Todas estas simplezas lo son tanto, que repito que no las han visto nuestros autores. Hoy hace el gasto el verbo saciar para expresar lo que todos sabemos. En los siglos XVI y XVII estaba en muy poco aprecio, mayormente aplicado á cosas intelectuales, y es que se ha traído del diccionario latino; si fuera común en España desde los romanos, hubiera sonado sazar. Nuestros clásicos preferían hartar, ahitar, llenar, satisfacer. De éstos, satisfacer gustaba por lo nuevo á los escritores, pero no usándolo el pueblo, es claro que tampoco era muy castizo, como lo dice su misma forma, puramente latina. Llenar, ya era más español, pasó al castellano desde los primeros tiempos. Tal indica su fonetismo, pues lleno de donde salió, viene de plenum, como llorar de plorare, llano de planum, y no menos su significación concretada de la genérica que tuvo plenum, y aun tienen lleno y llenar. El gran orador y obispo aragonés de Barbastro Fr. Jerónimo Bautista Lanuza empleó más que nadie el verbo saciar en sus Homilías sobre los evangelios, 1621. Pero más castizos son sin duda hartar y ahitar. Hartar de harto, es el fartum latino, venido á España en la época romana, y así lo usaba el pueblo lo mismo que los eruditos. Si lo comparamos con ahitar, no hay quien no eche de ver que éste encierra una fuerza y un colorido que deja oscurecidos á los otros. Al oir ahitarse ó ahito se nos van los ojos á la garganta, y nos decimos éste está hasta aquí, y ese aquí es el que señala todo español con el dedo. En Correas leo: darse un papo, una hartazga; en Quevedo: estoy hasta el gollete. Ahitarse, papo y gollete son tan gráficos como el hasta aquí, y sinónimos de todo punto. Este cuadro naturalista, no menos que el otro del dicho de Correas: darse una ventrada, y el popularísimo sacar el vientre de mal año, son exclusivamente españoles. Eso es lo castizo. Ahitarse y ahito, papo y repapilarse ó empapizarse, no son de origen latino, sino ibérico. Vientre, que viene del latín, es muy español; pero nadie negará que lo son mucho más papo, panza, pancho, tripa, todos ibéricos.

Si de entre estos vocablos hubieran de escoger tres autores, pongo por caso Granada, Santa Teresa y Lope de Rueda, á buen seguro que Granada se quedaría con satisfacer y vientre; la santa, menos erudita, bien que algo mirada, daría la ventaja al hartarse y al papo, y el para mí primer cómico español Rueda diría á boca llena, sin melindres, porque sin melindres lo dice el pueblo y lo que el pueblo dice es lo más sano y natural: panza, pancho, tripa, ahitarse y hasta aquí.

Claro está que los que escriben son los eruditos, y que por tales quieren pasar; por el consiguiente, no es de maravillar que lo más castizo quede postergado, y que al regoldar ibérico de Sancho prefieran como curiosos y limpios el latino erutar de Don Quijote, ó el más latino y menos español eructar. Por supuesto, que tan limpio y curioso es lo uno como lo otro, ni los romanos dejaban de regoldar tan feamente como los españoles cuando el caso llegaba, y su vientre no era más de azucenas que la panza y las tripas de esta tierra de garbanzos; pero el hombre vive de fantasías y embelecos, y más las gentes de guantes y levita, hechas á no llamar al pan, pan, y al vino, vino, como los aldeanos que beben puro y sin mezcla el aliento de la naturaleza.

Por este camino el castellano va perdiendo su color, marchitando su fragancia, borrando su sello nacional, deshaciendo lo que tiene de castizo, de genial y propio. El idioma se convierte en lingua franca, gálico-latina, de fácil manejo para el comercio y para darse á entender con extranjeros, pero muy poco estética y menos varonil para el arte y la vida. Porque la vida no se encierra en la bolsa ó aduana, sino en la conversación ordinaria, en la cháchara familiar, en el palique de estrados, portales, rejas y plazas.

De aquí que las comadres del barrio y los tíos del soportal de la parroquia sean para mí y para todo el que entiende algo de arte ó aprecia un grano de la naturaleza más que cien arrobas de artificioso pedantismo, los que más castizamente conservan el castellano, los que mejor lo parlan y los verdaderos maestros de lingüistas, escritores y académicos.

Saber francés, latín y hotentote, cosas son harto buenas para otros menesteres, y aun para conocer á fondo el mismo castellano; pero cuando para hablar castellano castizo ó para formarse un criterio cierto del casticismo sólo sirven de embarazo, como suele suceder, de desear sería que nos olvidásemos del hotentote, del griego y del latín. Y no hay para qué aspaventar, porque no hay novio, por lo menos de los que yo conozco, que le importe un ardite la cara más ó menos apabullada de su futura suegra, con tal que sea linda la de la polla. Cuando hablo ó escribo castellano, viene á decir Valdés en no sé que folio de su Diálogo, procuro olvidarme del latín. No faltaba más, sino que un ochentón, como el castellano, más que diezdoblado, no supiera todavía andar sin andadores y sin su ama de cría al lado, repiqueteando las sonajas.

Yo no digo que prescindamos de todo punto de las millaradas de vocablos latinos que ya han tomado carta de naturaleza en la literatura y aun en el habla de las personas cultas. Lo que sí habíamos de hacer los amantes del castellano, es menudearlos lo menos posible, cerrar la puerta á otros infinitos que nos pretenden introducir los que sin saber latín se entretienen en hacernos creer que lo saben, y sobre todo apurar y acrisolar nuestro criterio acerca del casticismo, estudiando nuestro caudal léxico, para poder dar la preferencia á lo más idiomático, á lo que se amolda á nuestro fonetismo, y á los radicales exclusivos españoles, que son los más pintorescos y robustos por lo mismo que llevan la estampa de la fantasía y del corazón de nuestro pueblo. Tal es el secreto de los grandes hablistas, conocedores de su hacienda, que tienen á gala pasarse la vida desentrañando el tesoro que nos legaron nuestros padres y en él el alma entera del pueblo español, no por prurito de desempolvar vegestorios, sino de sacudir de nuestro idioma la polilla galiparlera que la ignorancia y pisaverdismo ha puesto de moda, sometiendo nuestra rica lengua, como todo lo demás, al yugo extranjero. Los pueblos y los individuos son grandes, cuando libres de ajenos arrimos rebosan de vida propia, cuando llegan á ser verdaderos caracteres, ingenios que se levantan sobre el rebaño de las medianías.

II

Á nada conducen patrioterías halagadoras de hueras vanidades, si no es á acallar con fanfarronadas el grito interior de la propia flaqueza y á colorear la falta de sangre con postizos afeites; pero también harto nos hemos querellado y hecho alarde, más de lo que se nos pedía, de nuestro abatimiento y desgracias.

Ciertas ráfagas de nuevos alientos corren ya entre los escritos de nuestros autores, y la mejor señal para mí de que los desmayos pasaron es advertir que se va cayendo en la cuenta de que no estamos tan muertos, ni aun tan maltrechos como nos figurábamos ó nos hicieron figurar, y de que abriendo los ojos al pasado nos vamos persuadiendo de que nuestra gente ha valido y sido y hecho algo en el mundo, de que también hemos tenido nosotros por acá algunas cosillas no de menospreciar del todo. Un pueblo que reconoce su valor, sea el que fuere, y que alimenta esperanzas y fantasea ideales dignos de sus mayores, no es un pueblo muerto ni herido de muerte.