Á todas estas manifestaciones puntiagudas y chillonas del arte ha de responder un idioma en nuestro pueblo de tan finos aceros, de tan honda osamenta, de tan recios nervios. Los vinos de Aragón ni agua admiten, no ya el sabroso agridulce de los vinos franceses: son en demasía broncos y cerriles, la misma azúcar por lo abundante cierra el paso á la fermentación alcohólica y quedan siempre montosos. Aguapiés y agua de cerrajas son ciertos idiomas de por ahí arriba ante el pizmiento castellano. Esa sangre negruzca y ardiente, que corre por sus venas, es su característica; eso, que lo distingue de las demás lenguas, es lo que llamamos castizo. En todo género de cosas apreciamos más lo que lleva más saliente su correspondiente nota propia. La personalidad en el estilo es el estilo de la persona del escritor; los que no lo tienen nos dan una gota de licor desleída en una tinaja de agua, agua de fulano tan parecida al agua de mengano como el agua al agua. ¿Por qué merece esotro el premio? Por haber llevado la nota de sobresaliente, saliéndose de la docena. Cuanto más saliente la nota característica de un idioma es más idioma, y si ninguna trae deja de ser idioma. «Yo no me cuido de casticismo»: salida tan sandia como la del pintor que nos viniera con que él no entiende ni quiere entender de colores. Es pintor que quiere pintura, pero que lo mismo zambulle su brocha en el cieno de la calle que en su paleta: no le importa ésta un bledo. Yo no trato más que de expresar lo mejor que puedo mi pensamiento, dice un escritor enemigo de casticismos. Pues el casticismo no trata de enseñaros más que eso, los matices y combinaciones de los colores.
Enhorabuena que por instinto acertéis en cada caso con el más á propósito; pero ¿no ahorraríais tiempo, trabajo é incertidumbre estudiándolos bien de antemano, formándoos un criterio cierto de lo que es castizo y propio? Los españoles hemos siempre pecado en este punto. Esta falta de disciplina y reflexión se llama filosófica y vulgarmente «pereza».
Hoy saldrá del taller una obra maestra; mañana una mamarrachada. ¿Cómo se llaman esos artistas tan geniales como poco precavidos? Lope y Zorrilla, Goya y todo escritor de pura raza española.
Pero volvamos al propósito. Escojamos de la balumba del Diccionario los vocablos y modos de decir usados en toda España, y que sólo se usan en España: ese es el caudal castizo del castellano. Hacer esa elección no es tan hacedero. Los retóricos y gramáticos que se enojaban al notar un galicismo, jamás se pusieron á hacerla. El casticismo para muchos no es más que eso, el criterio es hoy en día el mismo que entre los antiguos gramáticos y retóricos: razón tienen los modernistas que menosprecian tales niñerías. Evitar en un escrito todos los pecadillos contenidos en los mandamientos de Baralt, es como cepillarse la ropa para quitar de encima las motitas que le han caído estando en la percha; pero la ropa puede ser de uno ú otro paño, y de hechura tan bien entallada y elegante como descuidada y de estrafalario corte. Dejáos de motas, que de lo que se os burlarán será de lo otro.
Descartados los galicismos y neologismos burdos innecesarios, aún quedan las tres cuartas partes del Diccionario, que no es más que borra y tan castizo castellano como el que habló el Preste Juan de las Indias. Esto sí que no lo alcanzaron creo que jamás los gramáticos ni los escritores españoles, por puro llano y claro, salvo escasísimas excepciones.
