«Nombrar un objeto, es suprimir las tres cuartas partes del placer estético... Sugerirlo, tal es el ideal». He aquí la fórmula del simbolismo, si hemos de dar crédito á Stéphane Mallarmé, el jefe menos controvertido de la escuela. No sé si veré claro ó turbio, pero para mí esas palabras encierran no poca filosofía del arte y mucha filosofía del lenguaje. Lo primero lo dejo á los artistas filósofos; me atengo á lo segundo, que es de lo que se me entiende á mí algo. Bien que, si el fondo y la forma no son como el gabán y el sujeto que lo lleva, querer separar la filosofía del arte literario, de la filosofía de su material técnico, es querer dar mandobles contra entes de razón.

Todo el mundo conoce la obra trascendental del Lombroso de la literatura, de Max Nordau. Dégénérescence es un libro de clínica sociológica, que ha condensado los síntomas de la vida moderna. Su autor ha tomado el pulso á la sociedad actual, ha formulado el diagnóstico y redactado la correspondiente receta. Un siniestro movimiento de cabeza del Doctor hizo presagiar á los asistentes que la receta era una simple orden de trasladar al paciente á alguna casa de orates. Yo no juzgo el trabajo. Lo creo trascendental, admirable. Su autor tiene ojo médico en verdad. Pero todo libro que vale, y precisamente porque lleva una idea grande, anda á riesgo de exagerar en el desarrollo de la teoría que encierra. Yo hallo algo de exagerado en lo que atañe á los simbolistas. No es que los defienda en todo y por todo, ni mucho menos; pero ó la tinta del Doctor era demasiado negra, cuando escribió el capítulo III del libro II, tomo I, ó le había revuelto la bilis la caterva de Prerafaelitas que acababa de pasar unos momentos antes por delante de sus ojos. Lo cierto es que los presentimientos aciagos y los juicios pesimistas se le debieron de amontonar en las células grises y blancas de su doctoral cerebro, cual nubes borrascosas que estallan sin orden ni concierto. Y los míseros hidropatos han tenido que aguantar el chubasco que les ha calado hasta los huesos y los ha dejado hechos una sopa.

Por el pronto entran á formar parte del inmenso tropel de seres vivientes y semovientes, que Max Nordau ha calificado de místicos, y en el cual, dicho sea de paso, se ven revueltos y dándose codo con codo Mahoma con San Ignacio de Loyola, Baudelaire con Zola y con Santa Teresa de Jesús, Ibsen con Maeterlinck y con Nietzsche, Tolstoï con Wagner: todos son unos degenerados.

La médula del simbolismo está en aquel sugerir, que á Max se le antoja quisicosa indescifrable: «le suggérer voilà le rêve». Y Mallarmé lo comenta en estos términos, que nada tienen de oscuros ni de enigmáticos: «El empleo perfecto de este principio constituye todo el misterio del simbolismo: evocar poco á poco un objeto para manifestar el estado interior del alma, ó por el contrario, escoger un objeto y descubrir en él un estado del alma por una serie de desciframientos». No sólo me parece muy claro y muy bien dicho como clave del simbolismo, sino también como cifra de toda honda poesía y de todo el arte. ¿Qué es el arte sino un simbolismo, un modo de expresión por signos externos de un estado interno del alma? Desenvolver esta idea creo que es desenvolver el concepto del arte. Margarita, Fausto, Mefistófeles, son tres creaciones de Goethe, que si algo valen es porque son la expresión de tres mundos morales, que cuajaron en tres personalidades. ¿Dicen algo esas personalidades? Esto equivale á preguntar si algo significan, expresan y simbolizan. El cielo, la lluvia, la tierra, son tres nombres: el arte los simbolizó en Zeus, Indra y Hera. Otras tres personalidades, producto de la Mitología, es decir, del arte popular, y tan artísticas como simbólicas, y que por ser simbólicas son artísticas. Muchos diablos han producido el arte popular y el arte literario. Si Mefistófeles los ha oscurecido á todos, es porque en la pujanza expresiva de su concepción Goethe los incorporó á todos ellos con todos sus cuernos, colas y artimañas en la plasticidad más saliente que pudo producir poeta alguno. La riqueza poética de un Fausto está en la condensación expresiva de toda una sociedad incrédula. Ese Fausto, de hecho y en realidad de verdad, no es más que un montón de palabras arrebujadas en forma de maniquí; pero es un maniquí artístico, es decir, un ser que viviendo en el mundo ideal del arte literario, ya deja de ser un mero arrebujamiento de palabras, trasformándose en una personificación del estado interior del alma de un pueblo, en la cual bullen las doctrinas y opiniones todas que han cruzado por una generación de filósofos y sabios: ese personaje endiablado es el atizador siempre curioso, el ansia de conocer, hasta dar por resultado el escepticismo altanero de la ciencia moderna. Si Fausto es una creación artística, lo es por su expresión intensa de la conciencia de un siglo, lo es por su simbolismo.

Eso es sugerir, expresar. Pero las cosas, se me dirá, se expresan por sus nombres, que para eso los tienen, y esa es su expresión más clara; lo demás es decadentismo, misticismo literario. La fuerza expresiva de los nombres se gasta al roce de los siglos: al arte toca rejuvenecerla, y para rejuvenecer la expresión hay que acudir al mismo procedimiento que emplearon las primeras gentes al acuñar los nombres, á la metáfora. Es decir: al simbolismo. Llamar luna á la luna será muy claro, exacto, preciso: así debe llamarla en sus libros todo astrónomo que quiera declararnos los eclipses. El poeta «evoca poco á poco otro objeto», acude á la idea del lucir tenue y mortecino. No hicieron otra cosa los antiguos al forjar el término luna, por luc-na, la de luz tan tenue como la que se filtra por entre los árboles en un espacio en que se han cortado para practicar á media luz los ritos religiosos. Ese espacio á media luz en lo más cerrado del bosque se llamó luc-us ó templo, y por lucir á media luz se dijo de aquí luc-êre lucir, y por la luna luc-na la que así luce. Ese es el arte del poeta: el mismo arte del pueblo que creó los nombres, aplicado á quitarles la pátina y herrumbre de que los ha cubierto el tiempo. «Yo definiría el arte, dice Paul Adam, otro simbolista de segundo orden, diciendo que es la inscripción de un dogma en un símbolo; es un medio de hacer que prevalezca un sistema y de poner en claro una verdad». Del modo de entender el simbolismo hablaré después; pero que arte sea expresión, ó por otro nombre simbolismo, ¿hay cosa más clara? Oigamos á otro de la escuela, á Charles Morice: «El símbolo es la fusión de los objetos, que han despertado nuestro sentimiento, y de nuestra alma en una ficción. El medio es la sugestión: se trata de comunicar el recuerdo de algo que otro no ha visto ni sentido jamás».

Yo no veo hasta aquí en nada de esto «la locura y el charlatanismo», que ve Max Nordau. Si los simbolistas no han hecho más que eso, no han hecho más que lo que han hecho siempre los poetas y los artistas todos. Es muy socorrido eso de meterse en las intenciones y llevar la literatura hasta el terreno crematístico. Hay un partido de descontentos y de gente apurada. ¡Es el boulangisme literario! Hay que vivir. Hay que buscar un puesto, darse á conocer. Buen redoble de tambor, ya que no se tenga bombo á mano... Ese es su verdadero símbolo: «bulto urgente». Todo el mundo toma asiento en el tren rápido. Destino: «¡la fama!» Así Haraucourt. Y Quillard: «no hay escuela simbolista; bajo esta denominación se han reunido arbitrariamente poetas de talento verdadero y verdaderos imbéciles». Pero esas citas no vienen á cuento, señor Doctor.

«Hicimos un ensayo sobre la inteligencia condescendiente de las vocales coloreadas...» Confesión de un simbolista, de Laurent Tailhade. Es un pasatiempo como otro cualquiera. ¿Consiste en eso el simbolismo? Creo que no; si en eso consistiera, á fe que no hubiera poetas simbolistas; sería una tertulia de muchachos que se entretenían honradamente en discutir una cuestión psicológica. Entre ellos dice Max Nordau que hay «poetas de talento verdadero». Pueden, pues, muy bien ponerse á ventilar ese punto, sin dejar por eso de ser artistas. Y hacen bien en ventilarlo, pues no son las vocales tan condescendientes que lo mismo les importe ir vestidas de blanco que de negro. La audición coloreada tiene un fundamento más científico y sólido de lo que cree el mismo Sr. Tailhade, y es un elemento estético del lenguaje y del arte literario que bien merece la pena de estudiarse.

Más diré, y voy á manifestar lo que siento de los simbolistas. Los extremosos de la escuela toman el rábano por las hojas, como suele decirse. Pero en esa escuela bulle algo de muy trascendental para la literatura, bulle el germen de la literatura del porvenir, es su primer atisbo. Aquellas figurillas retóricas de los antiguos van á convertirse en nuevas fuentes de estilo chispeante, nutrido de vida. ¿Cómo? Por la ciencia psicológica. La ciencia, que algunos fantasean cual amarillo hermitaño, seco de carnes, cejijunto, intratable y adusto, que algunos se figuran que jamás ha de volver á cohabitar con el arte desde que se divorció al parecer para siempre, la ciencia ha de volver á ser lo que fué en Platón, ha de alentar la estética del porvenir y la ha de realzar cual nunca lo hizo. Lejos y asomos de esto es lo que yo vislumbro en el Simbolismo, y mis esperanzas estriban en que la ciencia ha enderezado por nuevas veredas todos los acontecimientos, todos los procedimientos, todas las empresas. Su fuerza avasalladora ha triunfado de todo y triunfará de la rutina en el arte. En una palabra, digo que el Simbolismo me parece que es (ó pudiera ser) la ciencia, enderezando al arte y el arte acogiéndose al regazo maternal de la ciencia. Harta falta le hacía á esa pródiga, después de tantos desengaños recogidos en los falsos oropeles del pseudo-clasicismo, en la pseudo-filosofía y falsas sabanas americanas, ó dígase chatobrianescas, y entre los falsos salvajes á lo Rousseau, y entre las lechuzas y cementerios del romanticismo, y entre las podredumbres del naturalismo de entre cuyos harapos acaba de escapar. En la ciencia está la salvación del arte, como está la salvación del espíritu del hombre y de todas sus aspiraciones. Max Nordau se ha atenido á los del rábano por las hojas, porque servían á completar su diagnóstico social; no ha caído en la cuenta del elemento subconsciente que latía en esa aspiración modernista, que yo desearía se convirtiese en conciencia pública, y que vendrá un día en que se convertirá.


«Hay pocas poesías en la literatura francesa, dice Max Nordau, comparables á la Canción de otoño de Verlaine. La calma melancólica de la estación está expresada en versos ricamente cadenciosos y llenos de música».