Ni la regla de Clemencin, ni la de Salvá, ni la de Bello, se halla observada en nuestros clásicos. Cervantes pone el verbo en singular ó en plural, ya precedan, ya sigan varios nombres; véanse estos ejemplos: El buen passo, el regalo y el reposo, allá se inuento para los blandos cortesanos (I, 13, 41)[16]. El lenguaje no entendido de las señoras, y el mal talle de nuestro cauallero acrecentaua en ellas la risa, y en el el enojo (I, 2, 5). Ordenó, pues, la suerte, y el diablo, que no todas veces duerme (I, 15, 52). Esta marauillosa quietud, y los pensamientos que siempre nuestro cauallero traîa... le truxo a la imaginacion una de las estrañas locuras que (I, 16, 58). Y ya se â que sabe el vizcocho, y el corbacho (I, 22, 92). A los que Dios y naturaleza hizo libres (I, 22, 92). El calor, y el dia que alli llegaron, era de los del mes de Agosto (I, 27, 121). La hora, el tiempo, la soledad, la voz, la destreza del que cantaua, causô admiracion, y contento en los dos oyentes (I, 27, 122). Orden, y mandato fue este, que me puso (I, 27, 125). No me dio lugar mi suspension y arrobamiento (I, 27, 127). Pero a todo esto se opone mi honestidad y los consejos continuos, que mis padres me dauan (I, 28, 134). Mas la honesta presencia de Camila, la grauedad de su rostro, la compostura de su persona, era tanta, que ponia freno a la lengua de Lotario (I, 38, 171). Es (Camila) archiuo donde assiste la honestidad y viue el comedimiento, y el recato, y todas las virtudes (I, 34, 172). Porque en el se desengaño el mundo, y todas las naciones, del error en que estauan (I, 39, 203). De lo qual quedô Camacho y sus valedores tan corridos (II, 21, 80). Con las quales quedo Camacho y los de su parcialidad pacificos y sossegados (II, 21, 81). Consolado pues y pacifico Camacho y los de su mesnada (ídem). La esplendida comida y fiestas de Camacho (ídem). Y el con otro auian entrado en el monasterio (I, 36, 193). Otro, y otro le sucede (I, 38, 200). Yo me auendre con quantas espias, y matadores, y encantadores vinieren (II, 47, 176). Y aunque la hambre, y desnudez pudiera fatigarnos a vezes (I, 40, 208). Auia el, y todos nosotros de tener libertad (I, 40, 210). Y que podria ser, que el poco animo que aquel tuuo en el tormento, la falta de dineros deste, el poco fauor del otro, y finalmente el torcido juyzio del juez, huuiesse sido causa de vuestra perdicion (I, 22, 92). Las donzellas, y la honestidad andauan... por donde quiera, sola y señera, sin temer que la agena desemboltura y lasciuo intento la menoscabassen (I, 11, 34).
Este último ejemplo, y los demás en que el adjetivo parece chocar, prueban manifiestamente que tales concordancias nacen de tener solamente presente el vocablo más cercano, prescindiendo de los demás. No pueden atribuirse á erratas de imprenta los casos en que se falta á las leyes de los dichos gramáticos, porque son innumerables. Hay que confesar que Cervantes, siguiendo en esto al habla vulgar, no tenía por descuido, sino por ley, el concordar el verbo y el adjetivo con el sustantivo más cercano, en singular, prescindiendo de que precedieran ó siguieran otros sustantivos. Así en: «de lo qual quedó Camacho y sus valedores tan corridos», el verbo va en singular y el adjetivo en plural; ejemplo bien instructivo y fehaciente.
Son descuidos de Cervantes, se dirá. Pero es que en todos los clásicos se halla lo mismo.
Nuestros clásicos eran muy descuidados.
