Este amontonar dislates se llama razonar; razón es la facultad de ensartar dislates, el hombre razonador es el que los ensarta, el hombre razonable es el hombre de los dislates, y la cosa más razonable es el dislate mayor: dislate y razón son una misma cosa. Y realmente este disparatar al expresarnos por medio del habla era lo más razonable que pudiera darse, porque no es más que metaforear, poetizar, y todo hombre que habla es poeta, el habla, la más honda poesía. Tal vez por eso los poetas se dijeron locos, porque eran los que mejor hablaban, es decir, los que más galanamente disparataban. Toda metáfora no es más que un disparate sonoro, si suena; mental, si queda sin salir de la cabeza. Lo dice el mismo vocablo de metáfora, que significa traslación, ir de una á otra parte: y ¿qué es dis-paratar sino dispararse, no pararse, sino ir á otra parte? Ahora comprendo yo cómo el famoso escritor Unamuno, á quien muchos tienen por un solemnísimo disparatador, es un gran poeta, y el hombre más razonable del mundo. Los que charlamos menos es porque somos menos poetas, menos razonables, menos hombres. Pueden, pues, ponerse como miembros iguales de una ecuación los términos: disparate = poesía = razón = mentira, quedando despejada la última incógnita y X del problema humano en aquella fórmula del Sabio: Omnis homo mendax.
Siempre hablamos por metáforas, es decir, por términos impropios, y lo impropio es lo no propio, lo que no es, la mentira: hablamos por medio de mentiras, hablar es mentir, ni más ni menos. Aquel que más y mejor mienta, será el que más y mejor hable. El destino del hombre es el desatino, el desatinar sin tino: destino y desatino volvemos otra vez á hallarlos como vocablos equivalentes.
Hacer de alegre, estando reventando la tristeza, dijo Márquez (Esp. Jer., v. 3, cons. 3). La tristeza más bien aovilla, reconcentra y sume; la risa y alegría es la que ensancha y hace salir de sí, porque retoza la risa en el cuerpo (Correas, 1. R), y así es para quebrar el cuerpo de risa (ídem, 1. E), y como que quebrar díjose de crepare ó reventar, sale del pecho la alegría á la cara (León, Job. 8), enciéndese el rostro: Con la cara encendida en fuego de alegría (Guzm. de Alfar.), Se hinche de risa la boca (León, Job. 8), hace descubrir el chorro de la risa (Estebanillo, c. 3), y de aquí reventándome la risa en el cuerpo (ídem, c. 50), me reventaban los ojos de alegría (ídem, c. 7), y en fin Nos despedazábamos de risa todos (Quevedo, Tac., c. 6), ó nos desternillamos ó nos despepitamos de risa, hasta que Todos nos descalzamos de risa (J. Polo, p. 235), y Su alteza se moría de risa y sus criados de placer (Estebanillo , c. 8), pereciéndome de risa (Quevedo, Tac., c. 6), Hubiéronse de caer de risa los presentes (Diabl. coj., tr. 4 y 7). ¿Por qué, pues se dijo reventar de tristeza? Porque el español consideró al hombre entristecido como un saco lleno de tristeza, no distinguiéndolo de los sacos llenos de harina, que á lo mejor revientan. Otras veces vió en la tristeza como una nube que oscurece la vista del alma, y dijo: cubrírseme el corazón y los ojos de nieblas y sombras (Barbad., Alej. Camal.), se le cubrió el corazón (Cerv., Nov. 1), abrumado con (Cornejo, Crón., 3, 4, 6), cubriósele el corazón de un velo grande de tristeza (Arias, Aprov. espir., t. 5, p. 2, c. 10). Otras se le antojó un cuchillo: Era cuchillo que entrañablemente lastimaba su corazón (La Palma, Pasión, c. 8, 9). Otras cual viento abrasador que consume y agosta: La tristeza le seca los huesos (Arias, ibid.) Otras carga que hace caer: Venir cargado de luto (Chaide, Magd., p. 3, c. 25), ó algo que aprieta: Oprimido del dolor (Rivad., V. de Cr.), La congoja apretaba su corazón (ídem). Otras bebida amarga: gustar tragos de amargura (ídem). Por manera que á propósito de un triste pasan por la fantasía sacos de harina, velos, brumas, cuchillos, vientos, cargas, tragos, cordeles, todo ello en gentil danza macabra, que si no espeluzna, hace soltar el trapo.
Y este soltar el trapo ¿qué mayor incongruencia? Pues no, ¡que el creer á pie juntillas ó á puño cerrado! Pues todo eso es muy verdadero y filosófico, á la par que muy poético y mentiroso. Claro está que para reir á sus anchas no se ponen primero los marineros á soltar las velas, pero el que así se ríe es navío que corre á vela tendida por el mar de la felicidad y consigue llegar antes al puerto, que el triste ensimismado y cabizcaído que se arrincona en su casa. Ni los pies ni los puños son los que creen, pero el que cree no aparta un paso los pies de lo que le dicen y lo recibe sin mirarlo, pasándolo, como moneda, de puño á puño, y hasta á la faltriquera. Son verdades mentirosas y mentiras verdaderas.
