Yo veo en esas palabras el efecto de otra ilusión óptica del que mira el castellano antiguo como algo ya muerto, y lo coteja con el actual. Parécele que aquellos sufijos y aquellas formas, que hoy no tienen ya vida, eran como dañinos chupones en el tronco, que una Academia hubiera podido y debido podar. Los fenómenos lingüísticos del castellano de entonces, por no parecerse á los del actual, se le antojan como sin norma ni principios, cual excrescencias irregulares. Es otra ilusión: ésos son géneros que producía en aquel momento histórico la misma fábrica que hoy produce los que nos parecen más regularizados. No es mucho extrañemos los trajes y modas pasadas; pero lo mismo extrañarán mañana los de hoy nuestros nietos. Ni en Berceo ni en el habla vulgar de su tiempo se dió tal dualismo lingüístico; el que sí se dió y se da hoy es el apuntado después por el Sr. Lanchetas, y que el mismo Berceo da bien á entender: el del habla erudita, tomada del latín, que contrasta con el habla vulgar. Pero aquella habla vulgar, como la de hoy, créame Lanchetas que era muy regular, y tan sistemática en sus principios como cualquier otro idioma. Los dialectos literarios y eruditos, que en parte arraigan en el habla vulgar y en parte se les estira hacia otra lengua, como el castellano escrito hacia el latín, ésos son los que llevan en su seno la dualidad lingüística, la disparidad de tendencias, la hibridez de sistemas.

No hay que darle vueltas: el hombre es una gran cosa, sus obras son una grandísima cosa, pero la naturaleza es algo más grandísima cosa. Todo lo artificial es un juguete que remeda toscamente, y hasta de una manera visible, como un muñeco, á la naturaleza; y el habla natural es el habla del pueblo, y los muñecos que la remedan, todos esos pegotes de la erudición.

Es que se considera el idioma cual si fuera un artificio tan hechizo como la Literatura, distando de ella cien leguas. La Literatura, hablo de la erudita, como la Pintura y todas las demás artes, son, al fin y al cabo, muñecos, bebés, carrillos, toros, caballos de cartón, de madera, de cualquier otra cosa, menos de carne y hueso. Á la verdad que son juguetes de personas de edad, con los que muy honestamente podemos entretenernos. Pero no por eso hemos de parear, y aun preferir, los cartones pintados, los ojos de vidrio y aun el serrín embutido en el bebé, á un angelito que sola la naturaleza supo fraguar en el seno de una inconsciente é ignorante mujer. Sólo que, como cada cual alaba sus agujetas, desde que hay hombres, con todas sus necedades metidas en el cuerpo, se han forjado la candorosa opinión de que los muñecos que él se fabrica para su honesto solaz ó para sus apremiantes menesteres son más hermosos y acabados que los de la madre naturaleza. Por eso llama artes, cultura, civilización, progreso, á esos juguetes y á su manufactura, dejando para los salvajes primitivos el cielo estrellado y los prados vestidos de verdura. El niño se regocija y embebece con un caballo de cartón y se estremece ante un caballo que, sin darle cuerda, puede y sabe relinchar; la niña besuquea un burujo de trapos pintados y riñe con su hermanito chiquito. El habla vulgar es la expresión natural en la que vierte un pueblo sus ideas; el habla erudita, en cuanto de esa habla vulgar se aparta, son trapos y cintajos con los que, por un pudor mal entendido, queremos encubrir la belleza natural de las formas. Otrosí: el cake-walk parece tan saleroso y bonito danzado por estirados ingleses, como el latín que han traído los eruditos, pronunciado por un manchego. Pero quede aquí esta digresión.

