A D. Julio Saavedra.
(Santiago de Chile).

Muy señor mío y de toda mi consideración. Mi artículo de Setiembre en La España Moderna con este mismo encabezamiento le ha movido á usted á enviarme una atenta carta, un artículo del Sr. Manuel J. Ortiz para que me entere de «las ideas que al respecto flotan en nuestra atmósfera», y la revista Le Maître phonétique y Panthesis con artículos de usted.

Ante todo, he preferido contestarle aquí, porque deseo que sirva para el público chileno y americano, y aun español, lo que dijere, ya que no será otra cosa más que aclarar las mismas doctrinas que he sustentado en La España Moderna.

Mi segundo artículo lo habrá usted leído para cuando éste salga, y si el primero le pareció algún tanto inexacto y molesto ¿qué no le habrá parecido el segundo? Y con todo, dejando aparte lo de la molestia, que su benevolencia de usted sabrá disculpar, reconociendo que no ha sido mi intención el causársela, sino que es un efecto natural el que amargue lo que va contra lo propio, por más que el médico trate de dorar la píldora, voy á satisfacerle en la mejor forma que pudiere, siempre, por supuesto, dando el primer lugar á la verdad, de la cual es usted tan amante como yo.

Contentóme en extremo ver que mi artículo hubiese interesado á un escritor de la valía de usted, que ha estudiado la lingüística moderna en París; lo cual no es poco para que mejor nos entendamos, á causa de profesar entrambos las mismas doctrinas glotológicas.

Mi intención no fué envolver á todos los americanos en la censura, como su finura le hace reconocer, añadiendo que esa censura es justa. Yo hice una distinción capital respecto del castellano en América, distinción que aclara todas las dudas y torcidas interpretaciones, y es la que separa enteramente el habla del pueblo, no contaminada con lo que viene de París, y el lenguaje de los escritores, su habla y la de las personas cultas, que está empapada y calada hasta los tuétanos de galicismo en todos los órdenes de cosas, en lingüística, en literatura, en doctrinas morales, sociológicas, etc., etc. Esta distinción usted mismo y todos los americanos convendrán en que hay que hacerla antes de pasar adelante. Ustedes mismos se glorían de traer á la patria la cultura y modales de París, y no trataré yo de censurarles en esto, porque en París hay cosas harto buenas y dignas de tomarse, y de París se sacan y traen á España y América muy nobles ideas, modas elegantes y bonitas, juguetes entretenidos, perfumes y cosméticos delicados, en fin, un sinnúmero de doctrinas y de artefactos, con las cuales damos nuevo lustre á lo enrutinado de nuestras opiniones, y con los cuales pulimos, acicalamos y desengrasamos nuestras herrumbrosas y mugrientas personas de lo que se nos pegó durante varios siglos, en que el lavarse, y más con jabón, era melindre de sólo los más atildados y curiosos.

Puesta y admitida esa distinción, tomo de su carta de usted la nota que distingue esos dos lenguajes: «En estos mismos impresos, me escribe usted, puede usted comprobar que nuestro castellano corriente ni es afrancesado ni arcaico, sino en un todo semejante al suyo de Castilla ó Aragón». Lo de afrancesado y arcaico son para mí las notas que califican esos dos lenguajes. El habla del pueblo americano es tan castiza como el habla de Castilla y Aragón; pero es más arcaica. Esto, no sólo en Chile, sino en toda América, y más que en el resto de América en Chile. Y no es una tacha, ni mengua ese arcaísmo, antes una prenda segura de más acrisolado casticismo, y de que el pueblo americano es más español que el pueblo español. Porque hay construcciones gramaticales, fonemas y vocablos, que el pueblo de España ha olvidado, trastrocado, cambiado por otros menos castizos, mientras que en el pueblo de América se conservan con un tan delicioso saborcillo á antigüedad, que se cree uno trasportado á otros tiempos dorados, y se imagina encontrar por esas sabanas y serranías al primitivo conquistador, con su caballo anterior al de la raza cordobesa de los guzmanes. Figúrese usted si yo me voy á amohinar de esto, sino antes regocijar y sentirme metido como en un baño de Reyes Católicos. Mayormente Chile fué una segunda España, no como la Nueva España ó Méjico, sino como un pedazo de la Península llevado al Pacífico, con la ventaja de una grandiosidad de cordilleras que sobrepujan á Sierra Morena y los Pirineos, tanto como al Mediterráneo el Pacífico. No había pasado siglo y medio desde Colón, y hubo un escritor chileno, natural de Santiago, el P. Ovalle, que manejaba el castellano como el que mejor lo ha manejado, y que era artista de la palabra de tan subidos colores, que no hay poeta americano que en sus descripciones le haya llegado á la suela del zapato. Humboldt se quedó corto y descolorido y como asombrado por aquel maravilloso pintor de los Andes.

