Mucha filosofía dicen que atesoran las lenguas. No lo negaré; pero también hay que añadir que encierran no menos disparates y extravagancias. De éstas me toca hablar ahora, y para que no se crea que sólo se les escapan á la gente rústica é incivil, la tomaré con lo más granado de entre nuestros escritores clásicos. Digo que nuestros encomiados clásicos fueron los hombres de más disparatada sesera que Dios echó al mundo. El famosísimo Dr. Laguna dicen que tradujo elegantemente á Dioscórides. Mi buen amigo, el también Dr. Olmedilla, escribió un folleto sobre tan venerable varón y lo pone como uno de los primeros, si no el primero, de los médicos del siglo XVI. Y efectivamente lo fué del Emperador Carlos V y del Papa. Pero no le vale á Laguna el haber sido todo eso, ni el que lo celebrara Cervantes, ni el que escribiera su elegante traducción en la misma quinta Tusculana donde Cicerón había escrito sus filosofías. Cuájanse con frío los metales, dice Laguna (Diosc., 5, 44). ¿Qué mayor disparate que decir todo un Doctor en medicina, médico de Carlos V y del Papa, que los metales cuando están en fusión se tornan cuajada? Merced al cuajo se convierte en cuajada, se cuaja la leche. Echad un poco de cuajo, viene á decir el Doctor, en los metales fundidos, y hételos hechos cuajada. Pues permítame el Sr. Doctor, médico de Carlos V y del Papa, que le diga que eso es un solemnísimo disparate.

La frase debió de caer en gracia, pues otro disparatadísimo Doctor estampó en un libro devoto: Las perlas se cuajan con el rocío de la mañana. Y si esto parece declarada locura, que el rocío haga de cuajo y las perlas sean cuajada de leche ó de otra cosa, con razón se tiene por locos á los poetas, que repiten lo de que el rocío son perlas que brillan sobre la yerba, y que ésta amanece aljofarada, y locura de remate fué la del más loco de todos ellos, del celebrado Garcilaso, cuando ordenó á las ovejas que paciesen la yerba aljofarada. ¡Lindo rechinar de dientes se oiría en un rebaño de 200 cabezas, con el áspero masticar de esas perlillas que llaman aljófar! En la Histórica relación del reino de Chile amontonó juntos todos esos disparates el P. Alonso de Ovalle: Esta yerba se cubre el verano de unos granitos de sal, como perlas y aljófar, que cuaja sobre sus hojas. De luengas tierras luengas mentiras. Los chilenos nos podrán decir si es cierto que por allá se cubra alguna yerba de granitos de sal, y si esos granitos se hacen cuajada sobre sus hojas, y si esa cuajada son perlas y aljófar.

No conozco más que un escritor que se riese de tales bernardinas; los demás españoles las tuvieron por gallardas elegancias del buen decir. El gravísimo fraile jerónimo José de Sigüenza en obra tan seria y elocuente como la Vida de San Jerónimo, en folio por más señas y á dos columnas, nos habla (l. 1, disc. 4) de tomar puerto en la isla. Quiere decir que unos navegantes llegan á una isla, siéntanse sobre la verde alfombra, fronde super viridi, y con todo el sosiego del mundo, como quien se toma una jícara de chocolate, comienzan á embaularse el puerto que tienen delante con bajeles y todo y hasta con sus muelles y cargaderos, se lo sorben, se lo echan al coleto, se lo meten entre pecho y espalda. ¡Todo esto es ridículo! Pues este fraile tan descomunal en su manera de expresarse, se vuelve tan melindroso en el mismo discurso, que repite la misma idea llamando á eso tocar el puerto y la deseada ribera. Si no hace uno más que tocar el puerto y la ribera y no desembarca, no comprendo yo cómo pudo desearla tanto. Y ¿qué diremos del discreto P. Mariana, que tal vez por evitar tales dislates escribió todo lo contrario de lo que en la cabeza tenía y pensaba escribir? Dió fondo, dice, junto á Cádiz. Quiso decir que llegó á tierra sano y salvo, y se nos descuelga con que se fué á pique, pues la letra esto da á entender, á lo menos el fondo del mar no es la playa, á mi pobre entender. El cejijunto jesuíta tiene cosas muy buenas: en el libro 4.º, capítulo 4.º de su Historia de España dice: tenía sujeta toda la provincia. ¡Buenas cadenas ó sogas tuvieron que hacer los herreros y cordeleros de aquellos tiempos, no se les morirían los hijos de hambre! En otra parte (9, 36) añade: Al cabo de tres días de cerco alzaron mano de él. ¡Vamos, que ni los días tienen cabo, como las velas ó las costas, ni se estuvieron sin comer ni dormir tres días mortales puestas las manos sobre cosa alguna, y menos sobre un cerco, que no tiene donde se puedan poner! Todo eso son sandeces más que de marca. ¡Pues digo! del otro, que escribió: Cuando Dios alzare las manos de los buenos. ¡Largos brazos serían los de Dios, si desde lo alto del cielo tuviera puestas las manos sobre los hombros de los buenos! El descabellado Gonzalo de Correas habla en su Vocabulario (l. D) del dejar en jerga la cosa por abandonar ó dejar sin la debida perfección. Según eso los albañiles, cuando al propietario le faltan los cuartos para terminar una casa, la dejan en jerga, y en jerga dejo yo el almuerzo, cuando lo dejo por acudir á otra parte.