Es un crasísimo error el creer que las lenguas tienen un período de formación en el que domina la anarquía; otro de perfección, y otro de caduca vejez. En cualquier momento histórico que se le considere, un idioma es un sistema único y, por consiguiente, acabado en su género; un instrumento de expresión no sistematizado, sino en plena anarquía, no ha existido jamás, porque no serviría para el caso, y porque el idioma no es una mesa que los bárbaros del Norte puedan desvencijar de un par de hachazos y dejarla coja; sino un instrumento de expresión que va evolucionando en mejor ó peor dirección, pero que está sistematizado y organizado en todas sus piezas, en cualquier momento histórico que se considere. Mirándolo en aquel momento hacia atrás, parece que aún se hallaba informe y sin acabar, y para cada época el idioma en las épocas precedentes se halla en vías de formación. De ahí todos esos epítetos que se derrochan contra las antiguas maneras de ser del idioma: Cicerón llamaba informe, bronco y rudo al latín de Enio; León lo repetía respecto del castellano del siglo XIV; Salvá respecto del del siglo XVI y XVII, y en el siglo XXI lo repetirán de nuestro castellano de hoy. Son ilusiones. Claro es que cada estado del idioma es preparación para los que le han de seguir, y en este supuesto puede decirse que se halla en un estado informe; pero tan acabado está en una época como en otra. Algo de esto parece tenía en la cabeza Lanchetas, cuando en la página 34, al describir la historia del castellano, llama á sus tres períodos Morfológico, en el cual se forma; de Perfeccionamiento fonético, y de Fijación. Lo más chusco en esta clasificación falsa, si las ideas anteriores no lo son, está en ese último término de Fijación. Ni el castellano ni ningún otro idioma llega á fijarse jamás; el día que se plante, es porque hay que cantarle sin remedio el gori, gori.

Otra ilusión todavía más generalizada, á pesar de ser más tonta. Por no haberse escrito en castellano hasta la época en que aparece el Poema del Cid, hay quien tiene la candidez de creer que el castellano no había nacido hasta entonces, y todo lo más se le concede un siglo atrás para que pudiera formarse. Y en esa candidez han caído nada menos que nuestros mayores eruditos; no hay para qué citar nombres. Como si la Literatura naciera con el idioma, ó no hubiera más idioma que el escrito. «Al primero (período), aunque no tiene comienzo bien definido, puede señalarse para su desarrollo la invasión de los bárbaros del Norte, y con especialidad el siglo VIII, que coincide con la venida de los árabes á España y la gran decadencia en la antigua cultura, y su término puede fijarse provisionalmente en el Poema del Cid». ¿No hay alguna punta de esa candidez en fijar estos dos mojones?

Para cuando vinieron los bárbaros, el castellano era ya tan buen mozo, que no le tocaron los nuevos huéspedes ni un pelo de la barba. De haberse formado el castellano por efecto de aquel choque, hubiera tomado no pocos elementos germánicos, y no ha tomado ni uno morfológico, y sólo cuatro términos, tan cuatro y contados, que tiene más del inglés que no del godo cogidos entonces. Menos me explico el segundo mojón, si no es por confundir el habla con la escritura. El tercero nos lo planta el año 1492, fecha en que se publicó la Gramática de Nebrija. Pero una golondrina, digo una Gramática, aunque sea la del más alto y esclarecido lingüista que ha producido España, como para mí lo es Nebrija, no hace verano. Precisamente el fonetismo castellano había de dar un vuelco tremendo desde Nebrija hasta principios del siglo XVII. El mojón había que ponerlo donde el vuelco se dió; y como las lenguas tardan años y años en dar un cuarto de vuelta para ese vuelco, el mayor que ha dado el fonetismo castellano durante toda su vida, necesitó nuestra lengua un siglo, años más, años menos: el mojón es todo el siglo XVI, pero no la época de Nebrija, en la que siguió el fonetismo antiguo.

