«En idioma genízaro y mestizo,
Diciendo á cada voz: yo te bautizo
Con el agua del Tajo,
Por más que hayas nacido junto al Sena,
Y rabie Garcilaso, en hora buena.
Que si él hablaba lengua castellana,
Yo hablo la lengua que me da la gana».
¡Ay, Iriarte de mis pecados, que no sabías de la misa la media cuando esto escribiste! Ahora, ahora es cuando hay que rechupetearse los dedos, que los dan con azúcar y canela. El nuevo espíritu de conducta no cabe en odres viejos, es demasiado volátil. La agudeza de un Quevedo es chata junto á los conceptos de las grandes conquistas modernas, que hay que expresionar é imprentar en condiciones más valiosas y fundamentalizadas, para que no pudibundicen al hombre menos dotado de combatividad.
Esta jerga literaria, en vez de arrancar de la tradición, de la literatura clásica castellana, es un mal injerto de castellano en francés; es querer pensar y hablar á la francesa con palabras castellanas, de origen castellano por lo menos. Y esta hibridez, vive Dios que nada tiene de loable. Esa es la gangrena del lenguaje empleado por los autores americanos. Por ella no gustan en España sus escritos, ni pueden gustar á nadie. En vano la quieren colorear con el pomposo calificativo de progreso, de evolución del lenguaje, y riñen á brazo partido descomunales batallas contra la literatura clásica, contra la literatura española que en la clásica arraiga, y contra los centros conservadores, como la Academia Española. Pero eso ni es progreso, ni verdadera evolución del habla. La avenida del culteranismo, que inundó el castellano literario de palabras latinas, era de ese jaez, no hizo más que emporcar las claras aguas del castellano, que se deslizaban por su curso natural. El aguaducho galiparlista desde el siglo XVIII no lo ha llenado de menores inmundicias. Nada de evolución natural ni de progresivo desarrollo del lenguaje hay en todo eso, y menos le hay en el afrancesamiento del modo de pensar y de escribir de los americanos. ¿Por qué extrañan que el Diccionario no dé pasaporte á tan sucia mercancía? Vengan con vocablos del habla vulgar de las diversas regiones americanas, con términos de plantas y animales que la necesidad hizo tomar de las lenguas indígenas. Todo eso es castellano de América, y deberá aceptarlo el Diccionario, como los vocablos exclusivos de Castilla, Aragón y Andalucía. Pero no se confundan las cosas. Esa habla reciente de los escritores americanos no es castellana; acudan con ella á su Academia correspondiente. Ni es del habla genuina del pueblo americano; son, repito, dos lenguajes tan distintos como antagónicos en sus tendencias.
Estas tendencias no pueden ser más claras. Copio á Palma: «Jóvenes muy inteligentes é ilustrados de la nueva generación me han revelado su poco ó ningún apego por la lengua castellana, con estas palabras no escasas de fundamento: la pobreza del anémico vocabulario español, en la marcha progresiva del siglo, es una rémora para la expresión fiel del pensamiento. El cartabón académico es exageradamente estrecho, y para acatarlo habría que pasar la existencia hojeando el Diccionario para convencerse de qué vocablos de uso frecuente están excluídos del léxico. Hoy, en la mayoría de las Repúblicas, no son muy leídos los libros españoles, y la juventud universitaria devora los textos en francés, inglés ó alemán. No es entusiasta, como la de la anterior generación, por la lectura de los clásicos españoles. El purismo pasó de moda. El siglo XX impone un vocabulario más rico que el tan admirado del siglo de oro ó de esplendor para las letras castellanas. Hoy tiene caracteres de aforismo esta espiritual frase de Unamuno: «no caben, en punto á lenguaje, vinos nuevos en viejos odres».
Aquí está bien puntualizada con todos sus pelos y señales esa jerga literaria, que han barrido sobre todo del francés «jóvenes muy inteligentes é ilustrados de la nueva generación», pero que tienen «poco ó ningún apego por la lengua castellana». Á la verdad, no quieren castellano; quieren otra lengua distinta, híbrida de castellano y francés. ¿Y los nuevos términos extranjerizos de esa jerigonza, son los que tienen empeño en que los acepte la Academia Española? Á nueva lengua, nueva Academia. Ténganse ellos, pues, su Academia de esa nueva lengua. Si tienen poco ó ningún apego á la lengua castellana, ¿qué les importa de nuestra Academia ni de nuestra lengua?