Pero me dirá usted que á dónde voy á parar, y le contestaré que me deje, por su vida, desahogarme recordando aquella cinta de oro, pedazo de tierra española, que se llama Chile, y aquel su valiente historiador Ovalle, que harto lo he menester. Porque se me aprieta el corazón y se me nublan los ojos al considerar qué ha sido por allí de aquellos grandes humanistas que quedaron después de la independencia. Creyeron que el latín y el griego olían á vieja España, desterraron estos estudios, á los cuales debían cuanto ellos eran, y eran grandes, que grande fué Bello, para no mentar más que uno, y desde entonces, si el habla popular siguió tan virgen, tan casta, tan española, porque el castellano vulgar tiempo ha ya que no necesita de su madre la lengua del Lacio, el lenguaje literario y el habla de las altas capas sociales se despeñó y se dió á juguetear por las novelerías francesas, y abrazó todo lo que de extranjis se le metía en casa con halagos de civilización. El amor á los estudios había echado hondas raíces, y ya que, como suele, con los estudios clásicos se había desterrado todo estudio macizo, se llamó á Profesores extranjeros. Ellos han removido el rescoldo y avivado las medio apagadas cenizas. Por ellos Chile es el rincón de América donde más se sabe, sobre todo en materias lingüísticas. Pero voy á decirle al oído algo que me descontenta: como extranjeros, esos insignes Profesores no tienen cariño al castellano, digo al castellano práctico, á la literatura castellana. Les traen mucha y muy sana lingüística, estudian lingüísticamente el mismo castellano, más el preclásico que el clásico; pero con la frialdad del químico que deshace despiadadamente en su laboratorio un magnífico trozo de roca por el capricho, científico sin duda, de analizar sus elementos componentes. No aman con cariño el castellano, no sienten aversión á lo extraño, y el lenguaje literario y el habla de la gente culta se va embebiendo más y más de galicismos é italianismos. En este punto veo que usted disiente, pues me asegura que el castellano corriente de la clase social instruída no es afrancesado. Yo desearía que así fuese, porque tengo más cariño á nuestra lengua y más amor á la literatura chilena que apego á lo que puedo sacar en llevarle la contra á una persona tan fina y amable y á un lingüista tan serio como usted. ¿Pero he de creer más á quien pudiera estar algún tanto cegado por amor á su patria, que á mis ojos y oídos, que han visto y oído y ven y oyen harto frecuentemente lo contrario? Póngase en mi lugar y falle. Claro está que hay sus más y sus menos, que personas habrá en Chile, y usted puede contarse entre ellas, que no quieren el galicismo extremado, y que no lo menudean. Pero, créame que demasiados abogados tiene y que son muchos sus aficionados, y más son todavía los que sin darse cuenta, por sólo seguir lo que suena como de buen tono, chorrean extranjerismos por todos los poros de sus afrancesados cuerpos y de sus empecatadas ánimas. El saber distinguir lo castizo de lo que no lo es parece fácil; pero no es sino grandemente dificultoso, aun estudiando mucho y leyendo á pasto libros de castellano clásico. Yo estoy metido en libros clásicos hasta los codos, y con todo se me escapan no pocos gazapos. ¿Qué será de los que no leen más que obras modernas? ¿Qué, de los que sólo leen en francés y se educan en Francia? ¿Qué, de los que tienen declarada ojeriza á los clásicos? ¿Qué, de los que son esclavos del buen tono, digo del mal tono? Y en esto último he de hacer hincapié, porque sabido es que son rarísimos los que saben sobreponerse á las modas pasajeras, y no lo es menos que el galicismo anda más de moda de lo que fuera menester. Usted mismo me lo da á entender al enviarme el artículo del señor Ortiz, que aboga por el neologismo con los falsos sofismas que ya he rebatido yo en mis artículos, y lleva la contra al Sr. Oyuela, que sustenta la doctrina más sólida.

