De hecho eso objetivo, la relación como algo objetivo, fuera de la operación psico-física, es menos que aire, es nada, es la visión y el sujeto que la mira, dos númenos: la relación sólo tiene la entidad lógica que le damos en nuestra mente objetivándola como si fuese algo físico proyectado en un telón de conferencias, es decir, en el telón fónico de las palabras, donde lo enseña el conferenciante que habla á los espectadores que le escuchan. ¿Qué es, pues, la verdad? Una cosa que no sabemos, pues á poco que queramos cogerla se nos desliza como anguila de entre las manos. Mientras no lleguemos al plano augoeide de los teósofos y permanezcamos columpiándonos bonitamente, es decir, haciendo la plancha en el plano austral, no haremos más que un papel ridículo. Los que se meten á filosofar pierden el equilibrio y se quiebran la cabeza, dando que reir á los que nos contentamos con tomar el aire dejándonos mecer acá y allá. Ese filosofar díjose ventilar una cuestión que no admite polilla ni paja. La verdad dijo el poeta que voló hacia las estrellas. Dejémosla, pues, estar, que es tan intangible é invisible como Dios, porque no es más que Él. Todo lo demás es mentira, mal que les pese á los panteístas. Omnis homo mendax por tercera vez.

Ya irá viendo el lector que no jugueteaba yo con la ironía en mi precedente artículo, al tener por necedades las expresiones de los clásicos.

Todos mentimos de lo lindo, aunque ellos hicieron raya y nos ganaron en este entretenimiento de muchachos. Porque muchachos somos de la cuna á la sepultura, y sólo deja de serlo un momento el que un momento tiene un destello de la luz de la verdad para ver que realmente lo es.

Derramar y disipar las santas reliquias dice Pedro de Rivadeneira (V. de San Ign., 1. 2, c. 18). No hay ramas ni disipación que valgan, fuera de la mollera que encerraba en lucia calva el bueno del Padre. ¿Qué ramas, vamos á ver, se figuró el bendito autor, formadas por las santas reliquias? Si hubiera pensado en ramas, le hubiera parecido tan fuera de propósito que si á mano viene hubiera acudido á otro verbo. ¿No pensó en ramas? No, es lo más probable. Pues entonces dijo lo que no quería, pues derramar, para mí al menos, su lector, cosa de ramas es; y decir lo que uno no quería es necedad de á libra y media. Además á mí me engañó, y fué, por lo mismo, un mentiroso. Mentiroso y necio es todo aquel que echa mano de los vocablos y se porta tan gentilmente como el P. Pedro. Lo malo es que ese lo somos todos al hablar, pues tomamos y damos las palabras como moneda corriente, sin mirarle la leyenda y menos pesar su plata y cobre, y menos fundirla para examinarla y cerciorarnos de que es buena y verdadera y tiene los quilates debidos conforme á la ley de aleación. ¡Aviados estábamos, si otra cosa hiciéramos! ¿No hacemos otro tanto con todas las demás cosas? ¿Apuramos en el laboratorio cuanto llevamos á la boca? ¿Deshacemos el billete de banco para asegurarnos de si es paja de las eras ó pedazo de la camisa del Preste Juan de las Indias lo que se metió en la tina de donde salió papel para billetes de banco? ¿Hacemos un estudio, acompañados de dos ó tres ingenieros de quienes podamos fiarnos, del piso de la calle por donde vamos á pasar? ¿Sabemos si esos ingenieros, hoy fieles, no fueron ayer unos tunos de siete suelas, y que pudiera haberles quedado algo de sus antiguas malas mañas y pudieran engañarnos en el examen de la susodicha calle? Eso no sería vivir. Convengamos, pues, en que vivir es ser mentiroso y andar todo el día entre mentiras: la vida y el hombre que la vive son mentira sobre mentira; la verdad no habita por acá. Por cuarta vez omnis homo mendax.

