Viniendo ya á los vivos, de Rubén Darío nada habrá que añadir á lo que todos saben. Portaestandarte del modernismo en América y en España, es un Schumann en poesía: tras una melodía de gasa azul que ondula sin rozar los aires, salta un desacorde que hiela el tímpano, transición inconsciente para el autor, pero que yergue los nervios del oyente para dejarlos después descansar adormecidos más suavemente con otra sonada todavía más muelle y cadenciosa. Golpes estrafalarios acá y allá, rarezas inesperadas, despertadoras de una justa condena, que se apaga en la mente del crítico tan pronto como estuvo á punto de estallar. No tiene pentagrama, es ya violín que juega encaramado sobre él, ya violón que se sume á lo bajo. Ni quiere compases, porque el ritmo ha de nacer de la misma imperiodicidad de los golpes, y ha de ser la cláusula poética un período prosaico, cadencioso y versificado en líneas de desigual largura, algo así como el período métrico del poeta tebano, aunque sin repetición de estancias. Nombres y vocablos traídos de todos los climas, ideas barajadas de todas las doctrinas las más opuestas, plegarias y reniegos, orientalismos vagos y convencionalismos cortados occidentales. Pero siempre nuevo como los variados paisajes que cruzan á la vista del viajero en un tren, y siempre como este mismo tren en continuo movimiento. Es un Hugo más humano, menos titánico, más preciosista, más musical, aunque á las veces no menos barroco y engravedado. ¡Y eso que quería pasarlo por alto!
Las Montañas del oro del argentino Leopoldo Lugones entrañan pepitas de muy reconcentrada poesía. Remeda á Edgard Poe y al portugués Eugenio de Castro con buena fortuna. Menor la tuvo al imitar á D’Anunzio y Laforgue en Los Crepúsculos del jardín. Con toda esta descaminada tendencia hacia lo ingenioso y deslumbrador, es Lugones, según dicen, el más alto representante del simbolismo en castellano.
Del neomisticismo lo es el mejicano Amado Nervo, alma contemplativa y melancólica, pero sin norte fijo. Sabe soñar, pero como quien sueña fuera de su hogar, en una casa de huéspedes. Hace á veces un pisto tan extravagante como sabroso de ideas católicas y panteísticas, rebujándolo después con cierta melancolía religiosa de las razas indígenas de América. Místicas es lo mejor que ha escrito. Anda entre Luis Cardonnell y Baubille, sin ser místico francés del todo, pero mucho menos español.
El primer parnasiano en América es el bogotano Guillermo Valencia, muy clásico en la cultura y muy modernista en la forma, como puede verse en su libro intitulado Ritos.
También es bogotano Julio Flores, poeta repentista á cuyos labios acuden acentos melancólicos al son de las cantatas populares, con espontaneidad y frescura. Pero su gran facilidad lo hace indomeñable, que ni quiere cultura ni modernismos ni ataduras de ningún género. Es, pues, poeta popular, que ni siquiera se ha cuidado de recoger los versos que deja volar á los cuatro vientos, como el ruiseñor suelta y no recoge sus notas. Claro está que todo ello da bien á entender lo mucho que tendrían que retocar sus poesías, y los altibajos y desigualdades de su entonación.
Para que ningún género falte en esta galería tan abigarrada, el mejicano Salvador Díaz Mirón es el poeta encrespado y melenudo á lo Víctor Hugo y Castelar. Oruga enamorada de una chispa, ó águila seducida por un astro. Aunque esa es la gloria para él, él y sus maestros ideales también tienen algo de eso, bien que el mejicano no trompetee tan alto y sonoro como el francés y el español. No es, ciertamente, la sibila de oro, pero en otros tiempos hubiera sido puesto en el pináculo del templo de la fama, porque á verbosidad y soltura y á riqueza de metáforas pocos le llegan. Es la liana de América, que se enreda á todos los árboles de la selva tropical y no se detiene en ninguno. Para él la poesía es, entre otra infinidad de cosas:
«Flor que en la cumbre brilla y perfuma;
copo de nieve; gasa de espuma;
zarza encendida do el cielo está:
nube de oro, vistosa y rauda;
fugaz cometa de inmensa cauda;
onda de gloria que viene y va,
Nébula vaga de que gotea,
como una perla de luz, la idea;
espiga herida por la segur;
brasa de incienso; vapor de plata;
fulgor de aurora que se dilata
de Oriente á Ocaso, de Norte á Sur».
Todo, menos humilde violeta que pide nos abajemos á recogerla, que se nos ofrece vestida de melancolía, pero que en su aroma lleva un mundo de suaves y delicados sentimientos.
Este poeta es ave que pasó. Otra acaba de llegar aleteando; y digo acaba, porque José Santos Chocano, de quien hablo, desea que se rompan, como desgraciados ensayos, todos sus versos anteriores, comenzando vida nueva, armado de una estética personal y bien definida y la mirada fija en un ideal alto y noble. Chocano ha declamado sus versos en el Ateneo y en el Conservatorio, y los ha declamado muy bien. Son versos precisamente para declamar. Al quererlos leer se le yergue á uno instintivamente la cabeza y se le escapan los brazos. El timbre poético de Chocano es el del clarín, por eso el ritmo y las ideas de su composición. Lo que dicen los clarines es lo más característico y suyo de todo el libro Alma América. El mismo metro ha empleado en otras composiciones. Es metro oratorio y esencialmente declamador. Nótense, sobre todo, las repeticiones:
«Los clarines suenan trémulos...
Los clarines suenan lánguidos...
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Se dijera que las notas de los épicos clarines
son los ayes de la raza, son las voces del pasado;
se dijera que las notas de los épicos clarines
vienen, llenas de penumbras y misterios y milagros,
de países muy distantes
y de tiempos muy lejanos...
Tales fueron los clarines españoles,
tales fueron los clarines españoles que sonaron
en las cumbres luminosas
y en los lóbregos barrancos,»...
......................................................
«ya pasaron... ya pasaron... ya pasaron...
ya pasaron para siempre...
ya pasaron para siempre... ya pasaron...!
Los clarines suenan trémulos...
Los clarines suenan lánguidos...»