El sapientísimo Fray Luis de León nos da una muestra de su sabiduría en el libro de Job (16): recoge la ira en sí, como si fuese el ganado que se le desmana, y mejor fuera; poner leña á la cólera, que si antes era ganado, ahora es fuego; regaña los dientes, aguza los ojos, que por supuesto no tienen punta, aunque lo diga Su Reverencia; enclavar los ojos en él, y sostengo y resostengo que siguen sin punta ni cabeza; le pone fiera la cara, le saca el enojo afuera por los ojos. Todo eso dice ó quiere decir que significa enfadarse, cosa enteramente psico-física del ánimo, que no tiene que ver con clavos, puntas, dientes, leña, fieras, cara ni ojos, más que con las nubes de antaño. Se iría con el alma en los dientes, dice Quevedo (Cuent.), para lo mismo; y miren que tiene bemoles eso de atascarse y tenerse que sacar con palillo de entre los dientes el alma. Pero los españoles debemos de ser gente de malísimas pulgas y de un genio de todos los demonios, porque las expresiones para indicar el enfado no paran aquí, ni con mucho, y todas son á cual más descabelladas. Castro en su Reformación cristiana dice (tr. 4, c. 4): es más desabrida y amarga que la misma muerte, aunque nadie se ha comido á la muerte, ni por acá nos comemos á persona viva ni muerta para saber si es desabrida y amarga. Su malicia, añade, te hace gemir con la carga, no habiendo quien se eche á cuestas la malicia de nadie. La Palma en la Historia de la Pasión (c. 2): revolvió como víbora, con rostro fiero y voz desentonada dijo, mirando con los ojos turbados y encendidos: ya se ve que eso de enturbiarse y encenderse los ojos son mentiras elegantes. Fray Juan de los Ángeles en el Diálogo 4: tomó un poco de cólera diciendo eso, como tomaba él tal vez un polvo de rapé; se me enciende el corazón, sin quemarse; se me afloja el alma viendo, figúrense ustedes si es flojera. Solís en la Conquista de Méjico (l. 1, c. 8): Mezclóse el alborozo con el desabrimiento, como si el genio fuera algo de comer; estaba fuera de los términos razonables, y probablemente no se meneó de su lugar. Torres en la Filosofía moral de príncipes (l. 7, c. 9): abrasarse con el fuego de la ira, que ni es fuego ni abrasa; embriagarse con el enojo; la ira arrebata la razón y le despeña; abrir la puerta al cierzo de la ira; la ira le hace dar por las paredes como ciego; y en el libro 24, capítulo 7: le sacó de sus casillas, donde no sé quién le había metido; al más sosegado sacan de su paso. Estebanillo González en su Vida, dice por enfadarse: echando el bodegón por la ventana, que ya es echar, con mesas, vasijas, vino y borrachos y toda la jacarandana. Cervantes (Quijote, I, 14): le haré despertar la cólera, como si fuese cosa dormida y sosegada. En la Pícara Justina (f. 200): ni la ayudara aunque la viera echar los bofes, tal debía de soplar de puro enojo; comenzó á meter fagina y echar de bolina y decir fanfarrias (ídem, fol. 132), donde se mete á soldado, á marinero y andaluz. Correas (Vocab., l. Q): quísome comer los ojos, ¡ya es hambre!; agotar y apurar la paciencia (l. S), sacar de paciencia, de tino. En la Celestina: no me hinches las narices con esas memorias; en las narices mora, según esto, el enfado. Solórzano (Donaires del Parnaso): me deshago y me destrizo. Ovalle (Hist. chil., 3, 3): para echar de sí el miedo, comienzan á patear el suelo; se revisten todos de un gran furor. Quiñones (El murmurador): no hay cosa de que no se pudra; traigo la sangre requemada. Todo eso, si es enfadarse, es un enfadarse muy raro.
