acepciones que ha ido tomando una raíz en sus diversos derivados, y aun en cada palabra en particular. Pero no es de esta parte principalísima de la Semántica, ó historia de la significación de las palabras, de la que aquí trato, sino de lo que la significación de las palabras ha contribuído á la evolución de las mismas en su forma fónica. Siempre que dos ideas convergen en un punto cualquiera, hay tendencia á hacer que converjan las palabras con que se expresan. Es la ley de la atracción que obra entre palabras é ideas, así como en la Semántica obra entre las ideas asociándolas, y en el terreno puramente fonético obra igualando ó desigualando los sonidos por la asimilación ó la disimilación. El nombre Pedro ó Perico es tan frecuente entre los nombres propios, que originó el dicho de Petrus in cunctis, en todas partes Pedro. En algunos pueblos de Aragón, como en Remolinos, por ej., pericotiar significa meterse uno en todo, curiosear, enredar, ser Peric-ote, y en toda España se llama perico á cierto utensilio de indispensable y perentoria necesidad, y aun corre muy valida la opinión de que el perro tomó el nombre de Pedro, sin duda por haberse dado con tanta frecuencia este nombre al animal en cuestión como á las personas. Pericón se dice del que suple por todos, y más comúnmente hablando del caballo ó mula que en el tiro hace á todos los puestos, y en el juego de quínolas el caballo de bastos, porque se puede hacer que valga lo que cualquiera otra carta y del palo que se quiere. Para decir un fulano decimos Perico el de los palotes. Si ha llegado este nombre á tomar el sentido de perro, de caballo y de original (como algunos pronuncian), nada tiene de extraño que haya llegado hasta significar hombre: Perico entre ellas equivale á hombre mujeriego.

Entre mujeres el nombre más común es el de María, que, por lo mismo, se ha empleado simplemente por mujer: «Después de María casada, tengan las otras malas hadas». «¿De cuando acá Marica con guantes?» De aquí Maricastaña en las frases «en tiempo de Maricastaña», marimacho por mujer hombruna, marimanta por fantasma, llamarse marimarica, marimorena por pendencia, marisabidilla por mujer que sabe, maripérez por moza, última mano en el juego, mariposa, marica por hombre amujerado y por urraca. Maripajuela en Álava se dice del remolino de polvo y pajas que se forma en los caminos, mariselva la madreselva por etimología popular. En Bilbao marimolso por mujer desaseada, marimoño por vanidosa, marimurco por brusca, marisasquel por sucia, marisorqui por la que lleva el sorqui ó roldana sobre la cabeza para transportar cargas. En Cuba marilópez, en Méjico mariguana, marimoño, en Álava maricóncola, son nombres de plantas. En el Quijote tenemos á Mari Gutiérrez, á Mari Sancha, y todos conocemos á Mari Ramos, á Mari Moco, á Mari Gargajo y á Maritornes. En Juan del Encina se lee: «Sabete que Bartolilla | La hija de Mari-Mingo | Se desposó di domingo». En Aragón Mari-prisas, Mari-enredos, Mari-apuros, etc., se aplican lo mismo á los hombres, hombre de las prisas, enredos ó apuros. En Hernán Núñez: «Á Mari-ardida (atrevida) nunca le falta mal día: Á Marimontón, Dios se lo da, y Dios se lo pon».