«Creo que todo neologismo aceptado por el uso general responde á una verdadera necesidad». Ese uso general no lo es del pueblo: prueba manifiesta de que la gente culta está de una manera general contaminada del neologismo. Esotro de la necesidad, ya sabemos que hay muchas necesidades que nos creamos innecesitadamente, y una vez creada no nos faltan argumentos para cohonestarla. El uso del tabaco es un ejemplo fehaciente.
«La mayoría de ellos, dando pruebas de un loable buen sentido, se amoldan sencillamente al uso corriente del país en que escriben; dan cabida en sus obras á todo neologismo aceptado por la generalidad de las personas medianamente cultas, en lo cual no hacen otra cosa que ejecutar hoy de buen grado lo que mañana tendrían que hacer á pesar suyo, para no quedarse, como los dómines y latinistas de la Edad Media, sin lectores que pudieran entenderles». Ya ve usted cómo esas ideas son las que flotan en la atmósfera. ¿Por qué, pues, extraña usted que yo diga que por América lenguaje y literatura son un descolorido reflejo de lo que se hace en París, que generalmente se escribe mal por ahí y que el galicismo está en boga? Por supuesto que eso de quedarse sin lectores no empleando neologismos, es cosa de risa. No habrá americano que no haya entendido mis artículos, con no llevarlos. Si el pueblo americano es más bien arcaico, hasta el punto de estar en mejor disposición que el español para entender á Cervantes, ¿cómo no ha de entender lo que se le sirva sin esos condimentos de neologismos y francesismos? Cada cual entiende cuanto se le habla en su lengua; lo que no entiende es lo extraño y nuevo. ¡Tener que echar mano de esos pistos para «hacerse comprensibles»! Lo que hace falta para darse bien á entender á todo individuo de raza española es hablar á la antigua española, en cristiano, como Dios manda, como habla el pueblo español ó americano, no como quieren que se hable cuatro pelagatos, que con haber venido á Francia ya creen que ellos solos hablan como se debe, cuando son los únicos que lo hacen muy retemal, que hablan algarabía, franchutería insoportable. Y luego cándidamente se dan á creer que para que les entiendan han de hablar así. Esto, mi señor Saavedra, y querido colombroño, ya usted lo ve, es candidez de marca mayor, y necedad campanuda y pistonuda, y bobería por los cuatro costados, y es cosa de descostillarse, y de apretarse las quijadas, y de despatarrarse á puro reir.
Los que se figuran que con esas importaciones de mercancía extraña va á ganar el lenguaje literario de Chile, se engañan de medio á medio. Con esto no hacen más que desviarse del vulgar, no á pasos agigantados, sino á pasos de zapatos de siete leguas, como los que se calzó el pulgarcito. Con eso van contra la evolución natural, que ellos suelen echarnos á la cara para cohonestar sus desafueros.
No soy purista cimarrón y empedernido. Un bledo se me dan ciertos galicismos que se me escapen de menor cuantía, aunque procuro estar en los estribos y declararles á todos en general y á cada uno en particular guerra sin cuartel. Lo que sí aborrezco á par de muerte, porque es la muerte y perdición del castellano, es que por principio se les dé audiencia, se les acaricie y regale como á personas de casa, siendo unos tunos aventureros que se nos cuelan para atosigar nuestra lengua, que se les defienda en nombre de la evolución natural lingüística y de otros principios científicos, y que lo que es vilísimo rebajamiento y servilismo de nuestra casta, de españoles y americanos, para con gentes extrañas que no nos lo agradecen para nada, y hacen bien porque el servilismo no debe agradecerse, sino mirarse con malos ojos, pase entre españoles y americanos por cosa de buen tono, de europeización y de adelanto. Cada cual ha de procurar desenvolver y acrecentar lo propio, no con emplastos traídos de fuera, sino como lo pide y lleva todo organismo, por intususcepción y propio desenvolvimiento orgánico, por asimilación lenta y duradera.
