Pero le dió por saquear el vocabulario latino españolizándolo como pudo. ¡Gran letrado! Sólo que como pronunciaba mejor que el pueblo, no supo dar á esos infinitos términos latinos, que incrustó en su lenguaje literario, el corte y la pronunciación genuinamente castellanos. ¿Por qué? Porque lo genuinamente castellano es lo vulgar, la pronunciación castellana es la del pueblo, que fraguó nuestro romance. Juan de Mena pronunciaba, pues, y escribía, no mejor que el pueblo, sino horriblemente mal los términos latinos que nos regaló. Y claro está: cuando el pueblo al terciar con la gente culta se ve precisado á emplear algunos de esos términos, que le han querido regalar los eruditos, los estropea y corrompe. Pero los corrompe, como se corrompe el mosto en el lagar, para trasformarlos en términos castellanos, para darles el corte y la pronunciación que pide el fonetismo del castellano. Y eso sin reflexión ni principios; sólo por lo que se ha llamado genio particular del idioma, por ese carácter fonético propio de cada raza, que lo poseen las gentes que hablan cada idioma, las gentes del pueblo tan bien y mejor que las personas ilustradas. El labriego de tierra de Campos no se ha metido nunca á distinguir una letra de otra en su habla, no sabe si pronuncia m ó n al decir á su mujer que se va al campo, ni siquiera ha analizado campo en la raíz camp y en el sufijo o. Pero el que tenga buen oído, notará que ese labriego no dice campo, sino canpo.

Así lo pronunciaron nuestros padres, puesto que canpo escribieron hasta que se le ocurrió á algún erudito que en latín era campus, y que, por lo mismo, había que decirse y escribirse campo. Si se lo hubiera advertido á nuestro labriego, le hubiera tal vez respondido: «¿Y qué tengo yo que ver, ni qué tiene usted que ver con ese latín y con esos romanos de que usted me habla? ¿Son acaso los maistros que vienen de los Madriles? Porque entonces, bien podrá ser que tengan razón».

Hasta ahí llega la docilidad de nuestro pueblo, que da la razón á cuantos llegan de los Madriles ó ven que manejan la pluma ó que saben por lo menos leer. El sacristán, á quien acudían en tiempo de Sancho Panza para que les redactasen una carta, era un sabio profundo. ¿No lo había de ser, si sabía de letra? Y lo cierto es que los que tienen razón son ese nuestro labriego y los demás plebeyos, que os escucharán con la boca un palmo, y con movimientos afirmativos de cabeza, siempre que les habléis en nombre de los sabios, aunque esos sabios sean de los que saben muy á ciencia cierta que campo debe pronunciarse y escribirse con m y no con n. ¡Herejía ortográfica! Y dígame usted, por vida de los romanos, que bien podridos y repodridos estén en tierra, ya que no en gloria: ¿Usted pronuncia realmente campo con m? Repare un momento y pronúncielo usted con m, á buen seguro que se echa usted á reir. Como que tendrá usted que cortar el vocablo y decir cam po. Lo cual si es muy castellano, venga el labriego y lo diga, ó vengan los romanos, que son los que para usted tienen más voto en la materia.

Recuerdo que un tío, que tenía alguna confianza conmigo, en cierta ocasión, habiéndome oído pronunciar esta misma frase, se me quedó mirando sin pestañear, y luego murmuró entre dientes: ¡materia! ¡materia! Él no entendía por materia más de lo que sale de un dedo enconado ó de otra apostema por el estilo. Y eso porque los médicos han llevado el vocablo hasta las alcobas de los últimos barrios; que antes, digo, cuando los primeros españoles oyeron á los romanos el término materia aplicado á los materiales de construcción, les sonó á madera, y tal lo pronunciaron. Así corrompieron los españoles el latín, formando el castellano, y, según he dicho al principio, madera será vocablo mal pronunciado. Lo es ciertamente: latinamente, no castellanamente hablando. Los médicos, como gente sabiada, no han querido corromper tan feamente la materia latina al cogerla del Diccionario latino para expresar el pus, ni los literatos para expresar el asunto de una obra literaria. Pero el caso es que madera, si no es tan latino como materia, es en cambio más castellano. Toda t latina entre dos vocales sonó en España como d: lado de latus, pedir de petere, amado de amatus, verdad de veritatem, miedo de metus.

