He dicho esto, abriendo toda la trompetería á propósito del revivir que se nota entre nuestros jóvenes escritores á las letras castizamente españolas. Ya no hay aquí ni un modernista. Fué un sueño de verano eso del modernismo, que dejó como embriagados á unos cuantos mozos hambrientos de ideal, al creerlo hallar en los últimos ecos acá llegados de las escuelas en descomposición de París. ¡Quién sabe si el manco de Lepanto al hacerles volver atrás la vista con su Centenario los despertó de ese sueño y les hizo parar mientes en nuestras cosas de antaño, donde pudieran á poca costa descubrirse soterrados mineros de invención genuinamente nacional, y hacer brotar frescos raudales de aguas que ya corrieron y dejaron cegar los galicistas del siglo XVIII! Lo cierto es que á la par de la oscura labor con que nuestros eruditos labran sus panales, editando libros clásicos antiguos en abundancia que sorprende, tomo tras tomo, biblioteca tras biblioteca, que no se dan manos editores y libreros, la florida juventud que se estrena con artículos sueltos en revistas y periódicos y aun alza el vuelo hasta llenar libritos de poesías, cuentos y novelas, más preñadas de ricas esperanzas que de madura mies, ha dado en poco tiempo una vuelta redonda, y ya no se va tras los oropeles de allende con el afán de antes; ganosa de loable novedad sale al campo á escuchar las voces de la naturaleza, requiere las aldeas y ciudades de provincia para conocer á los hombres como ellos son, y acoge codiciosa cuanto los más leídos descubren en nuestros viejos libros, ya voces de buena cepa y maneras de decir lozanas á vueltas de su antigüedad, ya ideas de nuestros peregrinos é inagotables ingenios.
Ateniéndome al lenguaje castellano, mi anterior articulillo Criterio del casticismo comprueba esto mismo; tanto, que me ha vuelto á poner la pluma en las manos para desenvolver algunas cosas que en él apunté y me han pedido declare más despacio. Sin merecerlo, por sus modestas pretensiones, el articulejo parece que ha hecho vibrar la cuerda patria en algunos, y cuando esa cuerda ha respondido al unísono, de creer es que no está tan destemplada. Siete cartas, amén de las felicitaciones, sinceras ó de cumplido, de amigos y conocidos, han llegado á mis manos, y todas se resumen en darme á entender que mi idea les paladeó el gusto, dejándoles con gana de algo más. ¿Cómo podríamos encauzar los deseos de muchos que sienten la necesidad de españolizar la literatura y el lenguaje literario, que quisieran conocer, sin meterse en hondas disquisiciones, cuáles son los vocablos y modos de decir castizos, de cuño verdaderamente español, fraguados por la fantasía y el corazón de nuestro pueblo?
En esto se cifra el contenido de las cartas á que aludo y á esto quisiera yo responder en este artículo ó en otros que me barrunto habré de enhilar á poco que me dilate. No es tan hacedero, escribía yo, distinguir lo castizo de lo no castizo, mayormente desconociendo tantas lenguas antiguas y modernas, como son las que rodearon desde su cuna al castellano, y han influído y están á la continua influyendo sobre él en bien ó en mal. Ello es que requeriría un estudio muy al por menudo de nuestro caudal léxico. No á la manera tradicional de los diccionarios, especie de museos, donde se hallan amontonados toda suerte de cachivaches fuera de su propio lugar, sin que pueda acertar el lector, si es que no lo sabe, el manejo y papel de cada uno en el habla real, corriente y moliente; sino apurando el origen y mudanzas de los vocablos fónica y semánticamente y con citas de autores, en las cuales se viese su valor y empleo. Por la fonética se vería cuáles eran las voces que llevaban el sello de nuestro fonetismo, y cuáles las traídas en bruto de fuera. Por la semántica nos entraríamos recorriendo el hilo de las mudanzas metafóricas de las voces al través de los tiempos, hasta el obrador donde la metáfora se hila y se teje, que no es más que lo íntimo del alma española, de esa fantasía, cabeza, corazón español, llámesele como se quiera, donde arraigan el sentir, el pensar, el querer, el fantasear de ese todo lógico llamado España. Este cernido y desmenuzamiento psico-fisiológico, fonético-semántico, que hoy llaman análisis fonético y psicológico, pondría á descubierto el alma toda española, tal cual en nuestro idioma se refleja y retrata, y nos aseguraría y abonaría el criterio que habíamos de tener en el elegir de los vocablos, frases y construcciones.
