Hay ciertos principios fonéticos que rigen la idiosincrasia de cada idioma, y que arraigan en lo más hondo de la fisiología y de la psicología de la raza, contra los cuales las Academias nada pueden, si no es mostrar á veces un tremendo desconocimiento de las leyes y principios del lenguaje. De esos principios arrancan las leyes fonéticas que se observan dentro de cada idioma con una filosofía y regularidad que pasman. Contra esas leyes pretende levantarse el dómine, henchido de toda la arrogancia que le presta el nombre romano. El lenguaje no es la manifestación del pensamiento y de la razón individuales, ni aun de la prepujante arrogancia del dómine que se nos viene encima con todo el peso del Imperio cesáreo; es la manifestación de la razón y del pensamiento de una raza, de la raza española, que no es lo mismo que la raza latina. No es el lenguaje la voz de un individuo, aunque ese individuo se llame Cervantes ó Calderón, es la voz de la sociedad entera, mejor dicho, es la voz de raza.
El idioma es la propia é inmediata creación de un pueblo. Es el mundo ideal, en el cual viven las inteligencias de todos sus individuos, y cuya atmósfera común lleva á todos los pensamientos de todos, armonizando en íntima unidad el pensar y el sentir de los particulares, y haciendo latir de la misma vida espiritual todas las inteligencias. En sí mismo, el lenguaje es algo impalpable, que no vive en uno ó en otro individuo, sino en el conjunto de todas las inteligencias, en la fusión íntima del pensamiento, del espíritu de un pueblo con el material fónico de su idioma. El mayor talento queda aniquilado, cual gota echada en el océano, ante la potencia intelectual de toda la raza, acumulada en su idioma. Las tendencias fonéticas, que hacen evolucionar la pronunciación, siguen los mismos pasos, obedecen á los mismos principios, son tan producto de raza como el habla en su elemento ideal.
No pronuncian, pues, á capricho y de cualquier manera los tíos que hacen reir al erudito inconsiderado. No hay fenómeno en la naturaleza que no tenga su razón de ser; el acaso es la receta con que se consuelan el ignorante ó el perezoso. Esa pronunciación del rústico, que al gramático se le antoja corrompida, no es sino muy regular, harto más regular que la que él quiere enseñarle, aprendida del latín: obedece á leyes fonéticas tan ciertas y regulares como el movimiento de los astros, puesto que son producto, no del capricho individual, sino del carácter y de las tendencias fisiológico-psíquicas de toda la raza durante centenares de generaciones. ¡Cuán ridículo no aparece el gramático que, pagado de su latín, mejor ó peor aprendido, pretende dar una lección de pronunciación al pueblo! ¿Qué vale ese átomo de reflexión gramatical ante los principios de raza que le hacen pronunciar al rústico de una manera instintiva é inconsciente?
Se ha disputado y sigue disputando entre los partidarios de la Lingüística novísima y los de la antigua escuela de Bopp y Schleicher, sobre si las leyes fonéticas son leyes sin excepción. No basta para llevar la negativa el considerar la variedad fonética que distingue á los dialectos, la cual llega á veces hasta diferenciar el habla de dos poblaciones vecinas. Eso no arguye más que una cosa, que los factores han sido distintos en naturaleza ó en intensidad, y que á veces nos es difícil averiguar esos factores y la potencia con que concurrieron al efecto total.
