No conociéndose los códices manuscritos que tuvieron á la vista el P. Sarmiento y D. Tomás Sánchez, y no habiéndose hecho la edición crítica de las obras del poeta riojano, trabajo indispensable que debiera haber precedido al de su estudio lingüístico, ha debido acogerse á las tres conocidas colecciones de los Sres. D. Tomás Sánchez, don Eugenio de Ochoa y D. Florencio Janer y á otras obras particulares por otros publicadas, llenando en cuanto ha podido esta falta de texto crítico y depurado con los conocimientos teológicos y bíblicos necesarios para interpretar á un poeta erudito-religioso, que en medio de las guerras y glorias nacionales de su época no salió de su rincón de la Rioja, tratando con los monjes como uno de ellos, aunque sólo fuera sacerdote seglar, y ocupado solamente en cantar el sentimiento religioso por sus dos caras, positiva ó del bien, y negativa ó del mal, de la gracia y del pecado, del cielo y del infierno. Pero, en lo literario, nos ha dado á conocer á Berceo D. Marcelino Menéndez y Pelayo en el tomo II su Antología de poetas líricos castellanos tan cumplidamente, que en pocas páginas al poeta castellano más antiguo que conocemos nos lo ha hecho ya familiar y agradable por la suavidad y delicada unción mística, por el realismo de la narración, por el candor del estilo, no exento de cierta socarronería é inocente malicia, y por la armonía con que supo combinar y disponer las palabras de su lengua, como dijo Puymaigre.

Lanchetas se ha ceñido á la parte lingüística. Para mí, lo más original, fuera de las doctrinas que ya conocíamos por su tratado del Verbo castellano, es el Apéndice que versa sobre la versificación de Berceo. Parece que para los postres ha querido reservarnos el mejor plato. El asunto es difícil y cuya solución nunca podrá pasar las lindes de cierta probabilidad; pero creo que el autor, enterado, como pocos en España, en los secretos de la Métrica antigua, y encariñado con esta cuestión, la ha aclarado cual ninguno. No hay que pensar en el pentámetro al querer buscar el origen del alejandrino. De ritmo dactílico, por su naturaleza y origen, puesto que derivó del epos ó exámetro, este metro exigía necesariamente la base de la versificación antigua, la cantidad prosódica. No sé cómo Sánchez, Amador de los Ríos y Revilla pensaron y se detuvieron en él. El dímetro yámbico cataléctico, compuesto de dos dipodias yámbicas, la segunda incompleta, con los golpes fuertes propios de los yambos en la segunda parte de cada uno de los pies, y precediendo el golpe más fuerte al que lo es menos, fué muy usado en los himnos eclesiásticos, por ser de los que mejor se acomodaban al principio de la nueva versificación, basada solamente en el acento espiratorio. Reunidos de dos en dos estos dímetros yámbicos, que rimaban por pares como el romance, es decir, que eran versos heptasílabos de rima consonante alternada en los pares, resultó la serie de alejandrinos. Desdoblando un cuarteto alejandrino, resulta, por el contrario, una octavilla de rima consonante en los pares:

Dabán olór sabéio
Las flóres bién oliéntes.
Refréscabán en ómne
Las cáras é las miéntes.
Manában cáda cánto
Fuentés clarás caliéntes,
En véranó bien frías,
En yviernó caliéntes, (Milagros, 3).

Compárese ahora con el Θέλω λέγειν 'Aτρείδας | Θέλω δε Κἁδμον ᾅδειν en dímetro yámbico cataléctico de la conocida anacreóntica, y con el himno ante Somnum de nuestro Prudencio:

Adés Patér supréme
Quem némo vídit únquam,
Patrísque sérmo Chríste,
Et Spíritús benígne.

Los hemistiquios esdrújulos alejandrinos corresponden naturalmente al dímetro yámbico acataléctico completo: «El fruto de los árboles» (Mil., 15), y «A sólis órtu cárdine» (Himno de la Virgen). El paralelismo no puede estar más claro. Lanchetas ha desenvuelto, pues, y redondeado la doctrina ya emitida por Bello y Benot, y la ha declarado con todo el aparato de la técnica métrica de Christ (Metrik d. Griech. und Römer).

