Eso se pudo hacer antes, en el siglo XVI, y en parte se hizo; pero estuvieron de moda el latín y el griego, y venció el tecnicismo greco-latino.
Lo único que yo pretendo es poner en claro los hechos, tal como la ciencia lingüística los conoce. La aplicación á la práctica queda á merced de la literatura. Lo que sí debieran hacer los literatos es, reconociendo estas doctrinas, no favorecer tanto los vocablos eruditos como los de buena cepa castellana, no poner de moda los unos y afear como groseros los otros, y en todo caso evitar lo más posible los eruditos, usando cuanto se pueda los vulgares.
Los vocablos eruditos nada dicen á los oídos puramente españoles; mientras que los vulgares llevan en su raíz castiza y conocida y en sus sufijos y prefijos castellanos el sello de la raza y el concepto propio que encierran: son, pues, más estéticos, más coloristas, más sentidos, más españoles.
Amputar lo entendemos los que sabemos latín, que vemos un podar todo alrededor; para los eruditos no latinistas y para el pueblo es un vocablo que nada suena á sus oídos. Sepultar, ni aun para los latinistas dice gran cosa; pero enterrar ó soterrar, bien claro indican que es poner en ó so tierra. Le introdujo la espada en el cuerpo: ¿cuánto más gráfico que ese introdujo no fuera se la envainó, se la envasó, se la ensartó? Defenderse no sabe el pueblo á qué suena; pero dígasele se escudó, se abroqueló, se reparó, se adargó, y además de la idea abstracta ven un cuadro completo, un hombre que se cubre con su escudo, broquel ó adarga, ó se para, echándose atrás. Un hombre confuso ante el rey, es un puro concepto; pero es una pintura si decimos que se corre, se pone colorado, se aturde como tordo, se acoquina como si viera el coco ó fantasma, se empacha como el empachado de indigestión, se azora como la gallina al ver el gavilán, y otra infinidad de vocablos pintorescos, que á manos llenas puede hallar el que ha estudiado el castellano castizo. Siga usted la dirección del camino. El aldeano de Castilla le dirá: Siga el anhelo del camino. Déjase ir al amor del agua, dice Cabrera, lo que el hinchado culto diría siguiendo el agua ó la corriente.
Y esta es la razón por la cual yo prefiero las Celestinas y el primitivo teatro de Juan del Encina, Lucas Fernández, Naharro, Lope de Rueda y los entremeses de Cervantes, al teatro posterior, que ganó en grandiosidad, porque así lo llevaba el adelanto, pero perdió en españolismo y en casticismo de lenguaje. El teatro primitivo pudiera haber llegado á la cumbre á donde llegó el teatro medio escolástico y medio gentílico de Lope y Calderón, si siempre hubieran escuchado con el cariño que Rueda y Cervantes el habla popular en vez de dar oídos á latiniparlantes ó medio latiniparlantes. Español tan español como Lope de Vega en sus mejores dramas, no creo hubiera perdido en apreciar el habla puramente española como apreciaba los asuntos puramente españoles. Por eso yo prefiero el Quijote al Persiles, Rinconete y Cortadillo á la Española inglesa. ¿Y quién que esté convencido de la importancia del material artístico para la ejecución de las obras de arte, y del color local y la sangre de raza que envuelve el léxico vulgar, junto á lo aguado, seco y descolorido de los términos traídos de fuera, no estará de mi parte? ¿Que el asunto también hace al caso? ¿Quién lo duda? El del Persiles y de la Española inglesa hace que Cervantes sea otro que el Cervantes de los entremeses y de Rinconete y Cortadillo. Pero es por lo mismo, porque el asunto no castizo difícilmente lleva á usar el lenguaje castizo; pero cuando el asunto es español, hablan los personajes á la española, ó pueden por lo menos hablar, como en Cervantes lo hacen, aunque no lo hagan siempre en Lope y Calderón.
Y es que esta cuestioncilla del casticismo, que parece tan baladí, tiene más miga, porque el idioma es el alma de la raza, y abogar por el casticismo del castellano es tirar bastante más allá, es anhelar por el renacimiento castizo de España en todo orden de cosas, es querer que volvamos los ojos á lo nuestro, aunque sin desechar lo bueno que de fuera pueda venirnos; porque si España no renace de sí misma, arrimada á sus tradiciones de raza, en vano serán todos los emplastos y paños calientes que se le quieran poner por defuera. Á eso voy yo por lo menos, y vamos todos los que salimos á romper lanzas en pro del casticismo. Literatura en España que no se haga con lengua castiza no será literatura española. Claro está que peor enemigo es el galicismo; pero ese es enemigo declarado, que todo el mundo reconoce. El solapado es el latino-helénico de antaño, que hoy va tomando mayores fuerzas con el tecnicismo científico, que acorrala al lenguaje todo entero y se infiltra hasta en la literatura, tendiendo á convertir su lenguaje en la aguachinada jerga de comerciantes é industriales, jerga cosmopolita y por lo mismo sin color, sin brío, sin aceros, sin alma nacional.
Navarro Ledesma
El hombre y el literato
Los pocos renglones que me es dado escribir aquí de estos dos que pudieran servir como encabezamientos para los dos capítulos de la biografía de Navarro Ledesma, habré de gastarlos en desagraviarle. Porque acaecen cosas en este cuitado mundo, que aunque parezcan mentira, no lo son. Paz á los muertos no debió decirse por aquel á quien no bastó ser terrero inmerecido en vida de mil golpes de la fortuna que sobre él llovieron, sino que aun después de muerto no habían de faltar lenguas que se ensañasen cruelmente en su memoria. Á Paco (así le llamaba todo el que tratándole un par de días tenía entendederas y corazón de carne), á Paco, digo, á aquel hombre de bien á carta cabal, á aquel amigo de quienquiera que le conocía, salvo si no era un necio ó un malvado, á Paco se le ha tenido por un adocenado escritor, borrajeador de artículos de mediana estofa, y lo que peor es, por un mal hombre.
Hay literatos á medias: en España lo son los más. Los hay que miran atrás, los hay que miran adelante, pero con terquedad y tesón muy de nuestra tierra. Llamo mirar atrás, tener los ojos y los cinco sentidos clavados en legajos de archivos. Bichos real y verdaderamente risibles, cuando no contentos con su tarea, merecedora de todo encomio, como que sin estos peones que acarrean los materiales de la cantera no subiría la fábrica, se sonríen con autorizada sorna de los maestros que, asentando los sillares, la hacen subir, de los que discurriendo, digo, sobre esos datos que ellos allegan, forjan teorías, traban los hechos, deducen leyes, alzan un cuerpo de doctrina. El mirar solamente adelante es de algunos que están muy puestos en que hasta el día que ellos abrieron los ojos, nada se hizo que valga la pena de tomarse en cuenta, esto es, que los hombres hasta ese feliz momento fueron lastimosamente unos tontos de capirote.