¿Qué es lo que hizo que estos dos nombres propios Perico y María se convirtieran en apelativos de hombre y mujer y aun se aplicaran á plantas, animales y á otros objetos? La atracción entre las ideas y sus nombres. Pero esta atracción lleva á modificar fónicamente los vocablos, originando varios fenómenos que toman diversos nombres aunque en resumidas cuentas no sean más que aplicación del mismo principio analógico y relativo que caracteriza á nuestra inteligencia. No se reduce el lenguaje á formas fónicas, cual si fueran objetos mecánicos que una vez fabricados nos sirvan, como nos sirven la pluma y el papel para escribir, el tenedor y la cuchara para comer. Es el lenguaje un fenómeno psíquico, la psiquis cambia la significación y la forma fónica de las palabras. De aquí la analogía, la etimología popular, la contaminación y otros fenómenos que alteran el fonetismo.

Analogía.—La analogía, tomada en su más amplia acepción, dió antiguamente nombre á la que hoy llamamos Morfología, porque señalado un tipo morfológico, una declinación, una conjugación, un sufijo casual, derivativo, etc., se pueden formar otros muchos cortados por el mismo patrón. Pero exagerándose esta ley, en que se funda todo el lenguaje, se aplica á veces, ya en el terreno fonético, ya en el semántico, á despecho de otras leyes. Cuando el niño dice sabo por sé no hace más que aplicar la ley de la analogía: así como de tropezar dice tropiezo, así de saber dice sabo, de caber cabo, á despecho de las leyes que hicieron sé de sapio, quepo de capio. En el terreno semántico los términos correlativos tienden á uniformarse en el sonido, y si se dijo primero, se formó por analogía postrero, dejándose el postremus latino, con diestra se igualó siniestra, que según ley debiera haberse dicho sinestra, de sinĭstra. La analogía obra sobre todo en los verbos, unificándolos conforme á un único patrón, y en los pronombres, adverbios y demás formas correlativas. La forma de genitivo en Lunes, Miércoles, se debe á la de Jueves, Martes, Viernes. Llevar de lievar tiene diptongo por las formas lievo, lievas de lĕvo, lĕvas, que lo tenían por evolución regular; y otro tanto sucedió más tarde con otras formas verbales y nominales, que han tomado ó dejado el diptongo originario por adaptarse á otras formas del mismo radical. Una vez tomados del latín ciertos vocablos se añadieron sus sufijos á otros muchos radicales: así el -entar de calentar, caliente, se añadió á temas no participiales, alentar de alare, ahuyentar de huir. Por la analogía se forman los pseudo-sufijos, ó sufijos, que no siéndolo etimológicamente, se toman como tales. En muche-dumbre es -dumbre un pseudo-sufijo, por analogía con pesad-umbre, donde la -d es del tema pesado.

Los nombres neutros latinos en -us se tomaron, ya como plurales por creerse que lo era la -s, ya como singulares; pero al cabo perdieron esta letra que parecía de plural. Pechos de pectus, pero aún decimos «tomar á pechos», «le atravesó los pechos», y en Navarra el pueblo lo usa casi siempre en plural. Díjose antes «tener ó dar en, á peños, dar peños», de pignus, luego empeño. «Hubo en tiempos, en tiempos de...», de tempus. Lo mismo lado viene del lados antiguo como plural del latus singular, virto ant. salió de virtos, tomado como plural del virtus singular. Los plurales neutros en -a se sustituyeron por los ordinarios en -s: prado-s y no prada de pratum. Algunos plurales en -a se consideraron como singulares femeninos: arma, obra, ya eran singulares en latín, aunque en literario fueran plurales; pero hueva de ova, entraña, boda, ceja, herramienta, hoja, leña, son en su origen plurales neutros. Los adjetivos en -or, -on han tomado -a para el femenino, hablador y habladora, ladrón y ladrona.

Etimología popular.—El hombre pretende que sus vocablos no sean enteramente convencionales, sino que respondan á la idea; y cuando no halla esta relación, él mismo se la busca. El nombre de la ciudad de León era Legionem en latín; pero legión no existía en castellano vulgar, y en cambio león tenía ya un sentido propio; el pueblo creyó que León se refería al león, y dió por emblema á la ciudad y á su reino el león. Truchuela se conformó con trucha por sonar este término á algo concreto que parecía ser el origen del diminutivo truchuela, una vez olvidado trechar de tractare, ó no conociendo la relación que lo unía: así truchuela, derivando de trechar, se dijo en vez de trechuela. Vagabundo nada decía á los oídos del pueblo, y lo convirtió en vagamundo, creyendo que se trataba de vagar por el mundo. Artemisa sonaba como á misa y alto, y se convirtió en altamisa. El paraveredus céltico por caballo de posta, sonaba á cosa de freno, y se convirtió en parafrenum, palafrén. La necro-mantia ó adivinación por los difuntos, se creyó que como cosa de magia negra había que llamarla nigromancia. Capi-gorrón ó que anda viviendo de gorra, se formó de gorra en el sentido de comer de gorra; pero creyéndose que significaría la gorra, se le añadió capí-. A veces los sabios son pueblo. La estrella α del León se llama Regulus: es una alteración del arábigo ridjl al-asad pie del león, por sonar ridjl pie como regulus. En cambio ha quedado intacto Rigel, nombre de la β de Orion, del mismo ridjl arábigo. Y eso que ambas estrellas se encuentran al pie ó ridjl de esas constelaciones. Entre las gentes del pueblo, que lo diga Sancho, los términos incomprensibles se hacen claros: por busilis hay quien dice «ahí está el fusilis», por de alto bordo «de alto gordo», por momento «memento» «y los nabos en al viento», por hombre de carácter se oye decir entre el pueblo «yo to mucho carate», como si se tratara de cara, «no subió el Ayuntamiento á tomar la comunión allá al Pepiterio», «meterse en los lobos (globos) y ir polaire», «jué en la guerra é la pendencia (independencia)», «unas siñoras dalto gordo han formau una suciedá», «se destruya» por se instruya, «iconocanastas» por iconoclastas, «los que han estudiau tiología y morral»[27].

