Otras veces el mote se refiere á una muletilla del individuo, ó á un caso particular, cuya historia se conserva entre las gentes del pueblo, ó no se conserva. ¡Cuántos motes no pasan de padres á hijos olvidándose el motivo que los originó! Tal es la fuente de muchos apellidos, y la razón del de ó de la silbante en los patronímicos castellanos. Juan de Diego es un Juan hijo de Diego, Láinez es el de Laín, Pérez el de Pero ó Pedro, López el de Lope. El hijo del rey Silo se llama en un documento de su época Siliz, el de Silo. Márquez es el hijo de Marco, Álvarez el de Álvaro, Domínguez el de Domingo. Pero de los patronímicos, y en general de los apellidos, habría que tratar por separado.
Los apellidos son motes que por su antigüedad han perdido ya la razón de su significado. Por eso el pueblo que gusta de llamar las cosas por sus nombres, quiero decir, no á ciegas, sino por nombres que les convengan, no hace caso de los apellidos é inventa motes de continuo. Los apellidos ahí se quedan para el Registro y para la sociedad, que vive de convencionalismos y rutinas. El pueblo no vive como ella de sangre gastada hasta tomar ese tinte azul de que se paga la nobleza; vive de sangre fresca, bien roja y bullente. Y así como no quiere vocablos de extranjis, que para él es letra muerta, aunque vengan de Roma y Atenas, porque los considera como pelucas y otros armatostes postizos, y como tales los trata, estropeándolos cuando se ve precisado á tomarlos en sus labios, así tampoco hace caso de apellidos, ni nombres, si no son de su hechura y pintan al individuo.
No faltan eruditos que menosprecien toda esa vida, todo ese realismo, toda esa verdad que encierra lo popular, y que prefieran lo que se llama de buen tono, correcto, atildado.
De gustos no disputaremos. Yo tengo por de mejor tono, por más correcto y atildado, el árbol que comienza á echar sus frutos, el joven de quince á veinte años, el modo de decir que espontánea y naturalmente nace en labios del pueblo y que tiene su arraigo en el idioma tradicional y propio, porque ese árbol, ese joven, ese decir, son brotes naturales llenos de savia y de vida. Los viejos robles son mejores para quemados en invierno, que nos den calor; los ancianos son más de respetar y oir como consejeros; los vocablos de la veneranda antigüedad, para leer los autores que los emplearon y para estudiar la psicología de los pueblos que ya pasaron.
Por eso á otros causará risa; á mí me sabe á poco el siguiente cuento que trae Polo y Peyrolón, que ni siquiera lo es, porque yo mismo lo he presenciado, mutatis mutandis, y lo habrá presenciado cualquiera que sea un poco observador de las costumbres populares. Reunidos en cierta ocasión los cofrades de San Roque en la casa rectoral del pueblo de Tramacastilla para celebrar una junta, quiso el párroco cerciorarse de la puntual ó escasa asistencia de los asociados, y al efecto tomó el libro de los cofrades y fué leyendo, uno por uno, sus nombres y apellidos. La sala estaba llena, y nadie, sin embargo, decía esta boca es mía.
—Hombre, muchos faltan—observó el señor cura, dejando de leer.
—¡Ca! No, señor—contestó el maestro de escuela.—Déme usted ese libro.
Nada comprendió el párroco, pero obedeció.
—Cuquita—voceó el maestro, principiando la tarea.
—Presente.