Fray Laurencio de Zamora, cisterciense, en su Monarquía mística de la Iglesia (l. 1, sím. 6) escribe: Comienza la tierra á vestirse de hermosura, por manera que antes estaba desnuda; ¡desvergonzada! Pero oigamos al Donado hablador (p. 2, c. 2 y 3), que llama al desnudarse quedar en carnes, en pelota. ¡Habráse visto! Pues ¿en qué iba á quedarse? ¿En huesos? Y lo de comparar un hombre desnudo á una pelota es chistoso. Apeó la dificultad y dió alcance á la dificultad, dice Correas (Vocab., l. A), que significan entender, como si eso se hiciese con los pies. Fonseca convierte en árboles las banderas, y se queda tan satisfecho: enarbólanse banderas (Vida de Cristo, p. 1, c. 31). Aguado convierte una azotaina en jubón: Se le ajusta al enemigo un jubón de azotes (El perfecto religioso, p. 1, tít. 7, c. 6). Don Oton Edilo Nato de Betissana en el Epítome de Guichiardino (p. 45) llega al descaro de convertir al Papa en lo que oiréis: Remover el embarazo del Pontífice, y eso que dicen que es elegante y castizo escritor. Nuestros castizos y elegantes escritores hicieron, pues, mangas y capirotes del castellano. ¿Á quién, sino á Quevedo, en el Cuento de cuentos, se le ocurre decir que andaba ya de capa caída? Pero lo que no puede creerse, aunque lo diga de Dios el Obispo de Astorga, D. Antonio de Cáceres, en su Paráfrasis de los Salmos (salmo 17, fol. 31), es que apretó y estrujó los cielos para que diesen jugo, y que con cielos y todo se bajó á nosotros, como si Dios fuese uno de esos que pisan las uvas y luego un jayán de cordel que se viene con los cielos á cuestas. Este Obispo tenía rarezas muy suyas; dice que hace Dios chispear el cielo (fol. 30), como si ardiese, y que por un oído les entra y por otro les sale, como si la cabeza estuviera horadada, y dice en nombre de Dios de los malos tales necedades como estas: se atan las manos con su ingratitud, han querido apurarme, hacerme dar la cuerda. Según Fray Pedro de Vega, en el salmo 1.º, hay quien ve la muerte al ojo, y añade que qué alborotada saldría aquella alma de las carnes. Realmente estas son chocheces, como lo que escribe Sigüenza en la Vida de San Jerónimo (l. 6): que el alma rompió las cuerdas y desasida voló como paloma cándida á las moradas eternas; y ahora me explico yo por qué algunos dicen que la religión católica es religión de un estado muy niño de cultura, cuya época ya pasó. La culpa la tienen estos reverendos frailes que florearon tanto en sus expresiones, como si hablasen á niños, siendo así que la Humanidad ha dejado ya, como se dice, de ser niña, y ha llegado á su madurez, que sólo se paga de verdades y pensamientos, no de imágenes y símbolos. Dice Luis Muñoz en la Vida del P. Granada (l. 2, c. 15) que se venía acercando á paso largo la muerte. La muerte no viene á paso largo ni á paso corto; no es más que el echarse á perder la máquina del organismo humano.
Y en esto hasta los que no eran frailes desbarraron, pues Torres de Villarroel, el famoso confeccionador de almanaques, catedrático de Salamanca, en un soneto á Mejía dice que Un mulo allí levanta sus resuellos. ¡Qué ha de levantar, hombre! Lope en su Filomena (f. 72) ya había dicho que se lleva de un aliento tres pliegos de un romance; pero Lope, aunque clérigo, era poeta; lo mismo que Alonso de Fuentes, que hizo de filósofo en la Suma de filosofía natural, cuando escribió: Los que tienen calenturas alientan muy recio, como si el aliento fuese delgado ó recio como una tela ó una tabla. Poetas y filósofos han pertenecido siempre al gremio de los orates. León, que era fraile, filósofo y poeta, pudo decir (Faces) que es gracioso en los ojos de Dios, atribuyendo á Dios ojos, lo cual es muy poético, filosófico y frailuno; pero no deja de ser una mentira, y en ello convendrán los mayores entusiastas de Fray Luis, y aun toda la Orden de San Agustín. Pero que todo un Príncipe de Esquilache estampara en sus obras: Del alma humilde dilaté los senos, es cosa que no se puede tolerar, pues sabido es que no tiene tales senos dilatables ni por dilatar el alma. El mercenario Fray Hernando de Santiago en su Cuaresma (serm. 5) dijo de la rosa que queda lacia, mustia y melancólica, como quien está de mal humor, cosa que á las rosas no se puede atribuir; y el agustino Pedro de Valderrama en su Teatro de las religiones (serm. 1) dijo que un rayo de sol quema y abrasa las flores, que aunque el sol queme y abrase, no sé yo quién habrá visto flores ardiendo por causa del sol; pero al cabo fueron frailes. Mas que Ibarra en la Guerra del Palatinado (l. 4) escribiese seguir la derrota del pueblo, sabiendo que en las cosas de la guerra una derrota es... pues una derrota, téngolo por descuido incalificable.
Melo, de quien se dice que es gravísimo historiador, me parece algo fanfarrón y muito portugués cuando lanza estas exageraciones (Guerr. de Catal., l. 4): Todo el suelo era sangre, todo el aire era clamores, no se oían sino quejas, voces y llantos, todos mataban, todos se compadecían, y todo eso es filfa retórica y mentira calificada. ¿Cabe mayor desenfado, mayor ceguedad y mayor tontada que esta frase de Anastasio Pantaleón de Rivera: La vez que me kirieleisan, responsan y parcemican (P. 2, rom. 21)? Sí, lo de Jacinto Polo (Obr., p. 224): me llevaron en diablandas, en un diablamen nos pusimos allá. Hay quien tiene estas majaderías por expresiones galanas y hasta divinas, Pero
¿No fuera harto más claro y más divino
llamar á cada cosa por su nombre
y decir al pan, pan, y al vino, vino?