Buena jerga la del catedrático de griego de Salamanca. El cual en la letra U escribe: Un sudor se le iba y otro se le venía, como si el sudor tuviese pies y se fuese y viniese, y no saliese del cuero. En la letra A nos habla de armar caramillos, armar zancadillas y armar tranquillas, cuando es así que ningún soldado vi yo armado de tales pertrechos, y el caramillo sólo lo he visto en los labios para chiflar. Para decir que lo apetece todo nos espeta en la letra E el empreñarse del aire ó de lo primero que oye. Preñez del aire sólo la había yo oído en Plinio, que lo dice de las antiguas yeguas lusitanas, y aun tal vez el discreto naturalista puso yeguas por no dar matraca á los finchados hidalgos de Portugal. Preñez de lo que se oye es una preñez harto cuestionable; pero Correas sabía mucho, y su razón tendría cuando lo dijo. Que sabía mucho no hay que ponerlo en duda: en la letra T nos habla del tener asomos de una cosa, sin que intervenga ventana ni somo ó altura alguna; en la letra H nos repite lo del hacer sudar la gota gorda, que yo he oído cien veces por ahí, sin lograr jamás entender qué gota gorda será esa, y cuál será la gota flaca. También añade el hacer sudar como gato de algalia, gato que debe ser muy raro, pues, que yo sepa, los gatos no sudan. El lector supondrá que hablo en broma; puede tomarla por tal, si así se le antoja: yo digo la verdad como la siento.

Si nos entrásemos por los escritos de Quevedo, aunque es el único que tomó por bernardinas, como apunté, todos estos dislates, no nos daríamos manos á toma y deja, á esta quiero, esta no quiero, porque es el disparatador por excelencia. Por ejemplo, en la Musa 6, 1, dice: Si yo mi argumentillo mal no entablo. Buen medio para ponerlo ante la vista, entablarlo entre cuatro tablas. Tiene izquierdo discurso (Tir. la Piedr.), de modo que el habla se le iba por la zurda. Remojar la palabra (Mus. 5, j. 14), como un bizcocho en vino. Enjugar las lágrimas á las viudas, llevando, naturalmente, á prevención en el bolsillo tres docenas de moqueros, y no sé si bastarán para enjugárselas á la primera que topáremos. Ser ojo á los ciegos, metiéndose uno bien aovilladico en una de las cuencas de los ídem, por no decir otra cosa. Todo eso lo escribe al tratar de La Providencia (tr. 2), libro que dicen es muy serio; pero así son las seriedades de Quevedo, pues en las Musas (6, r. 9) dice: En cada bostezo gasta una cruz de dos palmos, quiere decir que al bostezar roe una cruz larga de dos palmos; y en Marco Bruto: Fanfarronea con la sangre civil entre amores faranduleros, quiere decir que en dando con un civil, le saca la sangre para darse pisto enseñándola por las calles; y aun por eso me explico que sean todos ellos como espátulas de flacos y arguellados. Nada bueno le puede entrar de los dientes adentro, dice en la Visita de los chistes; pero no le veo la punta, porque el chiste estaría en que no le entrase de los dientes afuera. Me ha llenado el ojo (Entremet.), dejándole ciego, será de suponer. Ya sabrá él buscarse quien le ayude á vaciarlo, pues en la Visita dice que tomó una purga confeccionada con hojas de Calepino. Sin duda eran entonces mejores los estudiantes que hoy, que el Calepino hoy más bien empacha que aligera. Repito que, fuera de toda guasa, esto y lo otro y lo que sigue, son chirigotas y es hablar en necio.

Dejando ya á Quevedo, leo en la Mosquea de Villaviciosa (2, 62): Al palacio se parte el pueblo junto, verso que no entiendo, pues ó sobra el se y quiere decir que todo el pueblo rompe el castillo y lo divide en dos partes, que ya es tarea para animalitos tamaños, ó el que se quiebra y parte en dos es el pueblo junto, lo cual también tiene su intríngulis, como lo tiene el partir la baraja, pues no forma un todo pegado, y el partirse los viajeros cuando sale el tren, pues ellos bien enteros se asoman por las ventanillas.

