¿Qué se entiende entonces por Filología y Lingüística?, porque ahora lo entiendo menos. Si fuéramos á atenernos á la etimología de estas dos palabras, y no al sentido en que se toman en el mundo literario, que es lo que tratamos de aclarar, no tendríamos poco que reponer. Filología vale afición al lenguaje; como Filosofía, afición á la sabiduría. Llevado de un sentimiento de modestia, se llamó á sí mismo por vez primera filólogo el eruditísimo Wolf, como por parecido sentimiento se había llamado filósofo el sabio Pitágoras. En otra acepción muy distinta usó el término filólogo Platón[1]; y el de sofistas ó profesores de sabiduría, aplicándoselo á sus propias personas, sus conocidos adversarios Protágoras, Gorgias y Compañía.
Lingüística suena propiamente arte del lenguaje; pero la Lingüística moderna no es un arte, es una ciencia del lenguaje. Para deslindar el sentido corriente que hoy tienen estos dos términos, menester será acudir á la Historia, puesto que histórica es la discusión del valor de cualesquiera términos, y más de los términos de que tratamos.
La Filología y la Lingüística son cosas muy distintas: la primera, es ya de antiguo abolengo, nació en Alejandría antes de la Era Cristiana, aunque tomó nuevos y desusados vuelos, y se la bautizó con este nombre, en Alemania por los tiempos del renacimiento de la Crítica; la segunda, es ciencia de ayer, nació el siglo pasado, de la Filología.
En la época del renacimiento de los estudios clásicos, renovóse, por decirlo así, el de la Gramática greco-latina, como base indispensable para los estudios de Humanidades y Retórica clásica, que tanto empuje tomaron con los bizantinos llegados por entonces á Italia. En aquel movimiento helénico, los ojos se volvieron á la antigua Atenas y á la antigua Roma; la belleza serena del Apolo de Belveder y de la Venus de Milo, los extremados poemas de Virgilio y Homero, las elegantes líneas y el viviente relieve de aquel divino Partenon, que resalta como una síntesis simbólica de la Atenas del siglo de Pericles en el riente azul del cielo de la Grecia, eran el único ideal artístico de aquellos cristianos, que olvidados de las fuentes en que habían bebido sus doctrinas los Santos Padres, abrieron con ansia los ojos á la nueva luz étnica que se levantaba á alumbrar el siglo de los Médicis y de León X, después de una noche de diez y ocho siglos. Todo el afán se ponía en remedar las obras clásicas, y era natural que la institución de la juventud siguiera la norma de los nuevos Quintilianos. Se necesitaba saber manejar el instrumento propio de aquel arte consumado, el griego y el latín; se quería hablar y escribir como Cicerón y Virgilio, como Demóstenes y Homero; así que la Gramática greco-latina y el ejercicio de composición se pusieron en práctica con mayor fervor que en los tiempos de Quintiliano y de Donato.
Pero aquel primer empuje, venido de fuera, sea que lo acabado del modelo hiciera caer el cincel y la pluma de mano de los artistas, desesperanzados de alcanzar lo que ansiaban, sea que la plasticidad y la galanura de la forma no llenase los anhelos que la cultura cristiana, más espiritual que plástica, más subjetiva que objetiva, más lírica que épica, había hecho nacer en los pueblos de Europa, lo cierto es que, llegado á cierta altura de su trayectoria, torció luego el camino, y volvió á entrar en la atmósfera del mundo cristiano.
El alma cristiana se había empapado del lirismo de David, de la profunda y filosófica poesía de Job y del Cantar de los Cantares; la elocuencia arrebatadora de los profetas, que lleva en alas de lo sublime misterioso á la vida inmortal y al reino eterno de Cristo, henchía el alma cristiana; y ni los dioses del Olimpo, ni las arengas del Foro lograron otra cosa más que despertarla de su adormecimiento y hacerla volver á la más honda inspiración cristiana, ó, por lo menos, al arte espiritualista del sentimiento, que de ella procede.
Esta inspiración, incubada en el corazón de las razas europeas durante toda la Edad Media, el romanticismo en lo que tiene de sincera aspiración y quitada toda la hojarasca de que hubo de vestirse en un principio, el arte subjetivo del vuelo hacia lo infinito, el arte del corazón, en fin, estalló y prendió fuego á los mismos dioses paganos y al arte clásico que le había servido de despertador.
Tras unas cuantas frías y amaneradas muestras que, más bien como alardes y escarceos de escuela, que como obras imperecederas de un arte espontáneo, dió aquel primer movimiento clásico, el romanticismo, el arte cristiano, brotó como por ensalmo y volvió á recobrar sus antiguos fueros. En vano las vallas francesas quisieron atajarle los pasos: el seudo-clasicismo, en que había de degenerar necesariamente el clasicismo al ser trasplantado entre cristianos, feneció con la mentida pompa de la corte de Versalles para no volverse á levantar jamás.
Á nuevo arte, nuevo instrumento: las lenguas nacionales tomaron el lugar y vez de las lenguas clásicas; porque el hervor y la vida no se dejaban encerrar en aquellas lenguas muertas, que no daban de sí nuevas formas sin mudarse por el mismo hecho y dejar de ser lo que eran bajo el sol de la cultura antigua. La inspiración romántica y moderna rebosaba en aquellos tiesos y viejos moldes, y la Gramática greco-latina sólo se siguió estudiando con la única mira de penetrar en la Literatura clásica, no con el de crear obras artísticas.
Pero precisamente mientras el griego y latín iban perdiendo tierra como instrumentos de hablar y escribir, acrecentábase su valer y dignidad, y hacíanse más fáciles, primero gracias á la Filología y luego á la Lingüística.