Esotra cantilena de que «la pobreza del anémico vocabulario español, en la marcha progresiva del siglo, es una rémora para la expresión fiel del pensamiento», no faltan jóvenes que la solfeen también por acá en España. El vocabulario español lo dejaron precisamente anémico, en camisa y casi en cueros los galiparlistas, que redujeron el sobreabundantísimo léxico del siglo XVI al pobrísimo del siglo XVIII por ceñirse en castellano á solos los términos que tienen su equivalente en francés. Y á pesar de eso, ese «anémico vocabulario español» es el doble en grueso del vocabulario francés; y no tiene el lector, para convencerse, más que tomar en su mano cualquier Diccionario español-francés y francés-español, y comparar el grueso del lomo de los volúmenes. Si con la mitad tienen los franceses que les sobra para «la expresión fiel del pensamiento», ¿por qué con el doble de palabras y con el triple de metáforas y frases que empleaban nuestros clásicos, y en parte no queremos nosotros emplear, sólo porque no las tienen los franceses, no podremos expresar ese pensamiento? ¿Tan sutil es y alambicado, tan hondo, tan cerrado, ese pensamiento moderno, que no cabe en el castellano, que abarcó, cual ninguna lengua, desde la mística hasta la picaresca, desde el Renacimiento, donde se hallaba todo lo moderno, hasta la antigüedad greco-latina, que distaba bastante más del siglo XVI que no dista del mismo siglo el siglo XX? Por lo menos esos jóvenes «muy inteligentes é ilustrados» en su nueva jerga, ¿habrán expresado esas sutilezas, alambicamientos y honduras, que pasan del alcance del castellano? En la literatura americana yo no hallo nada de eso, sino más bien mucha ligereza y superficialidad, y conceptos más romos que agudos, sentimientos más secos que jugosos, filosofías que nada tienen de germánicas, de hondas, de trascendentales. El Sr. Palma escribe lindísimamente: no por esa nueva jerga, que él no emplea, sino por lo picaresco de su habla, adaptada á la bohemia, á la picaresca, que remedó allá en Lima el modo de ser y de hablar de la vieja España.
Claro está que si esos jóvenes no leen nuestra literatura, sino la francesa, tropezarán á cada paso al querer expresar tan bien en castellano como los hallan escritos en francés los sentimientos y pensamientos franceses. Es que cada pueblo tiene su matiz propio y exclusivo en el sentir y pensar, que sólo puede expresarse en el propio idioma, que con ese sentir y pensar nació. Ahora, que el sentir y pensar francés y su idioma sean más ricos, originales, hondos, pintorescos, vivos, que los del pueblo que creó el castellano, esa es una cuestión que puede resolver la literatura comparada y la comparación de los idiomas de entrambas naciones, y el fallo está dado tiempo ha por nacionales y extranjeros.
El sol de Andalucía no cabe parearlo con las nieblas de París, ni la sangre hirviente, negra y tenaz española con la belicosa y rubia, pero ligera como el agua, de nuestros vecinos. La picaresca, la mística, el teatro á lo Calderón y Lope, la novela cervantista, los manolos y chulas, son cosas que les dan á ellos en rostro y que los críticos alemanes é ingleses califican, por el contrario, de lo más original, naturalista, profundo y característico en punto á costumbres y literatura.
Ejemplo al canto: esta espiritual frase dice Palma del dicho del Evangelio y de Horacio. ¿Qué significa aquí espiritual? Mucho en francés, porque tiene un matiz intraducible. Pero en castellano es simplemente una gansada. Toda frase que exprese un pensamiento, ó dígase cosa del espíritu, es espiritual. Ese matiz francés del vocablo es, pues, tan bonito como ligero, pero tan poco profundo como lo son ellos mismos: bueno para hacer efecto al primer golpe, y por lo mismo para que lo lleven y sepan venderlo en todos los escaparates del globo terráqueo los modistos parisinos y esté de moda unos días; pero como le falta profundidad filosófica y colorido de fantasía, su moda pasa y se desvanece como todas las modas parisinas.
Pero, en fin, es inútil que á esos «jóvenes muy inteligentes é ilustrados» les queramos persuadir de que el léxico castellano nada tiene de anémico, sino de sobrado, que es por lo que siempre pecó, como por lo sobrado y exuberante pecaron nuestros ingenios, desde Séneca y Lucano hasta Lope y Calderón, desde Castelar hasta el anémico Tostado. Porque bastaría preguntarles que ¿por dónde saben ellos que nuestra lengua padece de anemia, si, como dice Palma, no han leído á nuestros clásicos? Tiene gracia que, movidos de aversión por todo lo que sepa algo al nombre español, devoren textos no castellanos, piensen extranjerizamente, no hayan abierto un libro clásico castellano, ¡y nos vengan después con lo de la anemia de nuestro caudal léxico! Pero aún tiene más gracia el que, después de haberse hecho para su uso particular un vocabulario de palabras barridas con ignorante é inexperta mano de otras lenguas, nos vengan con la ingenua pretensión de que las incluya la Academia en el Diccionario castellano. Pónganlas, noraental, en el Diccionario de esa riquísima, progresiva y espiritual lengua, que ellos se van apañando con tanta inteligencia como ilustración, y dejen estar al Diccionario castellano con lo que es suyo y á la Academia con lo único que le incumbe, que es registrar los vocablos que emplea todo aquel que pretende hablar castellano, no los que empleen «jóvenes inteligentes é ilustrados que tienen poco ó ningún apego por la lengua castellana».