¿Quién no ha oído celebrar á sus principales campeones, Rubio y Ors, el Gayter del Llobregat; Milá y Fontanals, el maestro más enterado de los trovadores provenzales; Verdaguer, la flor más delicada de la poesía mística moderna; Víctor Balaguer, sus fundaciones y obras, y sobre todo el apóstol más entusiasta del catalán, el que recorría las aldeas y ciudades, los montes y los llanos, en rebusca de vocablos populares, Mariano Aguiló, gloria de la Biblioteca provincial y de la Universidad barcelonesa? Tras éstos, que pasaron, no hay persona culta en Cataluña que no haya saboreado los elegantes escritos de los dos mejores prosistas, Ruyra y la escritora de Escala en Gerona, que se ocultó tanto tiempo bajo la firma de Víctor Catalá. No son menos conocidos como lingüistas Nonell, Fabra, Grandia y Alcover, alma este último del Congreso y su primer iniciador, y á cuya laboriosidad deberemos, si Dios le conserva los años y fuerzas que tamaña empresa requiere, el grande y universal Diccionario de la lengua catalana y de todos sus dialectos, literarios y vulgares, antiguos y modernos.
Pero en el Congreso se han dado á conocer como verdaderos lingüistas otros nombres que no sonaban. No quisiera ofender á los que callo, pero no puedo menos de recordar los del farmacéutico de Tarrasa, Sallent; de los dos presbíteros del Rosellón, Casaponsa y Blazy; del jesuíta Casanovas; del franciscano Fullana, Provincial de su Orden en Valencia, y del archivero de Perpiñán, Pedro Vidal.
De todas partes han concurrido personas estudiosas y amantes de la lengua catalana. Alguer de Cerdeña estuvo representado por el poeta Ciuffo, el gramático Palomba y el lingüista Dr. Guarnerio, profesor en la Universidad de Pavía; el Rosellón por tres sacerdotes y varios seglares, todos competentes, sobresaliendo los sencillos y simpáticos mosén Casaponsa y D. Pere Vidal; Mallorca por D. Antonio María Alcover, mosén Miguel Costa, maestro en Gay Saber, el Sr. Obradors, etc., etc.; Ibiza por don Vicente Serra, Canónigo y Rector del Seminario; Valencia por el laureado poeta don Teodoro Llorente, el Dr. Manxo de aquella Universidad, el P. Fullana, etc.
El amor á Cataluña, á su lengua y literatura, en el resto de España, en Francia, Bélgica, Portugal, Italia, ha llevado al Congreso á no pocos eminentes romanistas y filólogos. Baste citar á Foulché del Bosch, Calmette, Counzon, Lima Duque, Saroïhandy y Bonilla. Memorias y sobre todo adhesiones llegaron hasta de Roma y San Petersburgo. El Congreso ha sido, por lo mismo, internacional, no sólo por haber tomado en él parte el Rosellón de Francia y Alguer de Italia, sino porque han acudido sabios de distintas nacionalidades; ha sido numeroso, llegando á 3.000 los admitidos, y no más por no tener mayor cabida el teatro.
Lo bueno siempre es digno de imitarse. ¡Qué bien vendría en Madrid un Congreso de filología y lingüística castellana! El terreno quizá no está aquí tan en sazón como debiera; pero en cambio los hispanistas de fuera de España son tantos y tan eminentes, que pudieran venir con esa coyuntura á levantar nuestros ánimos decaídos. Triste muestra de descaecimiento, en verdad, que el ambiente sobrepuje al organismo, y que de fuera hayan de traerse los remedios que infundan vigor y vida en el cuerpo enfermo, cuando la vida y el vigor de todo organismo sano y robusto ha de salir del centro irradiando hacia la periferia. Por allá, por Cataluña, es por donde más se oye aquello de que en Madrid no se hace más que política, mientras que en las provincias costaneras se hace hierro y tejidos. Algo de eso pudiera haber. La primera Exposición industrial habida en España fué barcelonesa; los bilbaínos tendrán tal vez la segunda. Lo que no nos podíamos prometer era que el catalán, para quien la cuestión son cuartos, tuviera también tiempo y humor para un Congreso científico, y menos filológico-lingüístico. ¿Qué cuartos, ni qué niño muerto, puede dar eso de sí? Pero la vida se manifiesta en todos los órdenes de cosas. La espada, que á las veces echó las zanjas de la grandeza de las naciones, afiló las plumas y despertó los ingenios; la riqueza, tal vez debida al natural ahorrativo y aun tacaño, pudo ser base de una brillante cultura. El pueblo de la meseta castellana no tiene otra riqueza que la envuelta en los pergaminos de su hidalguía trasañeja, ni siquiera otras aficiones mercantiles ni industriales que las del Caballero de la Tenaza y del dómine Cabra, ó las del Buscón y de Guzmanillo. Es, en punto á alientos, la marmórea estatua yacente, que en su magnífica soledad y en su secular silencio aguarda sosegada y señorilmente á que los curiosos y turistas vengan á quitársele la gorra, á deshacerse en encomios y á dejar algunas monedas en el cepillo para su entretenimiento y conservación. Sería una insulsez abogar en Madrid por un Congreso de lengua castellana, si de los de casa hubiéramos de prometernos la menor cosa.
