[4] Tomo I, pág. IX.

[5] Pág. XIII.

[6] Pág. XIX.

[7] Grammaire des Lang. Romanes, tomo I, pág. 47.

[8] Para que haya donde escoger nos ofrece chiqui y exiguus en la última edición, y en el Suplemento añade cicum.

Idolillos de gramáticos

Es todavía muy corriente entre personas no iniciadas en la Lingüística moderna el creer que la gente del pueblo habla mal el castellano, que corrompe los vocablos y pronuncia de cualquier manera. Si esto es verdad, el castellano debe de ser una jerga horrible, puesto que antes de nacer la Literatura y de que ésta influyese en el habla vulgar estuvo nuestra lengua á merced del pueblo. Pueblo eran hasta los más linajudos señores de horca y cuchillo, que encerrados entre sus almenas en invierno y lanza en ristre, cabalgando por las tierras del señor vecino, en verano, estaban tan ayunos de lo negro, que apenas si sabían firmar, si no era con dos palotes en forma de cruz. Y pueblo fueron también los primeros españoles, que pronunciando malamente el latín, digo, pronunciándolo á la española, dieron origen á nuestro romance.

En su nacimiento y evolución durante muchos siglos, el castellano estuvo á merced de ese pueblo que habla mal, corrompe los vocablos y pronuncia de cualquier manera. ¿Acaso desde que nació la Literatura, el romance vulgar se ha pulido y perfeccionado? ¿Lo ha sacado la Literatura de manos de villanos quitándole esa corrupción con que nació y se crió y esa pronunciación aviesa de los que lo engendraron y criaron? Á mí, por lo menos, se me cae de las manos la Historia de la conquista de Méjico que escribió con mano muy enguantada el atildadísimo Solís, á pesar de lo que el asunto me halaga; y me voy en busca de escritores que tiran á copiar el habla vulgar, del autor de la Celestina y del Quijote, de nuestros primeros dramaturgos Juan del Encina, Lope de Rueda y Lucas Fernández. Juan de Mena, que salido del polvo, fué persona de cuenta en la corte, si se hubiera ceñido al habla que aprendió en Córdoba á las faldas de su madre, hubiera sido algo más ameno y castizo de lo que fué en su Laberinto y en su Coronación.

Eso de subverter muros, de Pierio subsidio, de ignoto, de vecina planura, de medios especulares, de magnos clarores, de templo immoto, de gran pudicicia ó inimicicia, de docta ductriz, de carbasos, de nueva pruina, de morir sepelidos, de rostro jocundo, etc., etc., sería todo lo jocundo que se quiera para los que creían que fuera del latín no existían más que lenguas bárbaras, las cuales era preciso pulir y ataviar con tales joyas; pero á los ojos de un español todas esas joyas no podían dar gran brillo ni tales terminachos sonar más que cual bronca y desapacible jerga ignota, poco ductriz de movimientos y de clarores poéticos.