El alma gallega y popular había volado: á la natural candidez había tomado el lugar la sutileza, al candoroso sentimiento el jugueteo de los conceptos. Más que de la escuela gallega eran aquellos los últimos dejos de la escuela provenzal, llegada á Castilla por Portugal y Galicia. Así acabó en España el influjo de la literatura venido de Francia, primero de la lengua d'oil á la épica, después de la d'oc á la lírica. La literatura italiana, la última en fecha de las literaturas románicas, había resonado á fines del xiii y durante el siglo xiv en las liras de Dante, Petrarca y Boccaccio, con cadencias tan nuevamente elegantes, como viejas de abolengo, puesto que eran las de la antigua Grecia y Roma, que despertaban al mágico poder de aquellos renacentistas de la antigüedad clásica. Micer Imperial y sus discípulos traen por Sevilla á la corte y resto de España, á principios del siglo xv el culto de la Divina Comedia, y tras Dante siguen Petrarca y Boccaccio, apuntando la primera aurora del renacimiento latino. Pero es aurora todavía harto entre tinieblas, ó mejor digamos, la gente cortesana no estaba aparejada para admirar y gozar de tan desusados resplandores; no tenían ojos para ver entre tanta luz y cegaron á sus rayos. La naturalidad del arte griego no podía ser percibida y apreciada por gentes palaciegas que vivían de la doblez y mentira, de la ficción y engaño. Aquella soberana naturalidad llegaba además envuelta en el ropaje del simbolismo, con que Dante la había vestido, porque así lo llevaban los tiempos y las circunstancias políticas en que escribió. Nuestros poetas cortesanos quedáronse con el ropaje y se les escabulló lo que dentro iba. Comenzó además á entrar en España la erudición latina entre prosistas que no sabían latín, y en vez de tomar lo bueno del fondo, también se quedaron con lo de la corteza, que, acomodado al idioma castellano, le cuadraba mal, con los desaforados latinismos y el destartalado trastrueque é hipérbaton de palabras y frases, amén de la fría y farragosa erudición de mitologías y leyendas, que para los españoles eran letra muerta, y horriblemente gravosa y desquiciada por el consiguiente. En urdir alegorías dantescas los poetas sin el alma de la poesía de Dante, y en argamasar suciamente añejas erudiciones en estilo desvencijado, descuartizado y empedrado de voces latinas y de latinos nombres propios los prosistas, se fueron entreteniendo aquellos escritores cortesanos de la corte de don Juan II, hasta que el gusto de las gentes acudió en tiempo de los Reyes Católicos á la vena popular y castiza de los romances y de los cantarcillos de villanos, cuando los eruditos, ahondando en el verdadero clasicismo de Roma y Grecia, fueron echando de ver que el alma del arte antiguo había salido del pueblo de Grecia y que el alma del arte moderno bien podía hallarse en el pueblo de España, que en naturalidad, brío y color no le iba en zaga. Con razón ha podido, pues, llamar M. Pelayo al reinado de Juan II "pórtico de nuestro Renacimiento", aunque él fuese pórtico algún tanto estrafalario y más bien parece revoltijo de materiales, piedras, argamasa, maderos y andamiaje, que amontonan los alarifes al echar los cimientos de ese pórtico. Fué, pues, el reinado de Juan II una época de transición, de poesía galaico-portuguesa harto retrasada, de poesía italiana por demás prematura, de prosa clásica que á los dos pinos que hace da tres trompicones. Todo ello manejado por cortesanos y eruditos, que, tapándose todavía las orejas para no oir á los villanos, aprendían su arte en los libros. Con todo, á la poesía de los villanos se iban acercando, quieras que no. Los versos cortos, que á imitación de la lírica galaico-portuguesa, se menudean tanto y no menos el pie de romance, cortado en hemistiquios ó enteros, eran versos populares castellanos. Poca verdadera poesía se halla en cuarenta y siete años, á pesar de los 218 poetas que contó Amador de los Ríos; pero la versificación es tan varia y rica, que no pocas composiciones se leen con agrado, mayormente cuando algún buen ingenio rodea sutil y galanamente el pensamiento ó cuando algún juglar bufonesco y satírico se olvida del pudor cortesano y deja correr, aunque sea á medio chorro, la vena castiza, que sin pretenderlo se apropia derivándola del pueblo. No á medio, sino á todo chorro salta y se rebulle el habla castiza en la prosa del Arcipreste de Talavera, sobre todo en unos cuantos capítulos de costumbres, en que parece se le envistió en el cuerpo el retozón espiritillo del Arcipreste de Hita. Los dos Arciprestes pertenecen á la cepa castiza y popular, son pintores realistas de empuje, son, sin género alguno de duda, los dos mejores escritores de los siglos xiv y xv. Ellos se bastan, aunque más no hubiera, para representar el verdadero arte en la historia universal de las manifestaciones estéticas, y para eslabonar la áurea cadena cuyo primer eslabón es el Mio Cid, y ha de llegar al siglo xvi engarzando los no menos castizos y maravillosos del Romancero y la Celestina al acabar el siglo xv. Éstas son las cumbres del arte nacional; lo demás son jugueteos y remedos de artes extraños, pesadumbre de estantes, broza de bibliotecas.