Cualquiera diría que esto es sermón de cuaresma, y no es más que pura filosofía, forrada de lingüística poética, es decir, mentira forrada de mentira. Pero, pues de ella no podemos prescindir, dispense el lector que le haya también yo engañado con este artículo, que es una mentira más, con tal de que conceda y vea que el lenguaje, el de nuestros clásicos á la cabeza, es una hermosa, filosófica y poética mentira y un vistosísimo tejido de solemnísimos disparates. Y si no lo cree así, comprueba con su incredulidad que, pues ó él ó yo nos engañamos y disparatamos, el mundo está lleno, á lo menos mediado, de engañadores y engañados, de disparates ó extravagancias. Omnis homo mendax, ó como cantó Hesíodo: idmen pseudea polla legein etymoisin homoia.

Criterio del casticismo

I

Paréceme que esto de lo castizo en el habla es tan claro y tan llano, que por serlo tanto no lo han echado muchos de ver: acaece todos los días que por tender la mirada allá á lo lejos, cuando algo se busca con afán, se nos pasa por alto, teniéndolo menos de dos palmos de las narices. Los que se las echan de muy modernos, con serlo tanto como ellos cuantos hoy pisamos la faz de la tierra y haberlo sido para su hoy los que la pisaron en todo tiempo, torciendo el gesto á todo lo que huele á retórica añeja, oyen con pesadumbre hasta esta misma palabra de castizo, y estoy seguro que algún lector habrá doblado la hoja al leerla como epígrafe de estas líneas. No es, sin embargo, tan necio el león como le pintan, ni por más que á mí me vendan por lingüista y por amigo de lo castizo, estoy muy lejos en la manera de pensar de los que así se amohinan con sólo quererles hacer que miren un momento atrás. Todos nos reimos de las retoricadas de antaño; pero lo del casticismo, precisamente como yo lo entiendo, es cosa tan modernista, y si se quiere es cuestión tan étnica y social, que por eso no la alcanzaron los antiguos. Los estudios sociales y psicológicos de los pueblos han sacado al hombre de entre las instituciones rutinarias y convencionales, y lo han colocado al aire libre, en el campo, rodeado de la bullente naturaleza. Fuera dogmatismos cerrados, escuelas acartonadas, metafísicas empedernidas, fórmulas leguleyas. Y fuera trataditos de retórica, añado yo, Nebrijas y Calepinos. Hasta las ciencias más hondas del espíritu se han convertido en ciencias naturales; el soplo de la naturaleza, que es el de la verdad, ha henchido los pulmones de los sabios.

La cuestión del casticismo no es una cartapuebla sobada y mugrienta; es un capullo por abrir, tan entera está y tan fresca. Lo nacional en el traje son las prendas que visten todos los de una nación y sólo los de aquella nación, digamos, entre españoles hasta la llegada del prosaico pantalón parisién, la capa, el zorongo, la faja, el calzón corto, y, según los gabachos, la navaja en la liga. Pues lo nacional en el habla, eso es lo castizo. Cuestión por consiguiente, de etnografía. Y si el hábito no hace al monje, es porque el monje es el que hace el hábito: la vestimenta no es la psiquis de un pueblo; pero son los rasgos exteriores de su fisonomía. Tampoco el idioma es el alma del pueblo que lo habla; pero es el ropaje sonoro con que se manifiesta afuera. Idioma pobre arguye poca capacidad; mucho préstamo de términos, pobretería y servilismo; falta de color y nervio, flema y sangre de chufas. En ciertas latitudes nevadas y nubosas no se concibe un pincel tan rusiente como el del Greco, el de Velázquez, el de Goya; ni una pluma tan aguzada como la del autor de la «Celestina», del «Quijote», de la «Farsalia»; ni un despeñadero de tan honda y asentada idea ética como la de un Séneca, la de un Quevedo, de una Santa Teresa, un San Juan de la Cruz.