El pueblo no pronuncia bien.—Aunque someramente, he procurado hacer ver en mis anteriores artículos que los que no pronuncian bien son los eruditos, cuando por mirar al latín se apartan de la pronunciación del pueblo. Las consecuencias de tal manera de pensar son tan graves, que no un artículo, sino un libro, estaría bien empleado en declararlas. Para mí nunca ha tenido sentido el símbolo ó cifra, empresa ó mote de la Real Academia Española. No digo que no lo tenga: los claros varones que en las primeras juntas del año 1713 resolvieron que el escudo y sello de la Academia, que con tanto acierto, y tan patriótico interés acababan de fundar, había de tener por cifra Limpia, fija y da esplendor, hubieron de saber muy bien lo que se hacían. Veamos si llegamos nosotros también á saberlo. Toda cifra pide se des-cifre. El crisol puesto al fuego alude, dice la primera edición del Diccionario (p. XIII) «á que en el metal se representan las voces, y en el fuego el trabajo de la Academia, que reduciéndolas al crisol de su examen, las limpia, purifica y da esplendor, quedando sólo la operación de fijar, que únicamente se consigue apartando de las llamas el crisol y las voces del examen». El crisol es, pues, el examen académico. Pero para que el crisol sea bueno, por lo menos es menester que sea de barro muy refractario: lo cual en nuestro caso entiendo que debe ser la fijeza y estabilidad de principios á que atenerse para juzgar y examinar los vocablos. Sin principios fijos el juicio no puede ser certero: quiébrase el crisol, y la materia fundida se derrama sin limpiarse el buen metal ni separarse de su escoria. Pues bien: la pronunciación vulgar va por un lado, la erudita por otro. El pueblo conserva sus vocablos pronunciándolos como los pronunciaron los antiguos españoles ó con las modificaciones debidas á la evolución lenta y natural; los eruditos de un golpe, sin encomendarse á Dios ni al diablo, sino todo lo demás al Dius Fidius de los Quirites, quitan ó ponen letras, admitiendo nuevos fonemas que riñen batalla campal en labios del desdichado labriego que se ve precisado á emplearlos. Luego, no hay principios, á no ser que se tengan por tales los del fonetismo latino, que caen tan bien al castellano como el traje romano al que dijimos se fuera á tomar el fresco un rato por la Puerta del Sol. No les bastará, pues, la mejor intención del mundo á los Sres. Académicos para que á lo mejor de la función no se les quiebre el cacharro entre las manos. Por sabios, discretos y bien intencionados que sean (¿y quién pondrá peros á los mejores hablistas castellanos?), tienen que volverse á sus casas sin haber limpiado dos adarmes de idioma castellano. ¿Qué digo? Sin haber logrado llegar á la indispensable fusión: porque faltó cacharro. Aquí sí que viene de perillas aquello de que No se quiebra por delgado, sino por gordo y mal hilado, que reza su Diccionario. Lo primero es lo primero, es decir, los principios, que lleven en una ú otra dirección el juicio de los examinadores.

Abro la última edición, en la página 370 leo: «Dotor, m. ant. Doctor. Dotrina, f. ant. Doctrina. Dotrinar, a. ant. Doctrinar». En la primera edición aquellos insignes Académicos pusieron dotor, dotrina, y no como anticuados, pues así lo pronunciaban ellos y el pueblo y así lo habían pronunciado y escrito los clásicos. Cierro para hacerme cruces con calma y espacio, y ¡para mi santiguada! me digo y pregunto: dotrino no lo hallo, y á buen seguro lo habrán dicho bastantes veces todos los Sres. Académicos; y al volver de la primera esquina oirán, aunque no sea á Luis Taboada: chica, voy en casa del Dotor. ¿Por qué se han dejado dotrino en el tintero y han anticuado los Académicos esos nombres que se oyen á cada paso? ¿Por creer que así limpiaban el castellano, convirtiéndolo en latín? No, porque se les quebró el cacharro, y esos nombres, que sin duda les había tocado estar en él, se derramaron por las calles.

En la misma página: «Doy (Contracc. de de hoy), adv. t. ant. De hoy, desde hoy». No es antiguo. En el habla vulgar se evitan este y otros hiatus. Sólo que los antiguos escribían como hablaban, que es lo que dicen se debe hacer, nada menos que Valdés y Nebrija y... todos los Académicos; y hoy queremos inventar una nueva lengua cuando escribimos, lengua que bien pudiéramos llamar culta-latiniparla, ya que no podamos llamarla española, por el hecho de apartarnos en ella del habla de los españoles.