278. M. Pelayo, Antol., t. V, pág. ix: "La antigua hegemonía literaria de Francia sobre los demás pueblos de la Edad Media estaba definitivamente perdida desde el siglo xiv. Dante, Petrarca y Boccaccio habían destronado completamente á los troveros franceses y á los trovadores provenzales, sin excluir aquellos que en algún modo podían considerarse como maestros suyos. El genio francés, que tanto creó en aquellas edades, no había acertado á perfeccionar nada ni á poner estilo ni acento personal en sus obras. La cantidad había ahogado monstruosamente á la calidad en aquellas selvas inextricables de canciones de gesta, de fabliaux, de leyendas devotas y de misterios dramáticos. En aquella masa informe estaban contenidos casi todos los elementos de la literatura moderna, pero rudos y sin desbastar, esperando el trabajo de selección y la obra del genio individual: Francia, que en los tiempos modernos se ha distinguido principalmente por el don de adaptar y perfeccionar las invenciones y pensamientos ajenos, y por el modo fácil y agradable de presentarlo y exponerlo todo, tenía en la Edad Media cualidades absolutamente contrarias: el don de la invención enorme, facilísima y atropellada, no el de la perfección ni el de la mesura. Por eso la primera literatura de carácter moderno no fué la francesa, sino la italiana, la más tardía en su aparición de todas las literaturas vulgares, la que desde el primer momento pareció reanudar la tradición clásica, en parte conocida, en parte adivinada por secreto influjo de raza... Comunicaciones cada día más frecuentes con Italia aceleraron este movimiento, al cual no fué extraña la asistencia en Roma de algunos prelados y otros doctos varones de nuestra Iglesia á la ida ó á la vuelta de los Concilios de Constanza y Basilea (1414-1431), sobresaliendo entre ellos don Diego Gómez de Fuensalida, obispo de Zamora; el arcediano de Briviesca don Gonzalo García de Santa María; don Álvaro de Isorna, obispo de Cuenca; y más que todos aquel memorable converso don Alonso de Cartagena, obispo de Burgos, cuyo nombre se encuentra mezclado en toda empresa de cultura durante el reinado de don Juan II, y de quien cuentan que dijo Eugenio IV: "Si el Obispo de Burgos en nuestra corte viene, con gran vergüenza nos asentaremos en la silla de San Pedro". Don Alonso de Cartagena, que en Basilea había sostenido los derechos de la Sede apostólica con no menos brío que la precedencia de su rey sobre el de Inglaterra, entró allí en trato familiar con Eneas Silvio, una de las más simpáticas figuras del Renacimiento antes y después de su Pontificado; y ovo dulce comercio por epistolas con Leonardo Aretino, entrando en discusión con él sobre su nueva traducción de la Ética, de Aristóteles; lo cual da á entender que el Obispo burgense no era enteramente peregrino en la lengua griega.