Este autor emplea el término griego θέσις en el sentido etimológico en que lo emplearon los griegos, en el de golpe fuerte, que correspondía al bajar de la batuta ó dar un golpe con el pie en el suelo, conforme al tecnicismo de la música y de la orquéstrica, de donde tomaron sus términos los poetas. Lanchetas llama á ese golpe fuerte arsis, siguiendo á Bentley y Hermann, que lo tomaron de los gramáticos latinos posteriores (S. Isidoro, Orig., I, 16), los cuales confundieron los dos vocablos arsis y thesis, dándoles opuesta significación á la que entre los griegos habían tenido. Es lo único que tengo que advertir, además de los dos deslices siguientes que noto en este apéndice. En el final del verso, dice en la página 1.027, está la norma de nuestra versificación, «así como el de la metrificación clásica estaba en el comienzo de ellos» (de los versos). Y en el final, que es el que daba precisamente el tono. En la página 1.038 dice que el pentámetro «pasó de Grecia á Roma, donde se le usó también con el exámetro, pero destinado casi exclusivamente á los asuntos de carácter triste. De aquí el llamarlo también pentámetro elegíaco». Este nombre viene de elegos, que era el propio del dístico, compuesto de exámetro y pentámetro, fuera del cual nunca se empleó. Por lo demás, el elegos se usó en todo linaje de poesías, que nada tenían de tristes, tanto en Grecia como en Roma.

Del Vocabulario, lo que podemos decir es, que para los estudios lingüísticos del castellano nos hacía muchísima falta; bastantes etimologías habría que corregir; pero, por no entrar ahora en menudencias, lo dejaré para hacerlo en otra ocasión. Tampoco me detendré en particularidades tocantes al estudio gramatical del autor. Sólo sí me parece debo hacer notar algunos conceptos poco apurados vertidos en la Fonología, por ser de consecuencia y tocar al método.

El que mira una lengua extraña al través de un Diccionario y de una Gramática, natural es que se forme un concepto inexacto de esa lengua. El tal Diccionario es para él un almacén donde se guardan los términos; y la Gramática, un inventario donde, por orden de clases, se describen las particularidades de los mismos términos; esa lengua es una colección de objetos, determinados en número, hechos y acabados, que no admiten retoque. Semejante concepto del lenguaje es, sencillamente, una niñería. Un idioma no es más que un conjunto de temas y de sufijos; pero la infinidad de combinaciones de estos elementos no está ya hecha de una vez. El pueblo que lo habla lleva en su cabeza tantos conceptos generales como son esos temas, y tantas clases de relaciones como son esos sufijos; pero de la combinación de esos conceptos entre sí, y de esas relaciones entre sí, y de esos conceptos con esas relaciones surge un mundo ideal sin riberas, al cual responde otro mundo fónico tan sin cabo de vocablos que, al brotar cada nuevo concepto, lo viste de una forma sonora, resultando una nueva palabra, una nueva frase. Es, pues, el idioma, no un almacén de cosas contadas é inventariadas, sino una herramienta que puede fabricar, ó un campo que puede dar de sí cuanto necesite la mente. Es tan imposible que en un Diccionario puedan inventariarse todas las palabras, como que puedan almacenarse en un lugar, por grande que se le suponga, los géneros que pueden salir de una fábrica bien organizada. Además, renovándose las ideas de la sociedad continuamente, á la continua se renuevan las calidades de esos géneros.

Por eso, ó yo no entiendo este párrafo de Lanchetas, ó la idea que él tiene del lenguaje no es la que acabo de exponer. «Berceo floreció, dice, en un tiempo en que la lengua castellana no tenía para las transformaciones más freno que el de la comprensión de los que con él hablaban la misma lengua»; de donde infiere un dualismo lingüístico en el poeta riojano. Ese único freno de la comprensión, si freno ha de llamarse, lo ha habido siempre en el habla, sin que empezca para que los idiomas sean algo uno y bien trabado, sin esa dualidad lingüística, un verdadero sistema fónico.