Por último, tengo que decirle que, aunque no es universal mi censura de que maleen el castellano los escritores de esas Repúblicas, es general, de los más, y que aun los que de ello están libres, como usted, no dejan de caer en groseros galicismos cuando menos se percatan. Para evitarlo es fuerza leer mucho castellano rancio de los siglos XVI y XVII, y mejor del XVI, porque el del XVII está repleto de necedades aun en los mejores escritores, y no tienen la frescura, la originalidad, el casticismo, la fuerza inventiva dentro de lo castizo, que tienen los escritores del siglo XVI. Y ese leer continuo es faena con la cual poquísimos quieren apechugar. Usted lo sabrá de sí, yo lo sé de otros y de mí mismo.
Afectísimo servidor y amigo, etc.
IV
Los tristísimos sucesos de Cuba en estos días no pueden menos de llegarnos al alma á cuantos llevamos en las venas una misma sangre, á todos los españoles y americanos. Americanos son y españoles los cubanos, que no así como quiera se desmembra y descuartiza en trozos una raza de una plumada, aunque esa plumada se rasguñe en un Congreso de París. Dolorosos acaecimientos que sólo pueden parar en una de dos: ó en la pérdida de la independencia y el consiguiente deshacerse y desleirse la raza cual gota que cae en el océano de otra raza extraña, como está sucediendo á ojos vistas á nuestros hermanos de ayer, los españoles de La Florida, de California, de Tejas, que no sé yo hasta qué punto lo serán ya hoy; ó pasar por la secular tragedia de guerras intestinas, tiranías brutales, degüellos y bandolerías, por donde han pasado las demás Repúblicas americanas después de haberse escabullido del regazo de la madre patria. Paraderos lastimosos, pero ello era de esperar, y no pocos cubanos se lo temían con sobrada razón á poco que tuviesen conocido y calado el metal de nuestra gente.
Si algo hay que pueda sacarse en limpio del estudio de nuestra historia, es el humor levantisco, nada domeñable, y como efecto natural el amor á la independencia, entrañado hasta el tuétano de nuestros huesos, pero de la independencia tan por el cabo que no se ciñe dentro de las fronteras de la Nación para desalojar al extranjero que se arroje á hollarlas, sino que va particularizándose á la provincia, al municipio, al barrio, á la familia, hasta llegar al individuo. Ese individualismo que diz trajeron al imperio romano los germanos, era fruta asaz saboreada y resaboreada por estas tierras de los Viriatos y de las Numancias, de los Saguntos y Calahorras. Cada español fué siempre rey en su casa, y los cubanos son españoles, éranlo por lo menos hace unos meses, y los hispano-americanos son españoles, fuéronlo al menos hace unos años, y ni unos meses, ni unos años, ni aun unos siglos pesan un comino ni miden un jeme tratándose de razas.
Achaque excusado, porque nadie se lo pide, es el no quererse llamar españoles, ni hispano-americanos, sino latino-americanos. Dícese que somos de raza latina, y todo porque pasaron acá hará la friolera de veinte ó veintiún siglos algunos miles de latinos; en cambio los americanos no son españoles, por más que toda la población culta esté compuesta de españoles que pasaron, ayer como quien dice, á América. Los negros allá llevados de África no son para ellos americanos, y sí los latinos llegados de España. Es donoso el cuento. D. Pedro Pérez y D.ª Juana López hubieron de partirse para la Cochinchina, no sé con qué motivo. Nacióles allí un robusto vástago á quien llamaron José Pérez y López, doméstica y caseramente Pepito. ¡Vaya usted á decir á D. Pedro Pérez y á D.ª Juana López que José Pérez y López no es español! Arremangaráse el uno sus mostachos y encrespará la otra su copete, y hechos unas furias os dirán que su Pepito nada tiene de cochín ni de chino.