"De este mismo Leonardo Aretino recibía cartas filosóficas don Juan II, tan admirador de su doctrina y tan penetrado de la nobleza y excelencia del saber, que, tratando como á príncipe al modesto humanista de Florencia, le enviaba embajadores que le hablaban de rodillas. Si á este infantil y candoroso entusiasmo por las letras humanas se añade la antigua comunicación de la ciencia jurídica por medio de las escuelas de Bolonia y Padua, siempre muy frecuentadas de españoles, y más después de la fundación del Colegio Albornoziano, se verá hasta qué punto comenzaban á ser estrechos los lazos del espíritu entre España é Italia. Fueron ya no pocos los poetas y prosistas castellanos del siglo xv que en Italia recibieron su educación en todo ó en parte: Juan de Mena, Juan de Lucena y Alonso de Palencia descuellan sobre todos, siendo más visible y marcada en ellos que en otros escritores la tendencia al latinismo de dicción y de pensamiento... El Renacimiento español, rezagado en medio siglo respecto del italiano, pasó por un período de vulgarización y de dilettantismo más aristocrático y cortesano que gramatical y erudito, período de traducciones y adaptaciones, en que se procuraba coger el seso real según común estilo de intérpretes. "Si se carece de las formas, poseamos al menos las materias", decía el Marqués de Santillana, que, no bastante noticioso de la lengua latina, empleaba como traductor á su propio hijo, don Pero González de Mendoza, el que fué después gran Cardenal de España. Crecía la afición á los libros, que venían en su mayor parte de Italia, y comenzaban á formarse suntuosas colecciones de códices, descollando entre los más apasionados bibliófilos don Íñigo López de Mendoza y el Maestre de Calatrava don Luis Núñez de Guzmán. Rarísimo aún el conocimiento del griego, como lo había sido en Italia en el siglo xiv, puesto que el Petrarca no lo supo, y Boccaccio sólo pudo alcanzar alguna tintura de él en sus postreros años; lo poco que de aquella literatura pasó en el siglo xv á la nuestra venía por intermedio de los traductores latinos, como es de ver en la Ilíada, de Juan de Mena; en el Fedón, y el Axioco, de Pedro Díaz de Toledo; en el Plutarco y el Josefo, de Alonso de Palencia; en las homilías de San Juan de Crisóstomo y otras obras de padres y doctores eclesiásticos. Á los latinos se los traducía directamente y, por lo común, con extrema fidelidad literal, más que con discreción de sentido, en estilo sobremanera revesado y pedantesco, con afectada imitación ó, más bien, grosero calco del hipérbaton del original. Prototipo de tales versiones es la Eneida, de don Enrique de Villena, con las prolijas glosas que la acompañan, en que vierte el traductor toda la copia de su saber enciclopédico é indigesto. El gusto no estaba maduro aún para que entrasen en la literatura moderna Horacio y los elegíacos, cuyas bellezas requieren más hondo conocimiento de la lengua y civilización greco-romana y más refinado gusto; pero se traducían las obras de carácter narrativo, y así el futuro gran cardenal Mendoza ocupaba sus ocios de estudiante en facilitar á su padre la lectura de las Metamorfosis, de Ovidio, gran repertorio de fábulas mitológicas, al cual llamaban entonces la Biblia de los Poetas, porque de él principalmente se sacaban argumentos y comparaciones y todo género de alardes de erudición profana. Simultáneamente, y muy estimados en su calidad de españoles, pasaban á nuestra lengua Lucano y Séneca el trágico. Era la prosa forma única de estas versiones, sin que haya una sola excepción en contrario, lo cual se explica bien, considerando que en ellas se atendía únicamente á la materia y de ningún modo á los caracteres del estilo poético, que ni el traductor ni sus lectores entendían; y así á Lucano se le traducía, no en concepto de épico, sino de historiador de la