Á mérito de su origen americano habrá que conceder al autor el que exagere tal vez más de lo que pidiera un razonable andalucismo el valer de los que por allá escriben levantándolos por cima de los demás, como sobre una basa que sustente la memoria de tan peregrinos ingenios. «Pero quien ha manejado con más abundancia de vocablos la rica lengua de Castilla, quien más de cerca ha seguido al autor del Quijote, quien con más limpieza emplea múltiples y variados giros, quien derrocha primores y elegancias de dicción, quien arcaico, si se quiere, es el más clásico de cuantos últimamente han escrito en castellano, es el atildado estilista D. Juan Montalvo, de quien pudo decirse, en verdad, que al dejar su espíritu la tierra, recibióle en el empíreo Garcilaso y fué á confundirse con Cervantes». ¡Cáspita con el encarecimiento! ¡Confundirse con Cervantes! Contento se vería sirviendo de caudatario al americano Palma, por no citar á otros americanos y españoles. Montalvo enjaretó en su libro no pocos galicismos y extravagancias cultas y modernas, pensando buenamente que remedaba á Cervantes, y creyó darle cierta tonalidad arcaica con añadirle cuatro antiguallas que le llenaron el ojo. Recrecióseles á los lectores americanos, digo á los que estaban ayunos de clasicismo, y lo han levantado sobre los cuernos de la luna. Aquí sí que debieran leer á Valera y atender á lo que de Montalvo escribió, en vez de agarrarse á él, como á lapas, cuando abogan por la introducción de americanismos.

Ahí está publicado el Diccionario del Quijote: el que guste, puede buscar en él todo ese derroche de primores y elegancias de Montalvo. Seamos más mirados y modestos, dejando á Montalvo á la cabeza de los que en la imitación del asendereado manco gloriosamente fracasaron, y no será pequeño lustre el permitirle capitanear esas huestes.

Que «Don Antonio José de Irisarri desentrañó, en sus Cuestiones Filológicas, los organismos del castellano», sí será verdad, pero con eso y con todo lo de más allá, á pesar de nuestras ganas y de leer libros de Irisarri y de los no Irisarri, no ya las entrañas y redaños, pero ni dos dedos de la piel adentro hemos logrado, los demás y yo, calar y ver de esos organismos. Lo cual no se entienda contra el saber de Irisarri, que sabía tan bien como nosotros lo poquísimo que de tales organismos se nos alcanza á los lingüistas de estos tiempos. Otros vendrán, en los cuales se sepa más y haya más «dignos intérpretes de las galas académicas de nuestra abundosa lengua, asaz esmaltada por el ameno estilista de aquella tierra (Venezuela), el popular y talentoso Nicanor Bolet Peraza». Por vía de los talentosos, académicos y asaz esmaltados, y cuan abundantes y por los suelos andan en América, «La obra de Zorobabel Rodríguez, de la Barra y de Reyes son, si vale la frase, una autopsia de la lengua»: y ¡cómo que vale!; que con esas y esotras la van poniendo de talle, que pronto habrá menester la pobre lengua castellana que se la hagan en alguna clínica de París, á pesar de los que, como nuestro autor, se desviven por conservarla lozana y fresca.

«Eduardo de la Barra es un filólogo insigne, que escribió lo mejor que se ha publicado sobre métrica castellana». ¿No sobraría decir que escribió mucho de bueno? Por lo menos los admiradores de Benot, Sicilia y Bello se retorcerán los mostachos al estampido de tan fiero escopetazo. Bello tuvo un oído delicadísimo y apuntó observaciones métricas de gran valer y de mayor alcance de lo que se figuran los que no lo han estudiado; Benot no le va en zaga, añadiendo otras de no menor sagacidad; De la Barra ha sistematizado matemáticamente, como buen ingeniero que es, algunas leyes, que podrán ser de mayor ó menor provecho; pero la Métrica castellana continúa sin hacer, á pesar de estos autores, de Sicilia y de Robles con su Ortología clásica, estrellado pajar donde centellean algunos tenues hilos de luz.

Lo que no se debiera tolerar es que se pregonaran á bombo y platillos libros disparatados hasta dejarlo de sobra: «ha publicado el doctor D. Santiago Ignacio Barberena El curso elemental de Historia de la Lengua Española, que contiene mucho de filología de los idiomas sabios, y no poco respecto del germen, desarrollo y pubescencia del habla castellana. El lujo de doctrina y las citas oportunas avaloran esa obra interesante, en la cual se engolfa D. Santiago Ignacio, buscando el origen del lenguaje como andaba el inglés de marras en pos de la calavera de Adán, para ofrecerla al Museo Británico de Londres... Sea de todo eso lo que fuere, la obra del doctor Barberena es una prueba más de que en la América latina hay hombres de letras merecedores de sincero elogio, que honran la lengua que de sus antepasados heredaron. Los Quicheísmos de tan apreciable filólogo así como varios otros de sus libros, le han recomendado en el mundo científico, en el cual ya gozaba, en concepto de matemático, de una reputación bien adquirida». ¡Válame la burra de Balaam! y ¡qué de sinceros elogios nos vemos precisados á tragar los que escribimos! ¡Con esto, vaya usted á almibararse y ponerse bien hueco, cuando en revistas y periódicos le espeten una andanada de encomios lisonjeros y adormecedores! Es cosa de chuparse los dedos y de confitarse el alma de gusto dando de patas en ellos como mosca golosa. ¿De veras dice el autor todo eso del famosísimo y celebérrimo Barberena, tan recomendado en el mundo científico por lo entretenido y graciosísimo de sus escarceos y payasadas? Mejor le hubiera estado al bueno del Doctor haberse quedado en su retraimiento de cándida doncella, resolviendo inocentes incógnitas matemáticas, sin meterse en caballerías, ni Quicheísmos, ni Historias de lenguas. Todo lo cual, mía fe, que no son inquinas ni exageraciones de crítico malhumorado: nadie mejor que el autor lo sabe, y no había para qué venírsenos á ensalzar tan ladinamente las cosas patrias con libros de esa marca.