Tan mentira es estar con el oído de un palmo (Correas, 1. C), como tener blandos los oídos (Torres, Filos. mor., l. 24, c. 12), cuando se trata del atender; pero el hecho de verdad es que lo alargamos un palmo haciendo del asno, para lo que nos valemos de la mano, y lo tenemos más blando que la cera, pues se nos imprime bien en él lo que oímos con atención.
En este caso no hay metáfora, la oreja queda alargada un palmo con la mano, el sonido hace mella física en el oído como en blanda cera el punzón, ó en la placa ó rodillo fonográfico la misma voz. Casi estoy por decir que no existe la metáfora en el pensamiento ni en el habla, y que no nos valemos de conceptos y expresiones impropias, sino que todo es real y físicamente como lo pensamos y lo decimos. Por lo menos tal debemos sentir los que creemos que todo en el mundo es materia que obra por contacto físico, ó espíritu que se sirve, al pensar y al hablar, de la materia como de instrumento indispensable.
No hay pensamiento sin entrechoque y trasformación química de la materia gris, y menos hay habla sin entrechoque y trasformación física, y aun química, de toda suerte de materias, desde el pulmón hasta la boca y el aire del ambiente, desde el oído que escucha hasta el cerebro que trasforma el movimiento sonoro en ideas.
Meter la pluma en lo religioso dijo por escribir de cosas religiosas Fr. Jerónimo en el Genio de la Historia (l. 2). Claro es que no se trata de meter una pluma de ganso en el pecho de los religiosos, como hacen ciertos anticlericales que no saben manejar más que la de otros mil que han repetido las mismas gansadas. Pero el bueno del fraile metía su pluma de ave en el tintero y la clavaba en el papel, la metía al escribir, y el tintero, el papel y lo escrito eran cosas religiosas, por simpleza que parezca decirlo, no sólo porque eran cosas del fraile, sino porque lo que escribía era asunto religioso. Y eso de asunto religioso no es cosa puramente moral y metafísica, es físicamente trasformación de masa gris en el cerebro, de sangre en la mano que lleva y mueve la pluma, y de otras muchas cosas.
Ni deja por eso de haber metáfora ó traslación mental de idea á idea. La mente no se cuida de que en la realidad sea un hecho físico; ella relaciona dos ideas y salta de la una á la otra, considera lo religioso como el tintero, y aplica el meter la pluma á lo primero como ve que sucede en lo segundo. De hecho en el cerebro cada una de esas ideas es una molécula ó montón de moléculas grises, que al relacionarse las ideas se entrechocan, se saludan dándose una cabezada y quién sabe si se mezclan engendrando otra molécula representante de la nueva idea relativa. Lo físico no impide á lo metafísico, antes éste siempre va acompañado de aquél. Pluma, meter, lo religioso se toman desde otro punto de vista, y estos cuadros así mirados resultan otros, con cariz distinto, resultan una pluma, un meter y un religioso metafóricos, que se han trasladado, que han pasado á ser otra cosa sin dejar de referirse á lo que antes eran. Metáfora es un referirse de lo nuevamente engendrado á lo que lo engendró, de una idea hija á una idea madre. La mente es gran engendradora de relaciones, pues á relaciones se reduce el pensar. Así el pensar es un relacionar, un metaforear; el pensamiento una relación, una metáfora. ¿Cómo podía ser otra cosa el habla sino una sarta de metáforas, como lo es el razonamiento? Si la metáfora es una mentira, lo es también el pensar. El hombre por ser pensador es el gran mentiroso. Otra vez el omnis homo mendax.
¿No existe, pues, la verdad? Allá dentro de los seres, en el númeno, habrá su verdad ontológica; en el fenómeno percibido y en las relaciones entre esos fenómenos, ó en el pensar, llamamos verdad el pensar todos más ó menos de una manera, aunque ese más ó menos sea muy elástico: de hecho ya se ve que es una mentira. Y no se me tache de idealista ni de tradicionalista. Tristes visiones mira, dice Quevedo en la Musa 7. ¿Por qué tristes? Porque á fulano le entristecen. Y ¿por qué no le entristecen á mengano? Porque los dos llevan al mirarlas distintos anteojos. Las visiones no son, pues, tristes, sino la percepción de ellas en el estado anímico de fulano: subjetivismo puro. Dijera mejor mira visiones y se entristece con ellas. El acto de mirar y el de entristecerse son las únicas verdades, y esas en fulano; que en mengano no hay de qué, ni menos en mí que las escribo y en los lectores que las leen, que nos quedamos tan frescos. ¿Qué es eso de la verdad en este caso concreto? Un modo de mirar las cosas; luego, una relación. Y el relacionar algo es, es una verdad ontológica, como las demás del númeno.