guerra civil entre César y Pompeyo, y á Séneca, no como poeta dramático, sino por las máximas y sentencias morales que en sus tragedias se encuentran. La afición á la lectura de los moralistas era carácter especialísimo de este período, como lo había sido de nuestra primera Edad Media, salvo que entonces eran preferidos aquellos libros orientales que suelen revestir la enseñanza con las amenas formas del cuento y del apólogo, y ahora, por el contrario, se daba mayor estimación á la forma directa con que aparece la doctrina en los libros de los moralistas clásicos; y aun entre éstos, más que la rotundidad de los períodos ciceronianos (cuya plena imitación no se logró hasta el siglo xvi), agradaba el vivo y ardiente decir de Séneca y su manera cortada y vibrante. Intérprete lo mismo de Marco Tulio que del filósofo de Córdoba, pero mostrando predilección por el segundo, aparecía á la cabeza de estos moralistas el obispo Cartagena, seguido á corta distancia por su grande amigo el señor de Batres, que se decía el Lucilo de aquel Séneca, y por el doctor Pedro Díaz de Toledo, que dilató sus estudios hasta Platón, y conserva reminiscencias de sus diálogos en su propio Razonamiento sobre la muerte del Marqués de Santillana. Ni estaban olvidados los historiadores, cuya serie había abierto el canciller Ayala trasladando á Tito Livio; Vasco de Guzmán hacía la primera traducción de Salustio; otros vulgarizaban á Julio César, á Orosio y á Quinto Curcio, ya de sus originales, ya de versiones anteriores toscanas y catalanas. Y dándose la mano la antigüedad sagrada con la gentílica, no sólo se traía de la verdad hebraica toda la Biblia por obra de judíos y cristianos, con alto honor de la munificencia y alto espíritu del maestre Calatrava, sino que los libros más fundamentales de San Agustín, San Gregorio el Magno y San Bernardo, los dos famosos tratados ascéticos de San Juan Clímaco y el monje Casiano, la Leyenda Aurea, de Jacobo de Voragine, y otras muchas producciones de la literatura eclesiástica de los diversos siglos, transportadas al habla vulgar, alternaban en las nacientes bibliotecas señoriales con las producciones del mundo clásico, sirviendo como de lazo de concordia entre unas y otras el saber enciclopédico de San Isidoro, perenne institutor de las Españas, de cuyas Etimologías, nunca olvidadas, se hacía por este tiempo curiosísima traducción, muy digna de la estampa. De Italia nos había venido la luz del Renacimiento, y no podían quedar olvidados en este movimiento de traducciones los poetas y humanistas italianos, ora hubiesen escrito en su lengua nativa, ora en la lengua clásica, ó bien en una y otra, como más frecuentemente acontecía. Á todos precedió, como era natural que sucediese, el Alighieri, el maestro de la nueva poesía alegórica, cuya Divina comedia era trasladada en 1427 por don Enrique de Villena, "á preces de Íñigo López de Mendoza", coincidiendo casi con la traducción catalana de Andreu Febreu, terminada setenta días antes. No había llegado en Castilla la época de la dominación poética del Petrarca; pero en cambio el Petrarca humanista y moralista era uno de los autores más leídos y más frecuentemente citados; estaba representado por gran número de códices en la biblioteca del Marqués de Santillana, y corrían ya, vertidos al castellano, antes de terminar el siglo, los Remedios contra próspera y adversa fortuna, las Flores é sentencias de la vida solitaria, el libro De viris illustribus, parte de las Epístolas y las Reprehensiones é Denuestos contra un médico rudo é parlero, obra en que entendió cuando joven el futuro primer Arzobispo de Granada y entonces oscuro bachiller Hernando de Talavera. Pero el más afortunado de los patriarcas de la literatura italiana, en cuanto al número y calidad de versiones que de sus obras se hicieron, fué Boccaccio, que fué