Cuarta consecuencia: lo dicho de los latinismos pasa con los galicismos: el pueblo, alguno que otro, va cogiéndoles á los doctos; pero en la conversación de éstos campean que es una bendición.

Total: la gente culta sabe mejor el latín y el francés que la gente indocta; pero en vez de castellano usa una jerga de castellano, mal latín y mal francés. Y luego, como parte interesada, se nos descuelgan los mismos doctísimos varones con que el pueblo habla mal, y que ellos son los jueces del lenguaje. Los lingüistas modernos juzgan de muy diversa manera. Ningún botánico que quiera enseñar á sus discípulos la taxonomía ó la naturaleza de las plantas, de la rosa y el clavel, pongo por caso, los llevará á un jardín, y mucho menos á una tienda de flores de tela ó celuloide, sino al campo. Tratándose de lenguaje, el campo son los tíos, y los doctos son fabricadores de flores de trapo.

Estoy oyendo ya decir entre dientes á más de cuatro: «Pero la rosa de cien hojas del jardín es más vistosa que la natural de cinco, que brota por los campos, y el lenguaje literario es el lenguaje vulgar perfeccionado por los buenos ingenios». Muchos distingos y salvedades había que hacer para desenmarañar esta vieja opinión. También es más hermosa la Venus de Milo que todas las mujeres del mundo; y con todo, si en el arte la rosa de cien hojas y la Venus de Milo son hermosas, en la Naturaleza lo son más la rosa de los prados y las mujeres de carne y hueso, cuanto va de lo natural á lo artificial y de lo vivo á lo pintado. Hasta hace muy poco no se ha tenido verdadera noción de lo que es el habla; creíase un artificio como el de la escritura. Un abismo los separa. El habla es tan natural y efecto de todo el genio de una raza, como lo es el gesto y el carácter de la misma raza. Un lenguaje artificial, como el que los literatos han formado tomando vocablos del Diccionario latino, cual viejas osamentas desenterradas de un cementerio, se parece al artificio con que el cómico remeda en las tablas el hablar, el gesticular, el pensar y querer, el carácter, en suma, de un personaje histórico. Cuanto difiere esa farsa que remeda á Alejandro del mismo Alejandro, tanto difiere un lenguaje artificial del lenguaje natural, producto espontáneo y secular de un pueblo, que lleva el sello de su pensar, querer y fantasear, que vive en la cabeza y en la fantasía y en el corazón de los hombres, y sale afuera formando un todo con su pensamiento y sus afectos. Todos los eruditos y gramáticos del mundo son incapaces de crear un solo vocablo metiendo en él el alma de una raza, como la lleva cada uno de los vocablos del habla natural.

Pero dejando este terreno, que no hago más que señalar desde lejos, en el mismo lenguaje literario lo sano es cuanto encierra del habla vulgar; lo que se le añada de otras lenguas sin asimilación lenta, y como apegándose superficialmente, repugna en el fonetismo y en la semántica al genio del propio idioma. El arte literario no debe amalgamar elementos léxicos ni gramaticales que sean ajenos al idioma, so pena de formar un lenguaje híbrido, y por lo mismo repugnante é infecundo. Por eso tales elementos flotan, cambian á cada época, van y vienen, y si de ellos solamente constara el lenguaje literario, éste perecería, como pereció el latín clásico, mientras el vulgar siguió viviendo. Cuanto á la estética de los vocablos, los que vienen de fuera nada dicen á los españoles, fuera del significado convencional en el que se les emplea, mientras que los castizos llevan consigo larga historia, presentan en su leyenda el color de la época en que fueron acuñados y el carácter del ingenio patrio. La estética en el lenguaje literario no está en barajar el castellano con toda suerte de extranjerismos léxicos ó sintácticos, sino en saber sacar al alma del idioma sus propios aceros.