Góngora (Rom. burl., 4) nos viene con que Le bebían las palabras, Rebolledo (Ocios, egl. 3) con que Las miré tanto que ni pestañeaba el pensamiento, Estebanillo (c. 10) con que Me dejó hecho estatua de Baco en el jardín de Flora, Santa Teresa (Vida, c. 18) con que Es mi intención engolosinar las almas, Nieremberg (Obras y días, c. 42) con Comprar voluntades, feriar corazones, Lope (Filomena, 158) con que Es vanidad ingerta en bobería, Correas (Vocab., l. C) con caerse la baba á uno.
Y para decir sencillamente callar ¡qué de circunloquios hueros, qué de tonterías babilónicas, qué de pamplinas pamplináceas nos regalaron nuestros palabreros clásicos! Cuando lo más á propósito para expresar el callar parece debía ser hablar lo menos posible. Burguillos (Gatom., s. 1) dice sellar los labios, cual si fuera carta la boca. Tejada (L. pro., 1, 37), no contento con esto añade: Lleva cada uno en la boca para sellar el silencio una piedra; y luego nos reiremos del helénico tener un buey sobre la lengua. Santo silencio profeso, dice Quevedo en la Musa 5, á pesar de ser tan hablador que no acaba de charlar para indicar el silencio. Así en La Providencia (tr. 3): no permitir voz alguna á su inocencia, enmudecer los acentos de la fragilidad humana, no gastar palabras, servir de aplauso á la calamidad callando, asistir á uno con el silencio; en el Cuento de cuentos: El padre no hacía sino chitón, como entendía el busilis, ni chistó ni mistó. Él no dijo esta boca es mía, y tieso que tieso; en los Riesgos del matrimonio: La lengua y las palabras se me hielan. Cervantes entre otros mil despropósitos dice: Punto en boca y atended (Novel. 8), morderse la lengua (Quij., II, 23), casi no he hablado palabra hasta ahora (ídem, c. 1), él se diera tres puntos en la boca y aun se mordiera tres veces la lengua (ídem, I, c. 30), díjole al oído que no descosiera los labios (ídem, II, 69), no se probará que haya desplegado el labio donde yo hablo (II, 12), nos hemos de coser la boca (I, 25), depositar una cosa en lo más escondido del silencio (El am. liber.). Si tal despotricaron los maestros, ¿qué harían los discípulos? Aguado dijo: Sepulte su boca (Per. rel., 2, 10, 10), tener enfrenada la lengua (ídem, 3, 6, 2), guardar cerrados los labios, poner guarda á la boca, poner freno á la boca, poner sello á los labios (ídem, c. 4); Quiñones (Las Civilid.): Sin chistar, sin paular y sin maular. Correas llega hasta la ridiculez: dice que callar puede expresarse por coser la boca y coser la boca á dos cabos (Vocab., l. C), como si uno no bastara; y: No dijo ni oste ni moste, No hubo ni chuz ni muz, No dijo ni uste ni muste, No despegó la boca, No desplegó la boca, No dijo esta boca es mía (l. N); y: Tener la barba queda, Tener la boca llena de agua (l. T). ¡Habráse visto palabrería, y charlatanería, y parlanchinería! Pusiera á los labios el candado y á las puertas el cerrojo, dice hasta el grave de Esquilache (Rim., r. 230). Zamora (Monar., 3, 3) dijo: Vivir á la sorda. Calderón: Suspender la voz, Ten el acento, etc. Estebanillo (c. 7): Dime un centenar de tapabocas, Poniéndome la planta de las manos en los labios. En la Pícara Justina (l. 2, p. 2, c. 2): Tenía caídas las golillas de pura vergüenza, Tragaba saliva á duras penas; Nieremberg (Obr. y días, c. 20): echar grillos á la lengua. En fin, que fuera el cuento de nunca acabar, si sobre el callar hubiéramos de decir cuantos dislates vinieron al magín á nuestros parleros clásicos.
Acabemos, pues, aquí esto de las extravagancias del lenguaje entre ellos, y dejemos para otro día otras de no menor calibre del lenguaje en general.
El lector ha leído este artículo, y se figura que todo él es una pura guasa y aún me tildará de poco avisado en haber sostenido tan á la larga el tono irónico. Pues, desengáñese. Si cree que es ironía, y que de hecho el lenguaje no está lleno de barbaridades, se engaña de medio á medio, y yo he logrado cogerle como á un chino. Yo lo habré hecho muy mal; pero mi intención era expresar lo que siento, que nuestros clásicos dijeron mil necedades, que hicieron con el lenguaje cien mil barrabasadas. Que en este hecho se encierra un problema, no lo negaré, y precisamente lo he querido exponer para discurrir acerca de él y ver de soltarlo, si fuere posible, en otro artículo.