traducido casi por entero, ya en las novelas y obras de recreación, como el Decamerone, la Fiameta, El Corbacho y el Ninfal de Admeto, ya en los repertorios, para su tiempo muy útiles, de mitología, historia y geografía, que llevan los títulos de Genealogía de los Dioses, Libro de montes, ríos y selvas, Tratado de mujeres ilustres y Libro de las caídas de los Príncipes. Cada una de las principales obras de Boccaccio forma escuela dentro de nuestra literatura del siglo xv, á excepción del Decamerone, cuya semilla no germina hasta los grandes narradores de la Edad de Oro. Pero de la Fiameta nacen inmediatamente El Siervo libre de amor, de Juan Rodríguez del Padrón, y la Cárcel de Amor, de Diego de San Pedro, primeras muestras de la novela sentimental, y los dos opuestos libros del escritor Certaldo en loor y vituperio del sexo femenino, tienen larguísima progenie, que alcanza desde el Libro de las virtuosas et claras mujeres, de don Álvaro de Luna, hasta el deleitoso y regocijado Corbacho, del Arcipreste de Talavera, que fabla de los vicios de las malas mujeres et de las complisiones de los omes. Al mismo tiempo se acrecentaba con nuevos materiales la antigua serie de apólogos y ejemplos, y desde 1425 las picantísimas facecias, de Poggio Bracciolini, lograron entrada en el Libro de Isopete ystoriado, junto á las fábulas de la antigüedad y á los cuentos de nuestro Pedro Alfonso. Al mismo tiempo que crece el número de traducciones del latín y del italiano, van haciéndose rarísimas las del francés, que tanto abundaron en el siglo xiv. Todavía, sin embargo, el Mar de Historias, de Fernán Pérez de Guzmán, y el Árbol de Batallas, nos dan razón de esta antigua influencia, y no son las únicas, aunque sí las más importantes que pueden citarse. ¿Qué más? Hasta de la literatura inglesa, que debía suponerse tan peregrina y apartada de nuestro conocimiento, vino primero al portugués y luego al castellano un poema de tanta curiosidad como la Confesión del Amante, de Gower, por diligencia de un Roberto Payno (Robert Payne), canónigo de Lisboa, dándonos indicio de que no había sido enteramente inútil para la comunicación intelectual de ingleses y españoles el cruzamiento de la casa de Lancaster con la sangre de nuestros reyes... Apareció, informe aún y embrionario, un nuevo tipo de dicción artificiosamente latinizada, en que, con raras dislocaciones de frase, se pretendía remedar la construcción hiperbática, y con retumbantes neologismos se aspiraba á enriquecer el vocabulario, so pretexto "de non fallar equivalentes vocablos en la romancial texedura, en el rudo y desierto romance, para exprimir los angélicos concebimientos virgilianos". La aspiración era generosa, pero evidentemente prematura y muy expuesta, por ende, á descaminos pedantescos que en la prosa de Juan de Mena y en la del último período de don Enrique de Aragón llegaron á un extremo casi risible. Las poesías de esta época están en el Cancionero de Baena, en el general del Castillo algunas pocas; las más en otros manuscritos, en el de Gallardo ó Academia de la Historia, en dos de la Biblioteca Real, en el de Stúñiga, en el de Ixar, en varios de la Biblioteca de París y en el de Resende.
279. Don Pablo de Santamaría ó el Burgense (1350-1435), nació en Burgos, judío sapientísimo que de su propia voluntad se convirtió (1300); fué Obispo de Cartagena y Burgos y Patriarca de Aquilea, ayo y consejero de Juan II; habíase antes llamado Rabí Selemoh Halevi. Additiones ad Postillam Nicolai de Lyra super Biblias, etc., obra hecha en 1429, impresa en Maguncia, 1478; Nuremberg, 1493; Leyden, 1590. En 1434 escribió Scrutinium S. Scripturarum sive Dialogus Sauli et Pauli contra Iudaeos, imprimióse en Mantua, 1474; París, 1520; Burgos, 1591. Otras obras no se sabe si se imprimieron, como la Cena del Señor y la Generación de Jesucristo.