Y dejando ya este episodio, dice el autor que no se usan del todo zahareño, añasca, azacán. No es de maravillar que un americano haga tales afirmaciones, cuando los mismos españoles ignoramos multitud de voces corrientes entre la gente vulgar. Tampoco debe admirarnos de que tenga por castizas otras que no lo son, porque otro tanto sucede á muchos de por acá, que no gustan de leer libros viejos. «Así y todo, dice, creo yo que es muy castizo ese verbo batirse». Dijera que le entraba por el ojo derecho, ó que á pesar de haber venido de Francia parece que se ha connaturalizado en España y América, y estuviera en lo cierto; pero ni castizo, ni menos muy castizo, es un verbo que ningún americano ni español empleó antes del siglo XVIII, es decir, antes de la invasión galiparlera. Combatirse de combate, es como se dijo siempre; eso de batirse se deja para los huevos en tortilla. Sólo que batir dicen los franceses, y batir hemos de decir sus acólitos; y para colmo de servilismo é ignorancia, hemos de afirmar que es castizo y muy castizo. Al revés, tacha de galicismo demasiada amistad, demasiada confianza, y aun aprovechándose de sus vastos conocimientos éticos, añade que demasiada virtud y demasiado bueno «son frases disparatadas, toda vez que en la virtud y en la bondad no cabe exceso». Si con criterio tan cerrado hubiésemos de apurar las frases castellanas, quedarían calificadas sus dos terceras partes como solemnísimos disparates. El castellano es exagerador y andaluz hasta por los pelos de la cabeza, complácese en las metáforas más estupendas, en las elipsis más descomunales. No hay frases elípticas más castizas y comunes que éstas, reprobadas por el autor: otro que tú lo habría hecho, que dice debe ser: cualquiera otro, menos tú, lo habría hecho; y si cede, no es que tema sus iras, que asegura ha de dejarse por esta otra: si cede, no es porque tema sus iras. Mucha flema ha de gastar y mucha saliva el que así quiera hablar en castellano. ¿Á qué detenernos en pelillos, como en las dos aes que se deja el autor al decir «Provoca risa el oir ciertas gentes», en vez de: Provoca á risa el oir á ciertas gentes; en la «melomanía en la dicción», por melodía ó euritmia, ó como se quiera decir, pues la manía la dejamos para indicar el prurito vicioso y de loco, la cual no tiene lugar en el buscar el melos ó sonoridad, dote muy envidiable en el escritor. Tampoco suena bien: «Con vista de todo eso, creo que en mérito de la sonoridad».

Tiene el autor por impropia la frase asestar un palo, una bofetada, una puñada, porque dice que «asestar es apuntar ó dirigir el tiro de cañón, de flecha, de pistola ó de otra arma que necesite puntería»; pero además de que el uso corriente antiguo y moderno le llevan la contra, la misma etimología de asestar dice que equivale á asentar, y sólo por metáfora se dijo por apuntar; y si no, échese á discurrir sobre la puntería que hay en el echar uno la siesta y en el sessitare ó sedere. «Atravesar un puente no es propio, dado que lo que se atraviesa es el río»: el puente es lo que propiamente atraviesa el río, y sólo atravesando ó pasando el primero atravesamos el segundo sin mojarnos. «El análisis filosófico es en castellano la análisis filosófica»; ó el análisis, con perdón, pues de entrambas maneras se dice, y más todavía como masculino.

No conviene ser tan apretados y cortos de manga en ciertas quisquillas, cuando se ensancha más de lo justo tratándose de galicismos y otras aves de mal agüero. La exquisitez, que en Valera criticó Fabié, que el mismo Valera puso entre los pecados cometidos en su larga vida, que el conde de Cheste creyó mejor arrojar al limbo, de donde había nacido, según nos dice el autor, es un vocablo muy bien formado, como los formaban á porrillo Cervantes y los demás clásicos; y si la Academia no lo aceptó, allá ella. Si ni para eso tenemos autoridad los que tenemos por hacienda nuestra nuestro idioma, quiero decir para valernos de él, con tal que no vayamos contra su manera de ser, ¿qué decir de los que le hacen hablar á la francesa? De esos vocablos de común derivación tiene derecho á inventarlos todo español, cuanto más un tan discretísimo literato como D. Juan Valera. El Diccionario de la Academia no es un código cerrado de leyes, ni los señores académicos sueñan en que lo sea, que fuera un desvariado soñar. Ninguno mejor que ellos sabe que es faltosísimo en palabras y frases, y asaz rico en gazapos, que se han trasconejado, como por fuerza ha de suceder en obra de tal índole, tan vasta y nunca acabable, en la que tantas manos han andado y personas de tan diversos criterios y pareceres. El discreto ha de saber escoger y enmendar en todas partes, sin exceptuar el Diccionario de la Academia y los escritos de los académicos, que al entrar allá no se desnudan de los galicismos y de las extravagancias que antes pudieron tener.

Hablando de la y griega nos dice el autor cosas que, á oirlas de labios de otro, las rebatiera sin más; pero que en latinista tan consumado no puedo menos de acatarlas y oirlas con pasmo y admiración: «Pero el hecho es que esa letra mal llamada y griega no es griega, sino la forma que prevaleció para representar la i doble de genitivos latinos, como ingeii, que se escribía ingeny». Confieso mi supina ignorancia: no he visto jamás tal ingeny entre los romanos, y aunque ingenij es cosa conocida, pero la y no creía que viniese de ij, sino que no eran más que dos íes, ii, y, en fin, yo suponía que los romanos habían adoptado sencillamente la y griega mayúscula, de la cual procede nuestro signo y; pero puesto que el eruditísimo autor americano así lo asevera, sus razones tendrá.

Otras muchísimas originalísimas doctrinas pudiéramos ir viendo, todas como parto de su feliz ingenio; pero sería por demás prolijo querer examinar todo el libro. Lo apuntado creo que bastará para formar idea del nivel á que se hallan los conocimientos lingüísticos por aquellas tierras.

III