Paco fué literato de cuerpo entero. No era de los que llevan á mal que todavía se enseñe en España la miseria de latín y griego que hoy se enseña; sino de que se hayan dejado por puertas los estudios clásicos, que sabía él muy bien llevan á donde quiera que van la maciza y honda cultura, desde Italia y España en la Era del Renacimiento, hasta Alemania é Inglaterra en la época presente.
Cierto que su natural y exquisito gusto le arrastraban ya de suyo al puro clasicismo, hollando el clasicismo académico ó de oropel. Tengo el placer de saborearme leyendo á Cicerón en el ejemplar que él lo leía, quizá mientras algunos de sus émulos refocilaban sus luengos alcances con el folletín de algún periódico.
Pero más que clásico, fué Paco español, enamorado de las letras españolas de nuestros buenos tiempos. También han parado en mi librería algunos de sus libros castellanos, y es de ver el tino con que cuatro rasgos de lápiz apostillan los pasajes que más le entretuvieron: Es una walkyria; Como Rosalinda; Parecen estos pastores de Shakespeare; ¡Trozo bucólico admirable! Ambiente selvático misterioso, como en As you like it; Este vizcaíno, copiado de Lope de Rueda, es el primer gracioso de nuestro teatro; Muy bien imitado el romance fronterizo; Esta escena es de lo más original que se ha hecho en nuestro teatro; Es un final de acto de ópera; Escena sainetesca, que no se hubieran atrevido á introducir en una comedia Lope ni Calderón; Todos estos señores nobles no cenan; Angels and ministers of glory, etc.; Lo mismo que hablan ahora. Basten estos ejemplos que hallo en las comedias de Cervantes. He entresacado algunos que llevan el cotejo de literaturas extranjeras y modernas, en las que por demás fuera detenerse á probar que Navarro Ledesma no estaba atrasado de noticias en esta parte. Vamos, pues, á lo otro.
Y lo otro es... no sé cómo calificarlo. El desdichado, el tristemente célebre Navarro Ledesma, y otras pestíferas gorgozadas á este lindo tenor y sonsonete, se han estampado á raíz de su muerte. Y se han estampado (horresco referens) en papeles y revistas serias y graves, y bajo la firma de personas que profesan el más acendrado catolicismo. Santiago, español por predestinación, se deslenguó delante del Divino Maestro, y pidió rayos y centellas contra los que no les querían recibir. Españoles habían de ser los discípulos de Jesús que pidieran esos rayos y centellas contra uno de los hombres de corazón más de oro que he conocido, contra aquel hombre de condición mansa y apacible, por más que saltara como un león en oyendo embustes sociales, compadrazgos y caciquismos, y sobre todo farisaismos rebozados con capa de virtud. Y ¿quién es nadie para asentar su tribunal en el fuero de una conciencia, donde sólo tienen voz y voto el alma y su Criador? ¿Qué cristianismo es ese que juzga los insondables abismos de una conciencia, y promulga por sí y ante sí el fallo que sólo es conocido de Dios?
Yo tengo una manera de pensar muy original y rara, creo que opuesta á todos los que escriben y leen este periódico. Yo siento que nos hace falta la Inquisición. Ojalá venga la negra, la sangrienta Inquisición. ¿Que para qué? Para poder hablar con la libertad con que hablaban y escribían los españoles del siglo XVI de cosas que ahora no nos atrevemos á tocar siquiera los que tememos escandalizar á la gente menuda. La gente menuda escandalizable es hoy las tres cuartas partes de los españoles, casi todos los católicos. Tal nos la han criado ciertos fariseos.
Entre los ingleses no hay niños, porque desde las mantillas los crían para hombres; aquí no hay hombres, porque hasta los setenta años nos crían como á niños. Lo que el padre de familia, el pedagogo, el Estado dan á entender á los suyos que son, eso son y eso serán. Regañad á un muchacho diciéndole que es un pillo: pillo será. Dadle alientos, diciéndole que tiene nobles sentimientos, que es para grandes cosas: grandes cosas hará, tendrá sentimientos nobles, será un hombre. El farisaismo no engendrará más que almas mezquinas, raquíticas, aniñadas, avillanadas. Malo es el remedio, pero casi estoy por vocear prefiriendo aquellos tiempos inquisitoriales á éstos, donde á la sordina, á socapa, solapadamente atan de pies y manos, no los inquisidores á hombres barbados, sino cierto aire farisaico, melindroso y para poco, que no sé quién lo ha soltado, á toda la raza antes de que deje los andadores. Venga, pues, si es necesario, la Inquisición y barra, ese farisaismo, y hablaremos con la santa libertad de aquellos nuestros padres que, en no tocando al dogma, escribían cosas que hoy nos asombran y espantan y eran harto mejores católicos que nosotros.
Pero es que eran hombres, grandes en sus solturas y grandes en sus hazañas. La casta de los fariseos era rara; hoy ha cundido la podre farisaica y ha consumido, encanijado, empequeñecido el natural arrogante de esta descaecida nación.
Chocano y los demás poetas jóvenes de América
La poesía en América se halla hoy, iba á decir en embrión, pero ni á eso llega, que el embrión ya encierra en sí lo que será el organismo, y la poesía americana todavía no sabemos lo que será ni ofrece siquiera muestras de organización distinta y caracterizada. Mejor diremos que se están echando en el crisol toda suerte de metales, estilos de todas las escuelas, y que la fusión va á empezar. Tampoco ha empezado. Las Repúblicas americanas están en la cuna, todavía no han desplegado del todo los labios; balbucean, pero no se entiende muy claro lo que dicen. Tras el amaneramiento de la época del coloniaje surgió la revolución literaria, poco bullanguera, á la verdad, en algunas partes, porque la señora poesía pide otro sosiego y otra brillantez de cultura de la que podían tener políticos improvisados que les faltaba el tiempo para arrojarse cada día los trastos á la cabeza, convertirse en guerreros de lastimosas lides civiles, y en legisladores sin norma, instrucción ni práctica. Todo andaba manga por hombro, y los versos ni más ni menos. Dadas las espaldas á España, cuyas menguas tampoco eran para llamarles la atención, las miras de cuantos anhelaban emprender algo se pusieron en Francia é Inglaterra. Con esto el modernismo pasó los mares. Sus tres precursores fueron un bogotano, José Asunción Silva; un mejicano, Manuel Gutiérrez Nájera; un cubano, Julián del Casal. Los tres son ya muertos. Silva fué el más original, alzando una verdadera enseña con su Nocturno, que tenemos todos á mano en La Corte de los Poetas. Gutiérrez Nájera es el Catulle Mendes de Ultramar, preciosista con dejos de Copée y, por supuesto, menos aristocrático y menos terso. Casal, parnasiano de largos y clásicos arpegios, no abandona los antiguos moldes, moderniza el endecasílabo castellano sin juguetear con ritmos, rimas y demás zarandajas de la escuela, sólo trata de barnizar con lo que de Francia le llega halagándole el oído, lo que él tiene por ideal de la poesía castellana. No hubiera jamás trocado su alteza de pensamiento y su galanura musical espontánea por ciertas rarezas modernistas.