280. La Vida de Pablo de Santamaría escribió su paisano el agustino Fray Cristóbal Santotis, y en Gallardo, Bibliot., t. IV, col. 493, hay un escrito del siglo xvi acerca de él, de donde copio párrafos: "Fué (Rabí Selemoh) hombre doctísimo en su Ley, y con la continua lección della, ayudado principalmente de la gracia del Espíritu Santo, se convirtió de su propia voluntad el año 1390, que habrá agora 206 años... Después de su conversión... los Sumos Pontífices le honraron con dignidades eclesiásticas y obispados de Cartagena y Burgos y con título de Patriarca de Aquileya; y con hacerle su Legado a-latere; y encomendarle el negocio de la scisma que hubo en su tiempo, de los tres Pontífices. Y el rey don Henrique el III le hizo su Chanciller-mayor, y Consejero de Estado, tratando con él los negocios más graves del Reyno: y en su muerte le encomendó la educación y institución de su hijo (don Juan II), que quedaba de veinte meses; y lo tocante al gobierno de su persona y casa, hasta llegar á los catorce años; y le nombró por su Testamentario... Todo lo cual hizo con tanta satisfacción de la Reina y Reino, que fué elegido por uno de los Gobernadores dél por el infante don Fernando, tío del rey don Juan el II: y el mismo rey don Juan le honró también, y estimó grandemente, conservándole en las mismas honras y oficios, y comunicándole todas las cosas que ocurrían de importancia... Tuvo... cuatro hijos, todos de legítimo matrimonio, llamados don Gonzalo, don Alonso, Pedro de Cartagena y Álvar Sánchez de Cartagena, que fueron varones insignes, imitadores de las virtudes, excelencias y servicios de su padre...". Véase además Rodríguez de Castro, Biblioteca Rabínica.
281. En 1402 el judío converso Don Jacob Çadique, de Uclés, filósofo y médico, que nació en 1350, tradujo del catalán el Libro de dichos de sabios e philosophos e de otros enxemplos e dotrinas muy buenas (Bibl. Escor.).
Don Vicente Arias de Balboa, obispo de Plasencia desde 1404, escribió Glossa al Fuero Real y Comentario al Ordenamiento de Alcalá.
282. Pedro de Corral escribió hacia 1403 la Coronica Sarrazyna ó Crónica del rey don Rodrigo con la destruycion de España, que Pérez de Guzmán calificó de "trufa ó mentira paladina"; pero que con todo se leyó mucho, por confundirse entonces la crónica con la novela, gracias al espíritu novelesco y aventurero que reinaba. Tiene mucha semejanza con esta Crónica la Chronica intitulada Atalaya de las Corónicas, obra hecha el mismo año de 1443 y todavía inédita, que se atribuye á Alfonso Martínez de Toledo, y aunque no se parece en nada al Corbacho, la firma del autor basta, y la diversidad de asuntos da razón de la desemejanza de estilos.
283. Atribuye Pedro de Corral su libro á Eleastras y Alanzuri, cronistas del rey don Rodrigo, y á un tal Carestas, que dice vivió en el siglo viii, en tiempo de Alfonso el Católico; pero todo ello es tinglado fantástico, como el que usaron después los autores de libros de caballerías, atribuyéndolos á historiadores que nunca fueron, y bien se burla de ellos Cervantes, atribuyendo su Quijote á Cide Hamete Benengeli. Debió valerse Corral de las Crónicas generales y de la del moro Rasis; pero acudió no menos á la fuente novelesca de la Crónica Troyana y zurció de su caletre otras aventuras caballerescas, haciendo pasar su novela por crónica. Puede decirse que es una novela caballeresca, aunque sus contemporáneos tomáronla comúnmente por historia, el mismo Ausias March, por ejemplo. Antes de 1499 se cree que debió de imprimirse. Hay las ediciones siguientes: Crónica del rey don Rodrigo con la destruycion de España, Sevilla, 1511, 1522, 1527; Valladolid, 1527; Toledo, 1549; Alcalá, 1587; Sevilla, 1587. Consúltese J. Menéndez Pidal, Leyendas del último rey godo, Madrid, 1906.
284. En 1404 compuso Mosé Çarfaty y se apropió el Maestro Jacobo de las Leyes, que se las había encomendado hacer, siendo privado de dicho Maestro, las Flores de Derecho copiladas por el Maestro Jacobo de las Leyes (Ms. Escor.).