Contaminación.—Palabras de significado parecido y de sonido semejante se contaminan, tomando la una algún sonido de la otra. Del antiguo aborrir pudo formarse aburrir contaminándose con burro, siguiendo la tendencia á formar verbos de los nombres de animales, como azorarse de azor. Ensalzar se contaminó con otras formas ens- de ex-, escupir con otras en es. La contaminación es en estos casos puramente fónica; en el anterior es semántica y se confunde ya con la etimología popular. La contaminación fónica es, á su vez, un caso de analogía entre términos parecidos. Ensanchar viene de ancho y de en-, pero con la silbante de ensalzar. Carnecería se lee en la mayor parte de los rótulos de Madrid, que debieran decir carnicería, como se dice carnicero, de carniza; pero se piensa en carne por haberse olvidado este origen.

La ortografía.—Los eruditos, que parece debieran estar más al tanto de los fenómenos lingüísticos, caen con mayor facilidad en ciertas aberraciones que solemos achacar al pueblo. Cuando el habla no sólo se aprende y se maneja con el oído, su órgano propio, sino con los ojos, por la lectura, se toma como norma del lenguaje la escritura, que no es más que su signo. De aquí la descabellada fórmula de los que han dicho que la pronunciación debe adaptarse á la escritura y no la escritura á la pronunciación, «porque la pronunciación es deleznable y propia de todo el mundo, donde los más son idiotas é ignorantes; mientras que la escritura es más fija y exclusiva de los sabios», como dijo Guillaume des Autels. Entre las personas de buen tono es muy corriente esta manera de pensar, y así se les ve pronunciar letra por letra como si estuvieran leyendo. Hasta el siglo XVI la h procedente de f latina tenía un sonido gutural suave, como todavía se conserva en el pueblo, juerte, juerza; pero la reacción erudita la cambió en f en la ortografía. Es tal el influjo de la escritura, que de signo gráfico, debido á un capricho de erudición mal entendida, puesto que lo que sonaba era h, y no f, que siempre ha sido un signo de un fonema muy distinto, se convirtió en verdadero sonido, cambiando el antiguo fonema h en el moderno dento-labial f, fuerte, fuerza. El haberse añadido la c etimológica á la grafía antigua dotor, que respondía á su pronunciación, fué causa de que hoy no sólo escribamos, sino que pronunciemos doctor. La ortografía es la que ha introducido en la pronunciación todos esos fonemas que el castellano había dejado y que en el mismo latín vulgar ya no se pronunciaban, la n ante s, inspeccionar; la x, exasperar, extender; la m ante labial, imfame, amparar; la doble c, acción; la doble n, perenne; la b y la p ante algunas consonantes, abstenerse, apto, etc., etc.

Eufemismos.—Por temor, por respeto, por decencia se quisieran dejar de emplear ciertos términos; pero la idea, la pasión los traen á la boca, y en la indecisión se sale del paso modificándolos algún tanto en el sonido. Tal es el origen de pardiez en vez de por Dios, diantre por diablo, mecachis, por vida de sanes. La reina Cristina tuvo la mala suerte de verse convertida en el albañal de todos los juramentos desviados de Cristo, y Santander lleva camino de serlo de los desviados de los Santos. Las mujeres, no atreviéndose con el cunnus de los hombres, le ponen faldas haciéndolo femenino, y hasta los niños se atreven con él, terminándolo en el sonido más débil e.

Términos hipocorísticos.—Son los que por cariño se recortan, se repiten y adaptan al lenguaje infantil. Se nota la abreviación, sobre todo en nombres propios, debiéndose al hipocorismo y á su frecuente empleo para llamar Tanis = Estanislao, Boni = Bonifacio, Trini = Trinidad, Nati = Natividad, Presen = Presentación, Patro = Patrocinio, Encarna = Encarnación, Sindo = Gumersindo, Fani por Estefania; en el Cid Fernán por Fernando, Galin por Galindo, Ferrán por Ferrando, Jeron por Jerónimo, etc. Á veces se han transformado enteramente: Pepe, Pepito, Pepín por José; Frasco, Frasquito, Pachito por Francisco; Lola por Dolores; Perico, del antiguo Pero, por Pedro; Santiago, Saiago, de Sant y Iago por Iacobo, Jaime como James y Jacome, Jeromo por Jerónimo.

Existen otras causas más secundarias que modifican los vocablos, como la moda, el lenguaje rufianesco, los retruécanos, el influjo de la rima y de las consonantes, «que obliga á decir que son blancas las hormigas», etc. Debo advertir que los términos infantiles, los rufianescos y los de los carreteros de ordinario, en vez de ser formas modificadas, son las más primitivas, y forman el más profundo estrato del lenguaje, como tendré ocasión de exponer despacio en otro lugar.

NOTAS: