En la Fonología es sensible que el señor Lanchetas, dejada la doctrina corriente del timbre en las vocales latino-vulgares, continuación de la cantidad clásica, quiera explicar el vocalismo castellano por el acento, y acento latino. No encuentro pruebas suficientes para apoyar este nuevo método. «La o tónica latina, por regla general, se ha conservado», dice en la ley 2.ª, y en la 3.ª: «la o tónica latina se transforma en ue en gran multitud de palabras». Como se ve, ambas reglas pugnan entre sí. «Puente, ruego, tienen ue, por ser tónica latina la o de pontem, rogo». Pues tan tónica latina era en pontarrón y rogar, y no se ha diptongado. Es que aquí no se trata de la tónica latina, sino de la tónica castellana, y la ley debe formularse así: «Toda ŏ abierta del latín vulgar, ó breve del literario, cuando en castellano lleva acento, se abre en ue; y no se abre, cuando no lleva acento». La pugna entre las dos leyes de Lanchetas queda disuelta con esta ley: «Toda ŏ cerrada del latín vulgar, ó larga del literario, cuando en castellano lleva acento, permanece como o». Como se ve, todo pende del acento castellano (que de ordinario conviene con el latino) y de la cantidad latina de la vocal en el literario, ó del timbre correspondiente en el vulgar. El acento latino no es la madre del cordero; es una tatarabuela, en cuanto que originó el acento castellano, y éste es uno de los factores que producen ese cambio fónico.

Apártase luego Lanchetas de Meyer y Cornu en creer que uo no fué el paso de o á ue. El problema no es tan evidente como el anterior, pero no veo fuerza alguna en los argumentos de Lanchetas, los cuales prescinden, y aun se oponen, á la evolución de e en ie. Ahora bien: o en ue, y e en ie, son dos fenómenos paralelos que hay que explicar á la vez. Así como e se abre en ie con la i próxima en la serie natural u o a e i, así o en ue no debió abrirse sino por intermedio del uo con la u próxima. Y de hecho uo existe en la mayor parte de las románicas: en italiano nuovo-nuevo, duolo-duelo; en francés, antes del siglo XI, buona, duol (Sta. Eulalia y S. Léger), y después de principios del siglo XI ue, avuec, duel (S. Alexis); en León y Asturias, uortu-huerto, tuorto-tuerto. En cambio, ¿en qué se funda el que o se hiciera oe de repente, tomando una e que no tiene razón de ser, y luego ue? Ese boeno que habrá oído, es el bueno descuidado; moete es el mocete, empleado juntamente con moete en Navarra. Hay más; el paso de o á uo y de e á ie es el único explicable fisiológicamente. ¿Por qué fĭde da fe y pĕde da pié? Por la acentuación intensiva la duración de la vocal es doble, y la e abierta latina de pĕde da pèède; pero, obrando la refracción de vocales, la primera parte de esa vocal tiene un timbre cerrado; la segunda, que es la más intensa, un timbre abierto, resultando piède. Al revés, en fe, de fĭde, con el acento suena fééde, cuya é es cerrada, pasándose del timbre más abierto al más cerrado, y resulta fe con e cerrada. Lo mismo de bóno, bòòno, por refracción buono; mientras que bŭcca da bóóca, bóca. La acentuación alarga la vocal; y si ésta es abierta, su articulación comienza cerrada para abrirse en la segunda parte de la duración, que es la más intensa; si es cerrada, comienza abierta para cerrarse en la segunda parte. De esta manera, las dos leyes opuestas de la o y las otras dos de la e, «la é tónica latina se conserva con mucha frecuencia», y «la é tónica latina se transforma en ie en muchísimas palabras», quedan reducidas á una: «Las o, e breves, al llevar el acento castellano, se abren en ue, ie, y no cambian cuando desaparece el acento; y las o, e largas subsisten».

Pero estos y otros pequeños lunares, efecto de no haber modificado algunas ideas desde que publicó su obra acerca del verbo castellano, en nada amenguan el mérito principal del concienzudo trabajo del Sr. Lanchetas. Él solo sabrá apreciar debidamente el tiempo y las molestias que le habrá costado entresacar, interpretar y ordenar cerca de 4.000 palabras, estudiando las 100.000, poco más ó menos, de que constan las obras de Berceo. Los que nos dedicamos al estudio del castellano, no sólo tendremos que agradecerle los inmensos servicios que prestó á la Lingüística española con su estudio acerca del verbo, por el cual con toda justicia merece ser llamado el iniciador y maestro del romanismo en nuestra patria, sino que nos veremos con mucho gusto precisados á tenerle siempre en la memoria al acudir á ésta su nueva obra en busca de los imprescindibles datos que habremos de necesitar del más antiguo poeta español que conocemos.

Los Simbolistas

No sé qué juveniles bríos llevan consigo las ideas nuevas, que remozan las más añosas osamentas y prenden fuego en el mismo hielo de la vejez. Testigos, las últimas Conferencias ó discusiones del Ateneo de Madrid. Las ideas eran viejas, pero acá en España, que caminamos tres leguas rezagados de Europa, eran como flamantes. Tampoco es un viejo helado, sino un manojo de nervios siempre recio y bullidor, el chispeante antiguo escritor Sr. Zahonero. Perdóneme si no le pongo entre la gente moza; pero el otro día se echó de encima cuarenta abriles como cuarenta soles. Lo que puso fuego á aquel que debiera ser severo areópago fué una idea, para acá nueva, la del simbolismo, lanzada á deshora por unos cuantos jóvenes, mal avenidos con el soñoliento tema que se ventilaba.

Pero ¿qué simbolismo es ese? Por de contado, el del Ateneo fué simbolismo español rabioso, simbolismo á raja tabla, á palo limpio. En España no hay simbolistas, y ya ni siquiera los hay en Francia. Lo que hay aquí es un montón de jóvenes muy estudiosos, de grandes arrestos, muy amigos de que se desestanque nuestra parada y caída literatura, que tienen sobrada razón de verla agonizar, muy aburridos de hallarse en plena Siberia entre literatos eminentes que fueron, pero que ya no tienen alientos ni ganas de renovarse ni de enterarse de lo que pasa al otro lado de los Pirineos. No es sino muy de loar que esos jóvenes se vayan en busca de vida literaria, fresca y flamante, adonde se barruntan que la han de hallar, siquiera hayan de atenerse á las revistas, y en vez de traernos un clavel esponjoso y lozano, nos regalen con un ramillete marchito y ya polvoriento.

Confesemos que en Francia florece la literatura como nunca, y que en España andamos agotados ha tiempo. Será un florecimiento el francés, en el cual haya no poca hojarasca que barrer, mucha madera que pide hierro, hartas matas que no se harían á nuestro temple, á ser traspuestas en esta tierra de fuego y de hielos. Pero el hecho es que la lengua francesa, con su cortedad de doncella y su claridad de aguachirle, va soltándose de sus clásicas trabas y coloreándose con sus ingenios modernos, cuyo estilo se atilda, se robustece, cobra nervio, soltura y delicadeza cada día; mientras que nuestro lenguaje literario, como dice Navarro Ledesma, se va avejentando y convirtiéndose en ropa vieja, que no entalla al psicologismo moderno. No que el habla castellana no dé de sí para todas las delgadeces y honduras del pensar de hoy, pues les bastó á nuestros clásicos para hilar más alambicadas sutilezas y calar más adentro todavía de lo que se figuran los que no los conocen; sino que nuestra poltronería y descaecimiento rehuye el trabajo de darle nuevo temple y sacarle los aceros, engastando en él las modernas ideas y acomodándolo al pensar que muda en matices con los tiempos. Si el lenguaje literario no sigue de cerca al pensamiento, llega un día en que se queda atrás, porque el pensamiento adelanta á la continua y no sabe quedarse estancado. El anhelo de esos jóvenes es, por consiguiente, muy loable y merecedor de aplausos. Enséñeseles, norabuena, el camino, en vez de ponerles tropiezos y tirarles del faldón de la levita; hágaseles ver cómo se podrán naturalizar entre nosotros las ideas artísticas extranjeras, haciéndolas españolas; pero ahogar esos alientos y matar esas aspiraciones, eso jamás. Toda aspiración en un joven es un germen caído en tierra virgen, que el sol primaveral ha de fecundar, si extraños estorbos no le hacen sombra ó la sequedad de la tierra no lo agosta. No seré yo quien haga tan feo oficio; antes desearía contribuir á esa lozanía y pujanza, que me hace simpáticos á cuantos veo ganosos de aprender y hasta de enseñar y de crear tal vez antes de tiempo. Las obras magistrales, fruto son de los años y de la discreción, los únicos que maduran una doctrina y asientan las ideas en el cerebro después de cernerlas, apurarlas y acendrarlas poco á poco, para que puedan contrastar el embate de todas las pruebas y pasar á la posteridad.

Pero si la rosa que aún no se ha abierto del todo, no ofrece en toda su galanura aquel rojo vivo que pintó el sol en sus pétalos, no por eso es menos agradable, antes más delicada, cuando saca su tímida cabecita de tierna niña del entreabierto capullo, y como avergonzada se para sonrosada y ligeramente ruborosa, con esos suaves matices que le dan mayor realce. ¿Que los jóvenes no han de crear una Divina Comedia ó una Iliada? Dejadlos hacer, que siempre serán brotes naturales los que de ellos salgan, y si les falta el vivo carmín y el rico aroma de la rosa, tendrán en cambio el inmaculado candor y el encanto no buscado del capullo. En España no hay simbolistas á la francesa, ni los habrá nunca; pero esos jóvenes buscan algo, y el simbolismo, que hasta en Francia ya pasó de moda, encierra algo que no estará demás escudriñar y poner en claro. Hablemos, pues, del simbolismo y de los simbolistas.