El movimiento romántico en las artes, y sobre todo en la Literatura, fué al principio algún tanto brusco y hasta brutal, como el de toda reacción; pero pasados los primeros ímpetus, se ciñó al renacimiento de las literaturas nacionales. Todas ellas, bañadas del espíritu cristiano y fraguadas en el crisol de la civilización europea, hija de ese mismo espíritu, se distinguieron hasta lo infinito por su propio natural, conforme á la manera de ser de cada pueblo. Shakespeare, Calderón y Schiller, nos ofrecen tres facetas muy distintas de un mismo prisma, por reflejar ingenios de pueblos muy diferentes, siquiera todos tres lleven el sello de una misma idea cristiana y de una misma civilización europea.
No paró aquí esta nueva tendencia literaria. Los europeos recorrieron el mundo, se entraron por todos los pueblos y razas, dieron sacomano, una tras otra, á todas las literaturas, y el rico botín tomó el nombre de Filología. Verdad es que sus más preciados tesoros el codicioso Renacimiento no los había podido desenterrar en Grecia é Italia: las antigüedades helénicas y latinas, apuradas y acrisoladas con el trabajo de la crítica, con el fehaciente veredicto de la numismática, etcétera, etc., encaminaron más derechamente al filólogo para conocer y penetrar el espíritu de las antiguas gentes y pueblos clásicos, harto más acabadamente que lo que alcanzaron los humanistas del Renacimiento. Pero, fuera de la Europa clásica, los estudios orientales descubrieron nuevos veneros en el hebreo, el siriaco y el árabe, el copto y los caracteres geroglíficos del Egipto; dieron con las desconocidas y no sospechadas lenguas y alfabetos cuneiformes de Besitun, Nínive y Babilonia; llegaron á señorearse de las ricas literaturas persa, china y japonesa; coronándolo todo el trascendental hallazgo de la lengua, de la literatura y de la sabiduría de los indios, que abrió la puerta á la comparación del sanskrit, del zend y de las lenguas europeas.
El estudio de la Gramática, dado de manos por los literatos, cayó entonces en las de los filólogos y más tarde en las de los lingüistas. No sirvió ya de mero instrumento para hablar ó escribir en lenguas muertas, sino para buscar los restos literarios de todos los pueblos de las pasadas generaciones, restos que nos daban á conocer las variadas manifestaciones del ingenio y de la belleza en toda la humanidad, no ya en un solo rincón de Grecia: la Gramática vino á ser el instrumento de la Filología. Y mientras la Estética nacía entre las manos de Hegel al abarcar con su mirada los varios monumentos que de todos los rincones del mundo le ponía delante el incansable afán de los filólogos; mientras la Psicología de los pueblos se delineaba ante la vista de los Steinthal y Lazarus al abrazar de una ojeada estos mismos monumentos de la humanidad entera; mientras la Etnología se aprovechaba de los datos aportados por los viajeros y descubiertos en los libros indígenas de todas las naciones; mientras la Literatura se iba embebiendo de todos los colores y matices que le traían las maneras de ver y fantasear de todos los pueblos, ¿quién se iba á entretener en aprender griego y latín para escribir ó hablar con los muertos, sino sólo para entender la Literatura clásica, como se estudiaban el sanskrit y el árabe, el chino y el asirio, el godo y el celta, para seguir el movimiento filológico más universal ó para crear obras de arte, cada cual en su lengua patria, allegando ideas y elementos estéticos de todo el universo? Otro fué, pues, el rumbo de la enseñanza gramatical en Europa, porque otras eran las miras á que se enderezaba, otro el gusto artístico que la dirigía, otro el espíritu que la alentaba.
La Filología es, pues, el estudio de todos los monumentos de un cierto pueblo, mayormente de los literarios, para calar más á fondo en el ingenio y las ideas, en el espíritu y la cultura, en una palabra, en la civilización de ese mismo pueblo.