Entonces ¿para qué sirve la autoridad de los clásicos? ¿Para aceptar lo que nos guste y desechar lo que nos disguste? En ese caso no son ellos los que forman autoridad, sino nosotros, nuestro gusto, nuestras reglas à priori. Será más correcto lo contrario á nuestros clásicos. Pero ¿á qué se da el nombre de corrección? ¿Á lo que pueden legislar algunos gramáticos atendiendo á una lógica que ellos à priori se han forjado? Lo correcto en el habla es lo que se usa por brotar del ingenio del idioma. ¿Y por qué hemos de creer que es lógico lo que à priori se fantasea, y hemos de tener por poco lógico lo que el habla da de sí? Tan lógico es que la mente atienda tan sólo al sustantivo más cercano, para concordar con él el verbo ó el adjetivo, como que atienda á la suma total de sustantivos de la oración. El verbo ó el adjetivo se refiere en el primer caso tan sólo al sustantivo inmediato, y se suple el verbo ó el adjetivo de los demás sustantivos; en el segundo caso todos los sustantivos forman un todo lógico plural, con el cual concuerda el verbo ó el adjetivo. Esto es lo que no han considerado los gramáticos aludidos. Los hechos son muy respetables, harto más respetables que todas nuestras filosofías, que si en ellos no se fundan, se reducen á burbujas fantasmagóricas, á entes de razón. Esos entes de razón los creen sus autores de carne y hueso, los niños los aprenden á conocer por sus nombres en los bancos de la escuela, se familiarizan con ellos y, llegados á mayores, les parece oir una necedad de chiflados si alguien les dice que no hay tal. Esa necedad es la que acabo yo de decir. Yo mismo, como todos los demás, he creído por largo tiempo en tales patrañas, condecoradas con el rimbombante calificativo de reglas gramaticales. Cercioréme al cabo de su falsedad, busqué el origen que les dió la existencia, y no lo hallé. ¿Quién ha inventado leyes de concordancia tan acatadas? Del castellano no han salido. ¿Vendrán acaso del francés? El francés dicen que es muy lógico y muy claro. De la lógica ya he hablado. Esa claridad del francés se me antoja á mí como la del agua; pero... mejor es el vino que el agua, como dice el dicho vulgar. La claridad, cuando proviene de pobreza de elementos y de rigidez de movimientos, no es cosa muy de alabar. Eso es como el hombre libre que envidia al encarcelado, porque todo lo tiene conforme á ordenanza, de antemano. Prefiero la libertad castellana, que es tan lógica como el libre pensamiento.
No faltará alguno que crea que esas reglas de concordancia no son exclusivas de nuestros gramáticos, sino naturales, necesarias en toda lengua culta, y aun quién sabe si se llegará á sospechar que existían en latín. No estará, pues, de más advertir que en latín no existen semejantes trabas. Dice Cicerón (Ad famil., 9, 18, 2): «Pompeius, Lentulus tuus, Scipio, Afranius foede perierunt»; pero también escribe (De offic., 1, 13, 81): «quom tempus necessitas que postulat». Terencio (Andr., 54): «aetas, metus, magister prohibebant»; pero también (Ad., 340): «tua fama et gnatae vita in dubium veniet». Lo mismo precediendo el predicado: «in omnibus rebus difficilis optima perfectio atque absolutio» (Cic., Brut., 36, 137); «dixit hoc apud vos Zossipus et Ismenias, homines nobilissimi» (Verr., 3, 42, 91).
Y no hay autor latino que no tenga idéntico criterio. César (De bello gal., 2, 19, 1): «ratio ordoque agminis aliter se habebat». Salustio (Cat., 52, 6): «libertas et anima nostra in dubio est». Livio (10, 20, 10): «caedes ac tumultus erat in castris». Tácito (Hist., 475): «urbem atque Italiam interno bello consumptam (esse)».
¿De dónde, pues, se ha sacado tan tradicional y consagrado principio de concordancia? No es fácil averiguar quién fuese el primero que dió en él, porque todos los gramáticos, salvas raras excepciones, parece que han llevado unas mismas antiparras. De dónde se haya sacado ya es más fácil decidirlo: del espíritu apocado y atado de los del oficio.