En el capítulo segundo, donde el autor descubre los Vicios de locución en la América latina, tenemos una bonita muestra de lo que pasaría en España, si se lograse, como muchos pretenden, desterrar de la enseñanza el estudio greco-latino, madre del cordero, que habiéndolo abandonado por aquellas tierras, no es mucho lo hallemos tan roñoso, trasijado y enclenque. Quezada, quezo, Baltazar, faces, exhuberante, silvido, explendor, expontáneo, hechar, cólega, diábetes, páis, bául, máiz, autopsía, disinteria, ópimo, etc., son lindezas que dice se dicen y escriben por aquellas bienaventuradas regiones. En cambio entre estos barbarismos pone Sardanápalo y cóndor, que él cree deben decirse Sardanapálo y condór, aunque no veo por qué, pues cuanto á cóndor, tal sonaba en la lengua quechua, de donde procede, si hemos de dar crédito á Arona, Lafone, Lenz, Mitre, Bello, y á la misma Academia, que lo aceptó en 1884, y al uso de Chile, y puede decirse que de toda la América. Que por acá digan condór no lo extraña el que sabe que las voces terminadas en consonante suelen ser agudas en castellano; pero en éstas y otras palabras americanas los americanos son los que han de dar la ley. Por las mismas tendencias idiomáticas prefiero yo Sardanápalo, pues en voz tan extraña se nos hace recio el decir cosa que suene á palo tratándose de un tan pomposo emperador. Menos razón asiste al autor cuando reprueba arcaísmos que no lo son en América. Enjaguar es más castizo que enjuagar, que es su metátesis, de ex-aquare; la color no es «remembranza de Berceo y Santillana, que usaron esa palabra como femenina, á la provenzal, que daba tal género á los acabados en or», sino de uso no interrumpido en todos los siglos, en Cervantes y demás clásicos, y hoy día en Castilla; ni es de origen provenzal. Menos se me alcanza por qué hayamos de tener por arcaísmos truje, mesmo, agora, siendo así que viven en todas las regiones de habla castellana y son más conformes á la etimología.

Lo diré francamente: las Academias y autores que no hacen caso de tales formas, prefiriendo traje, mismo, ahora, como únicas voces correctas, juzgan con arbitrariedad injustificada lo que no es suyo, pues de las voces populares, como son éstas, el pueblo es el único juez. Ni me vengan con que el juez son las personas cultas. Tales personas cultas saben más latín que el pueblo, y por eso son suyas infinitas voces traídas á manos limpias del latín, contraviniendo, por supuesto, al fonetismo castellano; pero saben menos del habla popular, que precisamente por eso acuden al latín. El pueblo dice maniego; ignorándolo los cultos, acógense al ambidextro latino, y se quedan tan campantes y satisfechos. Tal es la razón por qué el pueblo pronuncia mal esas voces latinas, diciendo ambidestro, si es que alguno lo dice. Es que no sabe el pueblo más que su lengua; pero esa la sabe á las mil maravillas. ¿Quién, si no, la sabe? Á él toca, pues, juzgar de lo suyo, y á los cultos del lenguaje culto. Así cae por tierra aquel criterio de los gramáticos, de que el juez son las personas cultas y doctas. Error es este que, por asentado que esté en la mollera de todos los gramaticastros á la antigua, la lingüística moderna combate victoriosamente. ¿Queréis verlo? Tomad un fonógrafo y recoged en él toda una conversación entre personas cultas, aunque sea de insignes literatos. Idos después á una aldea y haced otro tanto con los tíos en la taberna ó en el portal de la parroquia. Confrontad, y sacaréis en limpio varias importantísimas conclusiones.

La primera, que los cultos pronuncian muy bien las voces eruditas, y las pronuncian muy mal los tíos; porque no son castellano, sino latín á medio castellanizar. Y de aquí el común decir, de que el pueblo estropea los vocablos. ¡No ha de estropear los que os empeñáis que se los apropie siendo latinos! Precisamente con estropearlos muestran saber mejor el castellano que los doctos, pues los adaptan al fonetismo castellano. No estropearán así las voces realmente castellanas; antes los doctos son los que las echan á perder, diciendo, por ejemplo, ahora en vez de agora, ya que hac hora, conforme á la evolución natural, ha de sonar agora.

Tras esta segunda conclusión viene la tercera, y es que en la conversación de los eruditos hallaréis que más de la mitad de los vocablos son latinos de ese jaez, traídos del Diccionario latino, y pronunciándolos, no como los latinos, sino como jamás se pronunciaron, guiándose tan solamente por las letras escritas y dando á éstas sonidos en gran parte diferentes de los que entre los romanos tuvieron. En vez de castellano hablan, pues, jerigonza, mezcla de una lengua viva, de otra que murió y de otra artificial que se han forjado y que no existió nunca. En cambio, los tíos hablan castellano, y sólo se les han pegado de los eruditos algunos de esos vocablos extraños, y aun esos los adaptan mejor á la pronunciación castellana.