Para no condenar en globo á todos los escritores americanos, conviene aclarar las cosas y hacer una distinción importante, que hace el mismo Palma, escritor tan castizo y á la antigua española, que más bien tiende á lo viejo que á lo moderno en su vocabulario y estilo, aunque ciertos desabrimientos, en parte justificados, le hayan hecho últimamente portaestandarte del neologismo y párroco de esa nueva feligresía, muy inteligente é ilustrada.

Los americanos ya entrados en años, los hijos de los que se hicieron independientes, á vueltas de cierta aprensión de tiranía, que acerca de los españoles les llevó á las narices el humo de la pólvora que cuando niños les rodeaba, conservaron un grato recuerdo de la madre patria, que, si no todas veces oyeron de labios de sus padres, leyeron por lo menos en sus más hondos y arraigados sentimientos.

Los que de entre ellos se han dedicado á las letras se han mostrado hasta extremosos en acatar la autoridad de nuestros clásicos y de la Academia Española. No conozco obra lingüística escrita en España donde tantos miramientos se guarden con la Academia, como se echan luego de ver en las mejores compuestas en América. Bello, Cuervo, Peña, Isaza, Baralt, Calcaño, Membreño, Batres Jáuregui, el mismo Palma, son académicos hasta exagerados. No lo soy yo tanto, ni muchos de los mismos miembros de la Academia, y en este punto había de llevarles la contra. Quéjanse, es cierto, y repiten en todos los tonos de la gama, de que son una mayoría, cuyos modismos debiera tener en cuenta el Diccionario académico, que algo pesa el voto de cincuenta millones junto al de diez y seis, que el castellano es tan suyo como nuestro; pero estas mismas quejas y la escrupulosidad con que hojean el Diccionario y Gramática de la Academia compulsando con las de ella sus propias doctrinas, y el afán de que se les atienda y el proclamarla como centro de autoridad, ¿no prueban más que manifiestamente que son quejas de hijo desatendido, pero en ninguna manera desamorado y rebelde?

¡Cuán otros se nos presentan los jóvenes de la nueva generación! Sin el menor apego á la España, que sus padres, al cabo como españoles, respetaban; antes, con la prevención y aun inquina no disimulada, cautelosos y escamados, han vuelto la espalda y alejádose lo más que han podido de cuanto huela á español. Cual perro recién desatado de la cadena, se lanzaron tras el resplandor que admiraron en países de otra raza, y allí, encandilados, embaucados, emborrachados como niños inexpertos, que niñas son las nuevas nacionalidades, con los vicios y virtudes de los hombres niños, dieron rienda suelta á su hambre por los apetitosos pastos de la novedad, y se hicieron franceses y hasta ingleses ó canchadales, con tal de dejar el habla castellana, último resto que les quedaba de españoles.

Alimentos extraños, mal digeridos y asimilados, no podían producir más que ese hartazgo y esa jerigonza de lenguaje que afea las obras de los mejores ingenios sudamericanos. Los españoles no nos hemos cuidado para nada de esos pródigos del habla castellana. No asomó á nuestros labios la menor mueca de desdén ó de resentimiento. Creer que en España se odia ó se mira, aunque no sea nada más que con cierta prevención, á los americanos, es otra niñería por parte de los que por allá crean semejante paparrucha. Lo único que aquí ha caído mal entre los literatos que conocen sus escritos es esa monserga empleada por escritores que, gloriándose de hablar castellano, lo han ido á aprender á París. No hay punta de malquerencia en ello: es el desagrado natural que causa lo deforme, y el sentimiento de que de lo deforme se alardee.

Y el hecho es á todas luces clarísimo, mal que les siente á nuestros hermanos de allende los mares. Hay que decirlo francamente. Salvo las raras excepciones de aquellos varones eminentes, que en punto á literatura estudian nuestro pasado, los americanos escriben mal, la mayor parte horriblemente mal, y, á vueltas de delicadísimos chispazos de poesía, los mejores poetas dan de bruces y sueltan necedades de á tomo. No es el habla del pueblo americano, ni el ingenio de los escritores: es esa novelería extranjeriza, la que los malea. El galicismo es un cáncer que hay que sajar hasta en sus últimas fibras. Los que lo defienden, sea como fuere, favorecen esa peste del lenguaje literario de América. Ni admite defensa alguna razonable, porque el galicismo es cosa distinta del neologismo necesario.