En él ponéis los ojos con agrado, escribe Villegas en el Soliloquio 8, capítulo 4, y no hay quien lleve su necedad hasta el punto de sacarse los ojos para ponerlos con agrado en parte alguna. Las flores á los ojos ofreciendo diversidad extraña de pintura, dice tontamente Garcilaso (Egl. 2), pues convierte en pintores á las flores. Cubrir mentiras con capa de retórica, añade Correas (Vocab., l. E): paño es ese de la retórica que no sé hayan sabido nunca cortar los sastres. La justicia tomó la mano de todo, dijo El Donado hablador (p. 2, c. 9), en lo cual mostró tener poco donaire, pues hasta los niños de la escuela saben que el todo tiene partes, pero no manos. Sintieron en lo vivo la nueva determinación, dijo Argensola (Anales, l. 1, c. 44): ¡no, que la iban á sentir en lo muerto! Y el bendito del P. Acosta en su Historia natural de las Indias, se nos viene con cien mil candideces, que quiso se las creyésemos por ser de cosas lejanas, que no íbamos nosotros á averiguar. En el libro 4, capítulo 10, nos quiere hacer creer que con maravilloso afecto se pega el azogue al oro y le busca, como si fuese su novia, y que el azogue se va al oro donde quiera que le huele, cual si fuese perro de la calle, y que á ningún otro metal abraza sino al oro, y que de esotros metales no hace caso el azogue, y que todo lo come y todo lo gasta: ¿acaso no teníamos azogue en España y no sabíamos á qué atenernos en todas esas patochadas, que le cuelga el buen Padre? Cuénteselo á su abuela, que no somos niños de la dotrina. Otro Padre, Fray Juan Márquez, en los Trenos de Jeremías (v. 2, con. 3, 4), nos habla de abrir las puertas al contento, y sobre esta mentira, pues el contento no tiene puertas ni ventanas, dice que rompieron el aire las voces, y las voces no rompen nada, ni menos se puede romper el aire, ó yo entiendo poco de física. Pero de física se sabía poco en aquellos tiempos, y así no extraño se lea en la Celestina (acto 12): desadormecieron mis pies y manos, y aun en pleno siglo XX, para que se vea la ignorancia española en achaque de ciencias biológicas, he oído ó creído oir decir que á fulano se le adormeció el pie. Falta nos hacía otro Feijóo, para enseñar á esos necios que los pies no duermen, ni despiertan, que esas son creencias vulgares de la ciencia antigua.

Pues no, que el P. Fray José Láinez, agustino, sabía de cosas, que es para alabar á Dios, dador de todo bien. En el Privado cristiano nos dice de los pensamientos vanos, que sin duda el buen señor tomaba por algo así como nueces vanas y hueras, que son hijos de pasos ociosos, frase que no tiene pierde, pues los pasos dicen todo lo contrario del estar ocioso y no pueden llamarse ociosos, sino á lo más andariegos, y los pasos no tienen hijos, como lo prueba el concluyente argumento de no tener padres, pues sabido es que hijos y padres, padres é hijos son cosas correlativas, que no se dan la una sin la otra, y tampoco los pensamientos pueden tener hijos, porque á admitirlo algún filósofo, ya hubieran tratado los teólogos de investigar un cuesito de mucha importancia, que no faltaría en la Suma de Santo Tomás con estos ó parecidos términos: Utrum filii cogitationum possint baptizari et quomodo. Y los tomistas se hubieran devanado los sesos inútilmente, porque el caso era de los peliagudos, y de los que sobrepujaban las entendederas del Doctor subtilissimus. Por todo lo cual la frase del susodicho fraile hay que darla por un completo disparate de tomo y lomo. Otro fraile, Fray Antonio Pérez, benedictino, dijo con no menor inexactitud, en sus Sermones dominicales (p. 170), que la salud que le dió tan á pie quedo, y no es menester saber quién ni á quién, pues basta saber que nadie puede dar cosa á pie corriendo sin detenerse por lo menos un segundo, y que de todas suertes lo del á pie quedo tratándose del dar es y será siempre una niñería, indigna de un grave benedictino.

¿Pues qué decir de estotras truculentas pamplinas, que leo en la página 6: Desconfiados los hombres, se atericiarán y se secarán, y quedarán como estatuas con el pellejo enjuto, y con sólo la armadura, de puro amedrentados y ajudiados de lo que en todo el mundo ha de suceder? Lo que no sucedió, por la inmensa misericordia de Dios y la excesiva paciencia de los oyentes, es que le echasen con cajas destempladas del púlpito abajo á predicador tan lenguaraz, que en la cátedra de la verdad osaba mentir por mitad de la barba. Si se secan y quedan con el pellejo enjuto, ¿cómo han de poder soportar el peso de la armadura?; y si se convierten en judías, ¿qué tienen que temer en el día del juicio, si el juicio ha de ser de los hombres, y no de las judías ni de las calabazas? Son sandeces del lenguaje, y de nuestros clásicos, los más sandios de los sandios.

Pero oigamos cómo Correas (Vocab., l. C) expresa el peligrar, porque no parece sino que estos señores clásicos españoles han perdido la chaveta con los volatines que hacen: estar colgado por un hilo es el primer ejercicio gimnástico, el segundo estar colgado de los cabellos, el tercero estar con el agua á la boca, suplicio de Tántalo, estar con el agua á la garganta, cosa buena en estío, estar con la soga á la garganta cosa de ahorcados, y con esto se acabó la función.