Castizo para muchos es sinónimo de antiguo: por manera que, conforme á esto, más castizo es Berceo que Cervantes; y, sin embargo, Berceo es de los escritores menos castizos que conozco. Escribió en un lenguaje medio castellano y medio latino, tomó la mayor parte de su caudal léxico, no de labios españoles, sino de los libros de clérigos y escribas. Blasfemia parecerá á los que no distinguen por sus cabales el elemento castellano, que sin duda era el que usaba el pueblo riojano, entre quienes escribía, del elemento artificial que las gentes de letras se habían malamente confeccionado para cuando tomaban la pluma. Y véase aquí lo que hace el criterio acerca del casticismo. Aquellos escritores medioevales tenían por cosa muy asentada que lo que hablaba el pueblo era un latín corrompido, y que, por consiguiente, no debía escribirse sino en un latín algo mejor. Lo malo es que ni sabían cuál era el buen latín, y así se habían ido fabricando uno, que no fuera tan difícil de aprender por parecerse al habla vulgar, y que, sin embargo, no fuera tan corrompido como ésta, no tan cerrado como el latín ni tan mocoso como el romance de los patanes. Á eso llamaban román paladino, que, por más que dijeran, era el que empleaba cada cual para fablar con su vecino, no había tal, ni por pienso. Abro el diccionario de Berceo á ojo: plenero, pleno, pleytesía, plogo, plorar, ploroso, pluvia, pluia. Nada de eso es castellano, y es imposible que el pueblo, cuando cada cual hablaba con su vecino, dijese pleno y lleno indistintamente, plorar y llorar, pluvia y lluvia. Lleno, llorar y lluvia es como los riojanos decían entonces, dicen ahora y habían dicho no pocos siglos antes. Esos terminajos pleno, plorar, pluvia, son del mal latín que hallaban en los escritos y que les parecían más bonitos que lleno, llorar y lluvia. Tal es el criterio medioeval acerca del casticismo. Lo ploroso es que criterio tan monacal é infantil prevaleciera en la misma época del Renacimiento y prevalezca todavía hoy entre los que no calan una cosa tan recóndita como es que lo castizo de un idioma es lo propio del idioma, y lo poco castizo es lo ajeno al idioma, aunque ese ajeno sea mal latín ó buen latín. Lo propio del rabadán es su pellica y cayado, y sería muy de ver qué tal le caía y ajustaba andando con sus cabras el uniforme de capitán general, aunque todos, incluso el mismo rabadán, sabemos que el tal uniforme es más lucido y rico que la sebosa pellica. Por supuesto, que no doy por averiguado el que la lengua latina sea lengua con entorchados y la castellana lengua velluda y cazcarrienta.
Nada de lego tenía el autor de la maravillosa Comedia de Calixto y Malibea, y por lo mismo, en la primera página comienza su erudito protagonista á emplear voces como natura, perfeta, inmérito, incomparablemente, sacrificio, complir, sanctos, etcétera, etc., que tienen tanto de castellano como yo de chino. Verdad es que ni Celestina ni Parmeno ni la demás gente non sancta que anda por allá, habla así: porque son, á pesar de todo, españoles, con cuatro dedos de enjundia de casticismo rancioso; que, á haber hablado tan á lo señor como sus amos, no lo fueran, ni la Comedia valiera lo que vale.
Si castizo no es lo opuesto á neologismos innecesarios y no es lo viejo y rancio, ¿qué podrá ser?
Pues, repito que lo propio, lo idiomático del idioma, y cuanto más exclusivo sea, será más castizo. Un verbo derivado del latín podrá hallarse en francés, en italiano y en castellano, y aun con el mismo valor. Si lo usan todos los españoles, castizo será; pero lo será más otro que, empleándolo italianos y franceses, tenga en España un matiz diferente, porque esa diferencia es el sello nacional, que lo ha diferenciado; y todavía será más castizo otro que ni con diferente ni con el mismo significado se halle en Francia ni Italia, porque en este caso todo él se fraguó en España, lleva el sello español, no ya en la superficie, en una distinción del significado, en el cuño, sino en toda su hechura y en los materiales y ley de la aleación.
De estos tres casos, en el segundo, lo castizo, ó digamos lo propio y exclusivo de España, no puede venir de muy atrás: es agua derivada de la misma fuente latina, que toma cualidades propias en cada terreno, en Francia, Italia, España. En el primero, cuando ni aun ese sabor del terruño lleva consigo, sino que en todas partes es el mismo vocablo y con idéntico sentido, bien podemos pensar que se trajo ayer mismo del latín por los eruditos. En el tercero, ramas, tronco y raíz, corteza y médula, saben á español. ¿De dónde se deriva el árbol? Para los que conocen mis teorías, nada más obvio: es vocablo ibérico, nacional de la primitiva época.