Y con todo, los aficionados al estudio del castellano fuera de ella van siendo tan numerosos como los visitantes de la estatua, bastante más que los aficionados al catalán. En el momento presente casi estoy por decir que es la lengua que priva. Al estudiar el castellano los extranjeros, franceses, ingleses, alemanes y yanquis, unos tienen el ojo puesto en América, donde hay un mercado que aparroquiarse y una presa con que alzarse; otros lo tienen puesto en España, donde hay una antigualla digna de estudiar y aun un cachivache digno de coleccionar. El caso es que á centenares se abren cada día las cátedras de castellano en Europa y América, y se publican fuera de España más libros, monografías y artículos sobre nuestras cosas y nuestras anticuadas personillas que en la misma Península. Se dió el caso, hará unos meses, de que un extraño explicó á todo un señor de alto copete de Madrid una de las frases más vulgares y traídas por los suelos, que él no entendía. Con ocasión de un Congreso lingüístico vendrían sabios que nos enseñarían cosas que creemos saber y no sabemos si ignoramos. Aquí la lingüística moderna es un nombre vacío, la fonética se nos antoja una endiablada jerigonza, el estudio de nuestro lenguaje literario, clásico y actual, y de nuestros dialectos, son rozas y embreñado monte, que encierran ricas minas por beneficiar. Los que pasan por gramáticos y lexicólogos, siguen soñando y fantaseando á la antigua española, etimólogos de otra casta que pereció en Europa, pero de la que á dicha conservamos en España ejemplares preciosísimos, que nos los pagarían los congresistas á peso de oro. El aire que trajeran echaría por tierra de una vez todos esos vejestorios y nos encaminaría por las veredas de la realidad científica. Algo cuesta arriba se les haría á no pocos romper con su soñada ciencia gramatical y dejarse despojar de la aureola con que la ignorancia general les había coronado; pero la ciencia española no perdería gran cosa echando algunas canas al aire. Dejarían de oirse hasta en las más encumbradas cátedras oficiales disparatones mayúsculos, de los cuales, para solaz y recreo de curiosos, tengo recogido un buen golpe de los más chistosos y festivos; pero en cambio, la gente moza y bien dispuesta vería que se les abrían nuevos horizontes por donde volar y nuevos mundos por donde discurrir. No se henchirían las librerías de viejo de textos mal traducidos y muy bien pagados; pero hallaríamos en ellas los libros que hoy hay que ir á buscar á Alemania, con la pequeña molestia de haberse aprendido antes aquella enrevesada lengua. No tendríamos tantos diccionarios castellanos como cada año se publican, repitiéndose por milésima vez las voces del Diccionario de autoridades de la Academia y las graciosas y jocundas etimologías de su Diccionario oficial; pero en retorno saldría alguno que contuviera las infinitas voces de nuestros clásicos y de nuestro pueblo, que en el uno faltan, y las etimologías serias que en el otro no sobran. Algunos abrirían los ojos y echarían de ver para qué sirve el latín y el griego, que los extranjeros tanto estudian, sin que por eso dejen de saber algo más que nosotros; y los que no los quisieran abrir, se coserían por lo menos la boca para no quedar feos disparatando de lo que no entienden. La lingüística y la filología (cosas que entonces aprenderíamos á distinguir, que aquí no sabemos por carecer de una y otra) son los sólidos fundamentos de los estudios literarios, históricos y aun jurídicos y sociológicos; teniendo fundamentos podríamos pensar en edificar algo de esto, dejándonos ya de diletantismos superficiales en todas estas ramas del saber.
Tales son las ideíllas que me ocurren al admirar el feliz suceso del Congreso de Lengua Catalana. Desgraciadamente, la estatua seguirá estatua, yacente por más señas, y los que escribimos, por ver si le comunicamos aliento y vida, seguiremos (es de esperar) cantando aquello de las tres ánades, madre, que es también un muy añejo y muy castellano cantar.