No exagero: en toda la página siguiente (371) no hay más que una palabra de uso vulgar, dragón. Lo cual no quiere decir que se hayan de borrar las demás del Diccionario. El habla, como todos los organismos, necesita alimentarse durante su vida, el neologismo y el arcaísmo son condiciones indispensables de su existencia, son los materiales de su asimilación y desasimilación. Pero si el vegetal se mantiene de principios minerales y el animal de vegetales, el lenguaje tiene su mantenimiento apropiado, cada cual el suyo. Los términos antes de asimilárselos cada idioma los digiere dándoles el colorido fonético que le es propio. Doctor, doctrina son indigestos; dotor, dotrina dijeron y escribieron todos nuestros autores que tenían uso de razón y dice todo español que no ha sido tocado de esta enfermedad ya endémica. Claro está que doctor y doctrina diré y escribiré yo, como todo el que hoy escribe y habla cultamente. Pero convengamos en que los que trajeron esta epidemia, hoy convertida en endemia, hicieron mucho daño, puesto que dividieron en dos el idioma antes único, lo partieron por el eje. Los sabios Académicos ¿qué habrán de decidir entre tan encontrados principios? Atenerse á lo que yo, á lo culto y poner un anticuado á lo que no lo es. Esto significa más de lo que parece: es matar oficialmente, no sólo cuatro palabras, dotrino, que se omite, y dotor, dotrina, dotrinar, que se jubilan, sino el fonetismo castellano que es evitar ct. Y como el que á hierro mata á hierro muere, al portarse así con indefensos individuos, aunque sean golfos sin hogar lujoso y culto, se dan muerte á sí mismos: desechan ese principio fonético que les serviría para limpiar, fijar y dar esplendor, y se hallan metidos de cabeza en medio de un Babel: nosotros diremos doctor, el pueblo dirá dotor, pese á quien pese, y pueblo y nosotros diremos dotrino. Eso no es fijar, sino poner en danza unas y otras variantes; no es limpiar, sino revolver el cotarro; no es dar esplendor, sino oscuridad y vaguedad al idioma.

La primera edición del Diccionario dice que uno de los capítulos de su plan era «desterrar las voces nuevas, inventadas sin prudente elección, y restituir las antiguas, con su propiedad, hermosura y sonido mejor que las subrayadas: como por inspeccionar, averiguar». Nuevo es inspeccionar, como todos los que comienzan por la preposición in, que en castellano se hizo en, an, añadir de inaddere, entender de intendere, antruejo de introitus, amparar por imparar. Ese amontonamiento de consonantes en inspeccionar, tan parecido al de doctor, pugna con la sonoridad propia y natural que distingue al castellano entre todas las lenguas de Europa. Y esa sonoridad no es hija de la reacción latina, sino del fonetismo vulgar. Entre esas dos tendencias ¿á cuál nos atendremos? Á la más bárbara. Hoy todo el mundo progresa, que es una barbaridad.

La Academia Española no pudo mostrarse más modesta, discreta y avisada en esta solemne declaración. «El poner estas autoridades (en el Diccionario) pareció necesario, porque deseando limpiar, purificar y fijar la lengua, es obligación precisa que la Academia califique la voz...: pues con este método muestra la moderación con que procede, y desvanece las inventadas objeciones de querer constituirse maestra de la lengua...: que la Academia no es maestra, ni maestros los Académicos, sino jueces...; sólo da censura á las que por anticuadas, nuevas, supérfluas, ó bárbaras la necesitan». ¿Dotor es palabra anticuada? Ya hemos visto que no. ¿Doctor es nueva? Por lo menos para el pueblo, penes quem..., y para nuestros clásicos, que decían dotor. ¿Es doctor supérflua? Supongo que sí, habiendo dotor. ¿Es bárbara? Sí, aunque sea muy romana, y por el mismo caso de serlo. Bárbaro no es lo no latino, sino lo no idiomático en cada lengua. Barbarismo sería decir en castellano collocare por colgar, como decir en latín colgar por collocare. No hay, pues, reglas fijas. Repito que el cacharro se quiebra, y los Académicos no pueden limpiar ni fijar nada, mientras no desechemos esas prevenciones añejas, y estudiando bien el ingenio del castellano tengamos principios ciertos á que bandearnos.

¿Qué ingenio es ese del castellano? Si aquellos primeros Académicos, á pesar de su autorizado saber y juicioso aviso, declaran que no son maestros, menos lo soy yo. Ni es fácil, por lo demás, declararlo en unos artículos. Con todo, algo pudiera apuntar escudriñando y poniendo en claro esa misma pronunciación vulgar tan menospreciada. Si la sangre popular dicen los sociólogos que es la que renueva y vigoriza siempre la masa gastada de las clases altas, los lingüistas por su parte afirman que el habla popular ha de llevar siempre nueva vida, nuevos bríos, al lenguaje erudito y literario, so pena de quedar éste convertido en una lengua muerta entre los papeles de los literatos. Tal sucedió al griego y al latín clásicos desde el momento que dejaron de arraigar en los dialectos vulgares, y tal sucedería á nuestra lengua, si fuera creciendo esa divergencia entre el lenguaje escrito y el habla del pueblo español.

Los orígenes de la lengua castellana según un libro reciente

La Gramática y Vocabulario de las obras de Gonzalo de Berceo, obra premiada en público certamen por la Real Academia Española, acaba de salir publicada á sus expensas. Su autor, D. Rufino Lanchetas, no ha menester nuevos elogios. Bien conocido como uno de los buenos filólogos españoles, y como el que mejor ha comprendido la fonética del verbo castellano, en esta monumental obra de 1.042 páginas ha vertido todos sus conocimientos y erudición lingüística acerca de las evoluciones de nuestra lengua.