Comienzo por esta frase que ciertamente no es castellana: «Deja constancia el señor Oyuela de que en la Argentina se habla y se escribe mal el castellano». Yo pregunto á todos los españoles, si hay uno que entienda esa frase. Tal vez lo habrá, si ha estado por América; pero si no, con saber castellano los españoles, que creo que lo saben, no habrá uno que la entienda.

Mas vengamos á la doctrina del Sr. Ortiz, doctrina que usted dice contener «las ideas que al respecto flotan en esa atmósfera». «Podrá argüirse, dice Ortiz, que no se trata de las transformaciones del lenguaje hablado, sino de las que se verifican en el lenguaje literario; no de las que involuntariamente produce el pueblo, sino de las que con pleno conocimiento introducen en la lengua los escritores por medio de sus obras». Efectivamente, la evolución del lenguaje es un fenómeno admitido, irresistible y loable, como todo lo natural. Pero las innovaciones por las cuales ustedes abogan no son efecto de la evolución natural del habla, sino aguaducho que nos traen de París los malos escritores, es algo pegadizo, como costra de gente poco limpia, al habla natural, cuya evolución es lentísima y sigue otros rumbos diametralmente opuestos, como que siguen el cauce del fonetismo de la raza, mientras que los extranjerismos rebosan de él y se van hacia fonetismos extraños. ¿Cómo suelta el señor Ortiz esta dificultad, que él mismo se objeta? De una manera muy cándida. Dice: «Pero los escritores no hacen ni pueden hacer otra cosa que seguir al pueblo, de lejos ó de cerca, en esta obra de evolución». Repito que esta es una candidez columbina. Los escritores galicistas no siguen al pueblo, el cual está muy ayuno de galicismos y ni los entiende ni los quiere. Sálgase usted al campo, acompañe al Sr. Lenz en sus excursiones lingüísticas, á ver qué galicismos oye en los bohíos y barracas de la gente enteramente alejada de esa influencia francesa. Los escritores siguen y pueden seguir á otro que al pueblo, siguen á los franceses; ¿quién lo duda que pueden y lo hacen con delectación y gusto? Ojalá siguieran sólo al pueblo; pero qué han de seguirlo, si se aborrecen con muchos de sus términos, teniéndolos por groseros, cuando son los de más noble abolengo, como que los hallará usted en Oviedo, en Ovalle, en nuestros gigantes del habla castellana. ¿No dicen ustedes por ahí un roto á un pillete, como lo llamaban ellos juntamente con desgarrado, y rotura como desgarro, siempre en el sentido moral, por natural metáfora de lo físico? Esa es habla de Cervantes, que los escritores pocas veces imitan, porque no es de buen tono. La atmósfera de que usted me habla es una atmósfera del Sena, cuajadita de los vahos malsanos que encierran las nieblas flotantes sobre el Sena. Y añade: «Si por desgracia todos los escritores resistieran por sistema la corriente popular, ello, sencillamente, los dejaría atrás». No, sino que la que se queda atrás y avejentada es el habla popular, que la literaria es demasiado progresista.