Tal es el ingenio fonético de nuestro romance. Los médicos y literatos tienen más ojo al ingenio latino: he ahí por qué después nos dicen que el pueblo corrompe los vocablos. Los corrompe, claro está, para mudarlos de latinos, como ellos se los traen, en castellanos. Pronuncia, no de cualquier manera, sino á la castellana; mientras que ellos quieren pronunciar á la romana. Pronunciar á la castellana llaman ellos corromper, echar á perder el habla. Tienen grandísima razón: es corromper, echar á perder el habla latina; pero ellos corrompen y echan á perder el habla castellana, pretendiendo que hablemos medio en latín y con pronunciación latina. Total, que el pueblo pronuncia mal para los que tienen por ideal el latín. Es chistosísimo: el ideal del idioma castellano debe ser el latín. ¿Y por qué no ha de ser el ideal del latín, que ellos nos traen, nuestro castellano? ¿Los muertos han de vencer y señorear á los vivos? ¿En la ley general de la lucha por la existencia sólo el lenguaje ha de andar patas arriba, quedando vencidos los sobrevivientes y vencedores los que sucumbieron? Eso es querer resucitar á los difuntos y matar á los vivos.

No parece, pues, tan cierto que el pueblo corrompa los vocablos y pronuncie de cualquier manera. Los que corrompen la pronunciación castellana y pronuncian de cualquier manera el castellano son los que, por pruritos de erudición, pero pruritos morbosos que exigirían una nueva soba ó un francesísimo masaje, pretenden que dejando el ingenio propio del fonetismo idiomático del habla de los españoles, resucitemos el ingenio fonético del latín, que murió hace ya una buena porción de días. La cultura literaria debe servir para elaborar rotundos períodos, si á alguno le gustan, ó abrillantar con vistosos epítetos y cortar y recortar de mil maneras la frase, y sobre todo para crear obras artísticas encarnando ideas peregrinas en el material lingüístico que el lenguaje ya hecho le ofrece. Pretender dar nuevo natural y otro colorido fónico á ese lenguaje, es mucha altanería y mayor insensatez. El pueblo, que labra y remuda el habla, hace uso instintivamente de una sabiduría tan honda, que desconcierta á cuantos se paran un momento á estudiar lo que un idioma cualquiera significa. Pero me llevaría demasiado lejos este nuevo punto de vista, y lo dejaré para otro día.


Al decir en mi anterior artículo que el lenguaje formado por el pueblo encierra profunda filosofía, no me refería á esa filosofía vulgar de dichos y refranes, que de ordinario más tienen de gramática parda que de filosofía moral ó metafísica, y que se deben al fin y al cabo á la reflexión, á algún individuo particular que tuvo una buena salida ó que supo cifrar en breve fórmula una verdad de experiencia, que ya estaba en el ánimo de todos.

Donde se descubre esa profunda filosofía es en el mismo lenguaje que inconscientemente elabora el pueblo, concurriendo todos á la vez, sin creer nadie que concurra en particular. Nosotros mismos, que al parecer conservamos el idioma castellano como nos lo entregaron nuestros padres, lo estamos sin saber trasformando, y no lo entregaremos á nuestros sucesores tal como lo recibimos. Compárese el habla del siglo XVI con la actual, prescindiendo de los escritos, pues la letra puede ser la misma cambiando la pronunciación: las diferencias saltan á los ojos. Hemos reducido al actual sonido j los dos sonidos franceses de j en jamais y de ch en chat, que ellos tenían y que hemos perdido, y á la actual z los dos sonidos, que ellos pintaban por ç y z, y que se distinguían entre sí y ninguno se pronunciaba mordiéndose la lengua. ¿Vamos á ser nosotros los primeros que podamos oponernos á la corriente que va trasformando incesante, aunque inconscientemente, el habla?

Ni cien Academias, ni todos los literatos juntos, podrían lograr que los españoles digan obscuro con b, Septiembre con p. Los mismos literatos y Académicos, cuando hablan como españoles, dicen oscuro, Setiembre, y los que mejor pronuncian dicen escuro.—¡Eso es del pueblo bajo!—Y... de Granada, León y Cervantes. Y no es que en esto haya evolucionado el castellano. En esto habrá evolucionado la reacción erudita, como en decir afuera por el ajuera vulgar, ó el ahuera del siglo XVI, que sonaba casi lo mismo; en decir fué por el jué vulgar ó hué antiguo; en decir fuerza por el juerza de la gente del campo y de nuestros literatos de antaño; en decir indigno por endino é indino, como los tíos de hoy y Calderón y Cervantes. Pero el habla castellana en nada de eso ha evolucionado, porque sería esa la evolución del cangrejo, sería volver al latín, cosa en que los españoles no tienen gran comezón por seguir á los eruditos.