Esa debatida cuestión de la universalidad de las leyes fonéticas tiene una solución clarísima, que sólo puede descontentar á los que se empeñan en buscar tres pies al gato. Por cuanto acabo de decir, el fonetismo de un idioma ha sido producto inconsciente de toda la raza. No se convirtió el latín materia en madera porque así se le ocurrió pronunciarlo á Juan ó á Pedro, como se le ocurre pronunciar un vocablo latino á un erudito, cuando lo trae por primera vez al léxico castellano. Si así fuera, á Antonio y á Esteban se les hubiera ocurrido pronunciar ese término materia de otra manera, lo cual no sucedió. La prueba es manifiesta: en castellano toda t intervocal se ha hecho d: luego no hubo tales ocurrencias individuales para que resultase madera y resultase mudo de mutus, y boda de vota, etc., etc. El individuo es impotente; los cambios fónicos resultan de toda la masa de la nación, provienen de causas comunes y generales, que arraigan en la fisiología y psicología, no del individuo, sino del pueblo, puesto en tales circunstancias y con su carácter y civilización propias. Pero, así como en un fenómeno físico entran á veces como factores muchas leyes físicas, hasta el punto de no poderse deslindar el influjo de cada una de ellas en la resultante total, y de que mucho menos se pueda prever un efecto determinado puestas varias causas, por ignorarse las que pueden intervenir en esta colisión y lucha de leyes y fuerzas, así es difícil llegar á conocer todas las leyes que intervienen en la producción de un fenómeno fonético, y mucho más el poder predecir de antemano la resultante de varias leyes fonéticas.
Las leyes obran sin excepción cuanto pueden. Si después su acción queda neutralizada por otras más ó menos opuestas, ¿llamaremos excepción á la resultante que no se atiene enteramente á las leyes que creíamos nosotros que únicamente intervenían? Llámense, si se quiere, excepciones: en este supuesto, la naturaleza es un caos, un montón de excepciones, no es un cosmos, un mundo ordenado. Pase ese término, como hijo de nuestra ignorancia; pero en la pura y cabal inteligencia del universo, ese término carece de sentido.
El rústico que dice madera hace uso de harto más profunda filosofía, bien que inconsciente, que el necio gramático que pronuncia materia. El gramático está solo con su capricho, con el capricho de pronunciar el castellano á la latina, que es capricho tan respetable, ciertamente, como el de aquellos ostrogodos que les daba por servirse de cráneos de difuntos para beber en sus festines. Ese gramático será un gran latino, pero también es un gran ostrogodo. En cambio el rústico se apoya sobre el inquebrantable cimiento de las leyes de la naturaleza, y tiene tras sí la masa imponente de toda la raza.
El infeliz se ve un día precisado á llamar al médico para que vea á su hijo que se le muere: señor Dotor, le dice. Y al grave Doctor con c se le escapa una doctorísima sonrisa. Durante diez y nueve siglos han evitado pronunciar todos los españoles el grupo ct, hasta lo evitaron los mismos eruditos del Renacimiento. No sé desde cuándo las personas cultas han dado en pronunciarlo diciendo Doctor en vez de Dotor. ¿Quién es el necio? En su primera evolución castellana ct dió ch, pecho de pectus, lecho de lectus, hecho de factus, lechuga de lactuca. Cuando después los eruditos trajeron nuevos términos latinos con ct, al llegar al pueblo, y aun entre los mismos eruditos, dejóse siempre la c y sonaban Dotor, dotrina y dotrino, afeto, bendito, maldito, y no bendicto, maldicto. Hoy día es tal la fuerza de la cultura, que aprovechándose de ella, los nuevos eruditos han conseguido que Doctor, doctrina, afecto, etc., lleguen á pronunciarse así á la latina, contra el ingenio del castellano, en la clase elevada y en la clase media; sólo quedan doto y afeto, ó afeuto (ó lo que ustedes quieran, con tal de no decir afecto) para el ínfimo pueblo, cuando se ve necesitado á emplear estos terminajos, que á nada les suenan, y sólo sí les descerrajan los oídos.
La costumbre es una segunda naturaleza; no me extrañará, pues, que aquí el gramático erudito vuelva á su tema: Eso, por más que digan, es corromper los vocablos. Corromper es un término muy vago, propio de épocas ignorantes en cosas de química: hoy se prefieren los términos mudarse ó evolucionar, ú otros más conformes á los nuevos conocimientos. Repito que eso es corromper los vocablos latinos, pero que también el mosto tiene que corromperse, si hemos de seguir saboreando el vino en nuestras mesas. Convendría que esos tales gramáticos, sin tener en cuenta la evolución que ha sufrido el vestido, se echaran la túnica y la toga, en vez de las prendas que acostumbren llevar, y se marcharan muy satisfechos en pernetas á la Puerta del Sol. Otras consecuencias, no ya vestuarias, sino puramente gramaticales, las dejo para otro día.