Pero de la Filología nació la Lingüística. Al rebuscar y escudriñar las literaturas y los demás monumentos de las gentes que pasaron con el intento filológico de hacer revivir las antiguas civilizaciones, se preguntó el hombre pensador si no era por ventura el habla el de mayor momento y valía, el espejo que retrataba el ingenio y la cultura de cada raza, el tesoro de todos sus conocimientos é instituciones, la obra de las obras humanas, no sólo como instrumento literario, sino como monumento propio de cada raza y de cada pueblo. «Nada presta tanta luz á la investigación de los orígenes de las naciones, como el estudio de las lenguas», dijo Leibnitz. Y Creuzer: «El lenguaje es el documento más fidedigno de los pueblos». Die Sprache ist die treueste Urkunde der Völker. De esta suerte consideraron el lenguaje los fundadores de la Lingüística, Leibnitz, Hervás y G. Humboldt, y creyeron que en su estudio hallarían solución los más intrincados é interesantes problemas de Psicología, de Etnología, de Historia.
De aquí á mirar el lenguaje como objeto propio y particular de estudio, prescindiendo hasta de las luces que su estructura, sus palabras, sus conexiones con otras lenguas podían derramar en las investigaciones etnológicas, psicológicas, en una palabra, filológicas, no había más que un paso. Y ese paso se dió, y lo que antes había sido puro arte, se remontó á la categoría de ciencia, y el estudio de las lenguas, que hasta entonces sólo se emprendía como un medio para ser literato ó filólogo, que sólo era simple instrumento literario ó filológico, se tomó como objeto final y propio, constituyendo la Ciencia del lenguaje ó Lingüística.
La Ciencia del lenguaje ó Lingüística prescinde, por lo tanto, de cualquiera aplicación práctica que se quiera hacer de sus consecuencias á las demás ramas de la ciencia. Teniendo su objeto propio, es una ciencia ó arte, de cuyas conclusiones puede valerse el filólogo, ya para conocer el espíritu y la civilización de los pueblos, ya para aprender mejor la lengua que le ha de servir de instrumento en sus investigaciones propias.
El lenguaje es medio para el filólogo y objeto propio de estudio para el lingüista. Además, el filólogo sólo mira al uso de aquella lengua particular que le puede servir para su propósito; el lingüista abarca todas las lenguas en general, aunque se ciña á una sola familia, ó tal vez á una sola lengua; y no para usarlas, sino en sí, en su naturaleza, causas, mudanzas y origen, como término final de investigación. ¿Quién no distingue el oficio del droguero, que echa mano de los cuerpos para otros intentos, y las ciencias Química y Botánica, que se detienen á desmenuzar y estudiar las substancias y las plantas en sí mismas, y no por su aplicación práctica para confeccionar drogas?
Ya lo dijo bien claramente Castrén (Ethnologisch. Vorlesung, 3): «Die Sprachenkunde in ihrer hochsten, wissenschaftlichen Bedeutung, tragt den Namen Linguistik, und ihr Zweck ist die Sprache selbst als solche». «El conocimiento del lenguaje, en el sentido más elevado y científico de la palabra, se llama Lingüística, y su fin es el lenguaje mismo, como tal».
Muy de otra suerte se han desgajado en ramas especiales de la Ciencia filológica la Numismática, la Crítica, la Arqueología, etcétera; pues semejantes disciplinas, por más que se ensanchen, siempre quedarán como ayudadoras del filólogo y del historiador, siempre serán ciencias auxiliares; mientras que la Lingüística, aunque pueda servir, en parte, como ciencia auxiliar (puesto que en su aplicación utilitaria principal entra como indispensable instrumento de la Filología y queda bajo el dominio del filólogo y del literato), pero en sí tiene su objeto propio y dignísimo de estudio, que la convierte en ciencia aparte; bien así como la Zoología y la Botánica son ciencias separadas y no caen bajo el dominio de la Agricultura y de la Industria, aunque su principal aplicación práctica esté en la Industria y en la Agricultura.