Estudio semejante no se ha hecho de lengua alguna; pero lo creo de tanta monta y gusto, que no me despido yo de emprenderlo y llevarlo hasta donde mis flacas fuerzas alcanzaren. Entonces conoceríamos cuál es la finura y delicadeza de oído de nuestra raza, cuáles los colores que se pintan en su fantasía, cuáles los sentimientos que bullen en su pecho, cuál la profundidad de su pensar y manera de ver las cosas, el Weltansicht, digámoslo á la alemana con Humboldt, el panorama del mundo que la nación se forma, según sus pensamientos y deseos, como se lo forma al respecto cada individuo, según los alcances de su cabeza y de su corazón.
Entretanto, hay una piedra de toque para distinguir lo castizo de lo que no lo es. Ya la apunté en mi artículo anterior y voy á declararla algo más detenidamente. El mismo nombre de idioma lleva en cifra el criterio del casticismo. Díjose idioma el habla particular de un pueblo. El pueblo lo formó en cuanto pueblo; no fulano ó mengano. Es su propiedad, el retrato de su interior. ¿Quién ha de ser, pues, el maestro que lo enseñe y sepa discernir lo castizo y propio de lo extraño y ajeno, sino el pueblo? Pero ¿qué es el pueblo? ¿Las personas cultas, las cuales según las gramáticas todas (página primera) nos dicen que son la norma del buen decir? Pueblo es, desde el rey, inclusive, hasta el último gañán de cortijo; pero aquí solamente cuando hablan como puros españoles, no como más ó menos sabidos en francés, ó como más ó menos enamoriscados del latín y del griego. Sólo que las personas cultas, con esos enamoramientos, andan embelecadas, y ofreciéndoseles tres caminos, el trillado español, el abierto por la moda francesa y la antigua calzada romana, echan por uno de estos dos últimos, dejando el primero que lo chacoloteen los patanes. Para decir lo que siento y saben todos muy bien sabido, ese dictamen gramatical lo que preconiza como dechado de hablar y escribir, es lo culto, lo que se aparta del habla común de las gentes que no escriben y si leen lo hacen á trompicones ó tomando, como el aldeano del cuento en casa del óptico, el periódico al revés. En puridad, pues, el tal dictamen y precepto ha de volverse también patas arriba para que sea valedero.
¡Horror! ¡Hablar como los tíos! Sí, señores míos, con perdón del que no lo sea, como los tíos! Entendámonos, y amohínese el que guste, que por mucha mohina que tome, no dejará de ser cierto que el pueblo que hizo el idioma es el único que tiene en él vara alta; ó bórrese del Diccionario el término idioma, con que lo bautizaron los mismos eruditos, arrastrados por la naturaleza misma á desmentir esos espantos y alharacas. Para curarles de ellos con otro espanto mayor, como con otro clavo, voy á saltar de la lingüística á la agricultura, que no será más que rodear el terreno de lo castizo por otro cabo. Los labriegos españoles, la gente campestre, los tíos, son los verdaderos maestros de la agricultura española. Y ojo con no espantarse, porque sería triste caso de supina ignorancia, el cual con todo es de temer que se dé, si para alguno fuese cosa del otro jueves que los españoles han sido en todo tiempo los grandes maestros de cultivar la tierra, los maestros de romanos, árabes y europeos. Y esos maestros claro está que han sido los tíos. No suelte nadie el trapo, repito, que quedaría graduado de ignorantón á carta cabal. Y no me amenacen los peritos y agrónomos y los peritoagrónomos y otros profesores de agricultura al menorete de Institutos y Escuelas con echarme á la cara centenares de cartillas agrarias, millares de teorías agronómicas, colecciones á pasto de Gacetas, proyectos de granjas modelos, Diccionarios enciclopédicos de agricultura, revistas de ídem, y toda la balumba de papeles que de eso se han escrito desde los tiempos de Carlos III. Porque, sin meterme en más dibujos, sin tenerles que decir bobería tamaña como la de que la Moncloa no es Campiel, ni las riberas del Guadalquivir, ni las huertas de Murcia y Valencia, todos esos papelorrios se revolverán desagradecidos contra ellos al soplo de una sencilla, natural y nada estudiada carcajada mía, con que los habré de recibir, si soy español de casta, que creo que sí. Porque con esa carcajada han despedido bonitamente de todas partes nuestros labradores á los agrónomos, que cargados de mamotretos, aparatos con tornillos y torniquetes, y de dietas, que es lo más sabroso, han ido, enviados por el Estado, á enseñarles á ellos, los tíos. ¡Y esto tiene miga! á los tíos, digo á los baturros de mi tierra, á los del zorongo de entrambas riberas, del Ebro y Jalón, á los de la anguarina de Navarra y Rioja, á los de los zaragüelles de levante, y basta. Llegaron, bien así como llegaban un siglo ha los granaderos franceses á enseñarles justicia, derechos y civilización, llegaron; y después de tanto pompear y pavonear, tras tanto ruido y estruendo, hubieron, cuitaos, de volverse, rabo entre piernas, dejando en los viñedos repastándose á mesa puesta muy á su sosiego y sabor, todas esas animalias (gusana dicen los tíos) que con tanta furia iban á descastar. En aquel entonces soltaron los tíos la carcajada, que aún no la han recogido, que para rato tienen, porque las remesas de gente adietada se suceden que es un descalzarse de risa para los unos, y un ir y venir y un tomar y dejar planes y papeles para los otros.