«En el período morfológico, es decir, desde el siglo VIII, continúa diciendo Lanchetas, se consuma todo lo más esencial de nuestras flexiones; en él se transforma la declinación sintética y pospositiva en perifrástica y prepositiva». Con perdón de mi buen amigo, esa trasformación hacía tiempo se había ya verificado, como que se ve la enfermedad (y no ya los síntomas, que están en el antiquísimo uso de las preposiciones) desde que se conocen documentos del latín vulgar, y en la época del Imperio ya éste había sustituído los casos por preposiciones. «Se pierde la pasiva sintética y se uniforma, haciéndose toda ella perifrástica; desaparecen los deponentes, se pierden ciertos tiempos de la conjugación activa, y se crean dos nuevos futuros». Todo eso se ve ya iniciado hasta en los autores clásicos, y ya existía en el latín hablado de la época imperial, á pesar de la reacción que el lenguaje literario y oficial ejerció por entonces sobre el vulgar latino, del cual nacieron los romances. El día en que se disolvió el Imperio quedaba ya deshecho el latín, y de muy atrás habían comenzado á evolucionar las románicas, sobre todo el castellano, que fué de las primeras y que con el sardo conserva huellas del latín vulgar republicano, anterior á la formación de las otras románicas. El castellano puede asegurarse que nació y pudo bautizársele con su nombre de pila desde el primer momento en que el habla de los conquistadores pasó á labios de españoles de pura raza. Cuanto á la pérdida de la cantidad y al cambio del acento musical en respiratorio, es un fenómeno de la época imperial, y en España yo tengo para mí que jamás los españoles distinguieron las largas de las breves ni salmodiaron el latín. Los cambios de ŏ breve acentuada en uo, ue, y de ĕ breve acentuada en ie, son tan antiguos como nuestro romance, pues sería casualidad se hubieran formado tales diptongos en las vocales o, e, que habían sido breves en otro tiempo y que ya no se oían como tales.

Los fenómenos de asimilación y disimilación en vocales y consonantes fueron, realmente, efecto posterior de la eufonía castellana; pero las trasformaciones fónicas esenciales son tan antiguas como el castellano, el cual nació bastante antes de los siglos VIII y VII.

«El tercer período, dice, viene á ser como una especie de estacionamiento fonético y formal». ¿Es decir, que desde la Gramática de Nebrija ya no ha habido evolución fonética? Pues desde entonces hasta los comienzos del siglo XVII es cuando la hubo más pujante y extraordinaria que nunca, ya que varios sonidos, que Nebrija describe en su Ortografía, se perdieron, naciendo otros que él no conoció. Me refiero á los sonidos antiguos ç, z, x, g=i, y á los modernos z, j. Hoy no tenemos el fonetismo de principios del siglo XVI; de modo que no es exacto el que «los elementos que en el período anterior no terminaron su evolución fonética, por regla general quedaron fijos y estacionados, y hoy se hallan regularmente con poca diferencia de lo que eran cuando penetraron en el siglo XVI». Precisamente los cuatro fonemas indicados comenzaron entonces á perderse, originando otros dos nuevos, y h, f, ó ff, que hasta entonces sonaban como una aspiración que nada tenía de dental ni de labial, se cambiaron de suerte que h ya nada sonó, y f, ff sonó como labio-dental por influjo erudito del Renacimiento. No era nada lo del ojo y... los traía en la mano.

Al hablar de la analogía, vuelve el autor á su idea sobre el origen del castellano: «sin la barbarie de la Edad Media, las lenguas románicas son inconcebibles». Trae como ejemplo de la analogía la formación del pretérito en i conforme al tipo de partivi, partí, y cree encontrar en los documentos latinos de los siglos XI y XII esa trasformación: cadierit, por ceciderit; poterit, por potuerit; morierit, por mortuus fuerit; perdissent, por perdidissent; sequire, por sequi, etc. «Todo lo cual prueba que en las diferentes regiones de España, como si obedeciesen á una consigna, todos iban uniformando los perfectos y otras formas del verbo». Pero ese ¿era el castellano que se iba formando y uniformando? De aquella época tenemos nada menos que las Partidas y Berceo y el Cid, donde el castellano es castellano; eso es mal latín. La única consigna á que obedecían en toda España era la de no saber bien latín; y como lo que sabían era el castellano, escribían el latín castellanizándolo. El sequire estaba calcado en seguir; sequire no era del castellano; cadierit, poterit, morierit, ni las demás en erit, fueron jamás formas románicas, sino del latín clásico, que es lo que pretendían escribir los que tal escribieron; sino que no lo sabían bien. No es que iban todos á una unificando los perfectos castellanos; sino que, no sabiendo latín, al escribirlo les reteñía dentro de los cascos su román paladino, y les salía un latín romanceado.