Hablando de galicismos y anglicismos, dice seriamente el inteligentísimo y muy querido amigo mío Sr. Palma «que algunos de ellos son precisos por no existir en castellano voz equivalente, como sucede con las palabras revancha, sport y otras pocas». Adán, cuando llegó á ser abuelo, no sé yo si mandaría traer de París los juguetes que el día de Reyes regalaba, sin duda alguna, á sus rubios netezuelos; lo que sí tengo muy averiguado es que aquellos rapazuelos jugaban y se daban al deporte con más gusto que el más estirado de los ingleses. También sé de buena tinta que cuando Caín jugó aquella mala partida á su hermano, de dejarle en el sitio de un guijarrazo, no faltó quien desease tomar el desquite, y, para que no se desquitasen sin cuenta y razón, tomó Dios por suya la causa del fratricida, señalándole en la frente, y él por su parte se tuvo el cuidado de guardar la pelleja, emboscándose lejos de la gente. ¿Cree el señor Palma que nuestros abuelos tenían sangre de chufas, para no sentirse picados y procurarse el despique, y que los nietos del rey que rabió fueron tan severos que en su niñez, ni en su mocedad, ni en su edad madura, ni en su misma chochez, no les gustaba entretenerse, divertirse, jugar, espaciarse, holgarse y echar una cana al aire cuando llegaron á tenerlas? Pues créame que todos hemos sido hijos de Adán y nietos del rey que rabió. Y á eso se reduce todo el alegato en favor del galicismo, y esa es la sencilla contestación que se le debe dar.

II

Ya yo me lo había calado, que por algo me quise curar en salud. Parece que al leer mi último artículo en La España Moderna no ha faltado quien sintiese cierto cosquilleo y una no del todo agradable comezoncilla, hasta el punto de hacerle soltar la maldita contra el arrojado é insolente español que tan malparados dejó á los americanos. Doleríame que el que así se picó fuera de los que les coge de lleno mi caritativa crítica. Que caritativa fué en el fondo, aunque confieso llanamente que en el modo anduve un si es no es de indiscreto. Tal les ha parecido también á mis amigos de por acá, y yo, reconociendo la culpa, pido de ella perdón. Lejos de mí el haber intentado envolver en la condena á todos los que por América se dan á escribir. Por ejemplo, al autor de un libro impreso el año 1904 y que hará unos meses llegó á mis manos. Su encabezamiento es precisamente este mismo de El castellano en América. No es él un fulano de por ahí; es «individuo de la Facultad de Derecho, abogado honorario del Brasil, correspondiente de la Real Academia de la Lengua, de la Matritense de Jurisprudencia y Legislación, de la Sociedad de Historia Diplomática de París», y hasta catorce líneas de títulos, según reza la portada. No nos las habemos ya aquí con cualquier mequetrefe, que se deja embair por ñoñerías insustanciales; sus años bien cumplidos lleva á cuestas á par de sus títulos y fama. Creo que para conocer la cultura americana, hará al caso ver qué piensa de estas quisquillas lingüísticas y cómo maneja la pluma escritor tan calificado.

En el primer capítulo, donde hace una sucinta reseña de la historia del castellano, deja ya entrever lo al tanto que está de las últimas conclusiones de la ciencia. Allí vemos que «los egipcios fueron dejando rastros de su cultura y lengua en el castellano». Efectivamente, los antiguos nos hablan del egipcio Osiris, que muchos piensan no distinguirse de Baco, y de sus celebérrimas excursiones y andanzas por todo el universo mundo; y aunque no conozcamos con certeza el itinerario que siguió al frente de sus huestes, ¿quién será tan osado que niegue la posibilidad de haber venido á España, donde sin duda dejaría rastros de su cultura y lengua? ¡Cuántas etimologías castellanas están por averiguar, entre las cuales una buena porción bien pudiera aclararse por el egipcio, lengua antiquísima, merecedora de esto y de mucho más!