Pues, señor, que con cuatro ó cuatro mil nociones sobre terrenos y cosechas ideales y aéreas, se nos vuelve un mozuelo al pueblo, donde le vieron en la edad de los tres bolsillos, sin entender jota de cosas que los viejos traen en las uñas y en los callos de sus manos de medio siglo atrás, y pretende el muy estirado y guapo volver de arriba abajo lo que tienen sabido y resabido los vecinos, que así lo aprendieron de sus tatarabuelos, y éstos de sus trasbisabuelos hasta Alonso de Herrera, el primero que trató de agricultura en la Europa moderna sudando más en sus fincas paternas de Talavera que en su escritorio, hasta los escritores árabes de agricultura, que por boca de Iben Galib y de Almaccarí se dan por discípulos de los españoles, en fin, hasta Columela, y aquellos famosos turdetanos é iberos, tan tíos como los de hoy. Y luego nos vendrán con lo de la rutina, la testarudez, la superstición y la ignorancia de los tíos!
Recuerdo que el maestro Clarín, una de las tardes que charla charlando nos pasábamos, él enseñando sin pretenderlo, yo aprendiendo como quien no quiere la cosa, lastimándose de las ligerezas juveniles en que había caído al tratar de puntos religiosos, me dijo estas palabras que se me quedaron hondamente clavadas, porque eran fruto sazonado de aquel profundo pensador: «Hay que tentarse mucho la ropa, y yo cada vez tiemblo más de hacerlo, en eso de hablar sin ton ni son contra una institución, que ha pasado ilesa al través de tantos siglos y de tantas inteligencias superiores, á lo menos tan entendidas como las nuestras». Profundo respeto me infunden á mí todas las cosas populares. Vox populi, vox naturae putanda est. Por algo harán los tíos lo que hacen. Fruto es de infinitas experiencias de los siglos, de las generaciones que pasaron, de hombres, que no somos nosotros más que ellos, que ponían todo su interés en granjear lo más posible con su terruño, que conocían, si no todos los terrenos en teoría, el suyo cada cual en concreto, y el clima, y lo que lleva ó no lleva el pedazo de tierra que heredaron de sus padres. No digo que no sufra mejoras la tradición española, pero á bien que ella y nuestros labradores merecen todo respeto y reverencia. No así como así puede decirse que tal máquina, tal rotación, etc., es buena para tal tierra y su colono, que en correaje gastaría más de lo que saca, aun dado que fueran cosas apropiadas y tan buenas en concreto como lo son en general en las lucubraciones de los sabios. Las cosas del pueblo arraigan muy hondo, donde quiera que se ve la mano del hombre en común, hay que ver la fuerza del instinto humano, de todos los individuos mancomunados de un pueblo, y ese instinto es algo tan natural como las leyes físicas del universo y tan sabio como el instinto en los animales y plantas, y algo más, si el hombre vale algo más que todo eso. Y al aplicar el cuento al idioma, téngase presente que éste es la obra de las obras del hombre y del instinto social, no de uno ú otro individuo. El idioma es lo más sagrado que existe de tejas abajo, pero con tal que sea ese idioma fabricado instintivamente por toda una raza. Es el fruto de la inteligencia humana colectiva, lo más precioso que florece en la naturaleza. La sabiduría de todas las Academias y filósofos es un grano de anís delante de la sabiduría que encierra, como su meollo, el idioma. Que el arte literario, al aprovecharse de esa habla vulgar busque maneras de combinar los materiales, como las demás artes, es cosa que se cae de su peso; pero no lo es el que se eche mano de otros materiales extranjerizos ó el que se tome por módulo el módulo latino ó francés, como hacen los cultos. El pueblo es, pues, el maestro del idioma, es la piedra de toque del casticismo.
III
¿Fueron castizos nuestros clásicos, quiero decir, los escritores alistados como tales en el Diccionario de autoridades de la Academia, con buen golpe de otros allí omitidos? Desentrañemos el vocablo castizo.